Opinión

El Salvador nace de una madre violada

Carmen Valeria Escobar

Carmen Valeria Escobar

Periodista

Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp

El Salvador nace de una madre joven, pobre, asustada.

Los salvadoreños nacemos de niñas, madres que son niñas. El Salvador de verdad, el que está lejos de los centros comerciales y más cercano a las calles de tierra, es parido por madres violadas. 

Hace un año tuve la oportunidad de entrar, como periodista, a la sala obstétrica de un hospital público en el oriente de El Salvador. 

Entrar a uno de esos hospitales es ver de cerca la desigualdad. Pero entrar al área de neonatos y obstetricia es distinto: es entrar a otro mundo dentro del hospital. El aire se siente un poco más ligero y entre gritos de dolor, bocanadas de aire y pujidos también hay sonrisas, llanto y palabras de amor genuinas.   

Al entrar, me topé con una hilera de camas, con poca distancia una de la otra, en las que había mujeres esperando dar a luz. Aquí, en cada turno, según el personal médico, hay al menos una niña menor de 16 años en labor de parto. Esas menores embarazadas sumaron, el año pasado, más de 543, según los registros del Ministerio de Salud. 

En el hospital conocí a María*, una de esas 543 niñas. Tenía 12 años, era muy delgada y muy bonita. Tenía unos ojos verdosos imposibles de olvidar. Desde lejos se le notaba la incomodidad, su expresión era tan gris como la del cuarto en el que estaba. A su esquina estaba una bebé, que horas antes había salido de su cuerpo flaco y débil. A la par de la cama estaba su madre, una señora con manto en la cabeza que no dejaba de llorar. Esa escena contrastaba con la experiencia de otras mujeres que estaban en las camas vecinas, donde reían y celebraban la llegada de un bebé a la familia. María y su madre, en cambio, querían salir del hospital sin nada.

Nueve meses atrás, María fue a la tienda. Cuando regresaba, uno de los “muchachos” la interceptó. La tomó, la tocó, la besó y la penetró. Una de las cosas que recuerda, en medio del forcejeo, es que se le acercó al oído para decirle que se había puesto muy bonita y que ya estaba grande. Ella era (es) una niña.

Cuando todo acabó, María se acomodó la falda y decidió continuar con su vida. ¿Qué más le quedaba? No tenía planes de contarle a nadie, pero el uniforme de la escuela le dejó de quedar y la panza comenzó a crecer. 

Al enterarse de la violación, sus padres la llevaron al hospital. Ahí los designados del Consejo Nacional de la Niñez y la Adolescencia (Conna) decidieron que lo más seguro era resguardar a la niña en el hospital. Lo más seguro no era llamar a la policía, no era poner una demanda en la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos (PDDH). Lo más seguro no era procurar justicia, sino esconderla. Hay zonas en El Salvador donde ni la justicia se asoma.  

En el hospital, María ya no hablaba como una niña. “A mí me gustaba ir a la escuela”, dijo, mientras le salían lágrimas y empacaba pañales y pachas en una mochila. 

Si la resignación tiene una cara es la de María doblando la ropita de bebé para iniciar una nueva vida, que nunca pidió. Si la desesperación tiene una cara es la de su madre rogando justicia. Y si la frustración tiene una cara, era la mía.

María es una de las víctimas de un Estado que históricamente ha decidido ignorar a las niñas. De un Estado que a la vista de todos permite violaciones a niñas, que las deja parir y después les dice que se alegren porque ser madre es una bendición. 

¿Qué vamos a esperar de un país que nace de una niña asustada? ¿Qué vamos a esperar de un país que ignora a una niña resignada a ser madre? 

Nos asusta la violencia. Nos asustan los homicidios de un fin de semana, como en abril cuando hubo una escalada que alcanzó hasta 80 homicidios . Algunos políticos, incluso, usan esos muertos para crear discursos a su favor. Nos quejamos de la violencia, pero no la estamos cuestionando. Hablamos de la violencia como si saliera de la nada.

No hablamos de esa bebé de María que nació de la violencia. Cuando esa bebé nació no nos importó. Fue uno más de esos niños que nacen en esas atiborradas salas de hospital. Nos parece natural. Nos hemos acostumbrado a algo horrible: a convivir con la vejación y violación de niñas. Como este texto, lo leemos, nos horroriza tanto como lo hace una película…Y luego, nada. Todo sigue igual. En la realidad no nos alarma que una niña dé a luz a otra niña.

Hace un año, María salió de ese hospital con la bebé en brazos. Resignada.

Carmen Valeria Escobar

Carmen Valeria Escobar

Periodista

Más de GatoEncerrado

Comenta

Publicidad