Columna de Opinión de Jessica Lemus*

Hace algunas semanas el escenario social nacional fue nuevamente estremecido por una situación que activó la alarma de género, ocasionando preocupación en algunas personas e indiferencia en otras.

La Universidad de El Salvador se convirtió en el escenario de actos de violencia de parte de un docente universitario hacia una alumna. El caso escaló al Ministerio Público a través de una denuncia interpuesta ante la Fiscalía General de la República, la cual siguió el proceso de ley correspondiente, no me atrevo a decir lo mismo de las autoridades académicas del alma mater, quienes reaccionaron a favor del agresor, cambiando su posición solo después del golpe mediático que recibieron y que estuvo a cargo de los movimientos feministas. Hoy, la misma institución educativa reporta una situación similar en la Facultad de Medicina. Pero es solo la punta del iceberg.

Y es que el caso de la universidad  nacional y sus catedráticos abusivos es un mal generalizado, el cual es padecido por muchas instituciones de educación superior. No es extraño entrar a las aulas universitarias y encontrarse con profesionales que agreden verbalmente a sus estudiantes, los chistes misóginos y sus expresiones despectivas hacia las alumnas no se hacen esperar, y el vivirlo en primera persona me da la facultad para hablar con propiedad del tema.

En mi caso particular,  sufrí de acoso y violencia psicológica de parte de un catedrático el cual respaldaba sus abusos en la impunidad y el favoritismo de la autoridad académica al frente de la facultad. Aun cuando los abusos de autoridad basados en relaciones desiguales de poder eran evidentes, y su misoginia alcanzaba niveles alarmantes, yo, como muchas otras mujeres en la misma situación, tuve miedo, y el miedo que a mí me callaba, a él lo alimentaba.

Pero un día, cansada de la situación, decidí dar aviso a las autoridades competentes quienes requirieron una investigación, ante lo cual obtuve silencios y excusas. El miedo que hasta entonces tuve se volvió indignación y después de un duro proceso administrativo en el cual fui víctima de humillaciones y discriminación por parte de la comunidad docente y estudiantil, y ante la robustez de la prueba presentada, se logró la destitución del docente.  

Puedo decir que esta experiencia me permitió conocer la realidad de este tipo de abusos, los que se dan en las aulas, los que encuentran su asidero en la cátedra que debería ser sagrada, en la que los que sus actores se visten elegantemente y tras un intachable currículo y su moralidad notoria utilizan su posición para dominar y maltratar, la que exige a las víctimas pagar una mensualidad como contraprestación a una educación de calidad pero que ofrece en cambio agresiones en sus diferentes tipos. Señoras y señores, estas son para mí  las aulas del abuso. Están en todos lados, y cuentan ya muchísimas víctimas, la diferencia es que hoy las víctimas estamos cansadas y demandamos lo que merecemos: respeto.

Y aun cuando lamento profundamente estos acontecimientos me llena de satisfacción ver que de a poco se va rompiendo la red del miedo y la impotencia, dando lugar a las voces que hablan por las que aún no se atreven a hacerlo, pero que un día  lo harán.


Jessica María Lemus* Profesional en derecho, consultora, voluntaria y activista social en temas relacionados a Derechos Humanos y Género. Formación nacional e internacional en Liderazgo, Política y Derechos de las mujeres. Representante nacional en el  31° Modelo de la Asamblea General de la Organización de Estados Americanos (OEA) para universidades del hemisferio.

 

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