En Ciudad Victoria, Cabañas, hay una comunidad llamada Santa Marta que fue repoblada el 10 de octubre de 1987, cuando sus habitantes regresaron del éxodo que tuvieron que vivir por causa de la guerra en El Salvador. Durante estuvieron refugiados en Honduras aprendieron a organizarse en todos los niveles de la vida cotidiana, eso lo trajeron, entre sus cosas, cuando regresaron al país.  Quizá esa organización sea la clave para que en Santa Marta no haya violencia de pandillas, de hecho en todo el municipio de Ciudad Victoria solo se han registrado 3 homicidios en lo que va del año 2015. 


Fotografías: Zaida Alas.

Por Krissia Girón

Bartolomé Otero, uno de los mil ocho refugiados en Mesa Grande, Honduras, estaba despierto después de las tres de la madruga del 10 de octubre de 1987, junto a su familia. Ese día, que recién iniciaba, inspiraba esperanza a los refugiados porque volverían a su terruño, a su hogar, el que tuvieron que dejar en el éxodo obligado por el conflicto armado de El Salvador.

Luego de empacar sus pocas pertenencias que tenía bajo una carpa, Bartolomé recordó el viaje emprendido hacia Honduras huyendo de las balas del Ejército y de la guerrilla. Según sus recuerdos, aún frescos en la memoria después de cinco años, el camino no fue fácil. Tuvo que emigrar, a cuestas, junto a otros cuatro mil 500 personas que optaron por la vida, pero lejos del hogar. En “las guindas” -es decir las huídas de balaceras-, cientos murieron a causa de las bravas aguas del río Lempa, la desnutrición, el hambre, la falta de acceso a medicamentos, entre otras cosas.

"De primerito llegamos a la aldea de Los Hernández, en Honduras. Como a los días de estar refugiados ahí, vino la ACNUR (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados), y nos trasladó a otro refugio que le decían ‘La Virtud’, ahí estuvimos menos de un año. Luego dijeron que no estábamos bien ahí y que nos iba a mandar más adentro de Honduras. Y así llegamos al lugar que se llama Mesa Grande", explica Bartolomé.

En Mesa Grande, Bartolomé, su familia, y el resto de refugiados aprendieron a vivir en comunidad. La organización fue vital, se construyeron formas de apoyo mutuo para que a cada familia tuviera lo básico. En los talleres de hojalatería, costura y zapatería, aprendieron los oficios para suplir las carencias de cada persona en algunas de esas áreas. Se formaron grupos de apoyo en salud y educación popular, así como grupos que brindaban seguridad. Para reforzar la vida en comunidad era necesaria también la concientización de todos y todas sobre esta única manera de sobrevivir a la "cárcel sin paredes", como llamaban al campamento María Gámez, quien llegó a Mesa Grande con su hijo de siete meses, sus cuatro hermanos y sus padres.

"Le decíamos Cárcel sin paredes porque era un área bien grande, pero había un límite, solo podíamos caminar de un campamento a otro. Si uno salía lo mataban o desaparecían. En base a eso fue que organizamos con las mujeres los comités para vigilancia, sobre todo en la noche. Uno tenía miedo de que cualquier cosa podía pasar", comenta María, que en aquel entonces fue la coordinadora del “Batallón Pacho”, un grupo de mujeres valientes que salía por la noche, armadas de palos y piedras, para velar por la seguridad de cada habitante del campamento.

Esta dinámica de vida en comunidad se fortaleció con el tiempo. Las y los refugiados conformaron el comité de repobladores de Mesa Grande, del que Bartolomé era el representante de la comunidad de Santa Marta.

El ACNUR, junto al gobierno de la época, liderado por el expresidente Napoleon Duarte, dieron únicamente tres opciones a los miles de salvadoreños que buscaban un poco de paz en otras tierras, pero que nunca dejaron de lado el sueño de retornar a casa: la primera, ser nacionalizados hondureños y construir una nueva vida en ese país; la segunda, la oportunidad de emigrar hacia otros países como Canadá y Australia; y la tercera, retornar a sus comunidades de origen en El Salvador, pero de manera individual.

Bartolome explica que los repoblados de Mesa Grande dieron un rotundo no a cada propuesta: "Al fin de tanto, pusimos una fecha. Le planteamos de nuevo a la ACNUR que nosotros nos regresábamos el 10 de octubre de 1987, y ellos nos dijeron ‘¿Dónde han visto que en un país donde los refugiados en plena guerra se van a regresar a su país de origen?, acuérdense que ustedes se fueron por la guerra, por la sangre que se derrama en El Salvador, y ustedes planteando eso’, y le dijimos sí, nos vamos a ir porque no queremos vivir de la caridad, queremos ir a trabajar, queremos enseñarle a nuestros hijos a trabajar, y aquí no cultivamos, no trabajamos la tierra. Nos dé transporte o no nos dé transporte, nos vamos a ir a pie, señor ACNUR", recuerda Bartolomé que dijeron, con la misma firmeza y decisión con la que respondieron en esos años a las altas autoridades que estaban en contra de esta sentencia.

La ACNUR y el gobierno doblegaron su brazo y aceptaron dar apoyo a quienes retornarían el 10 de octubre. El rugir de los motores de los buses esa madrugada anunciaba el viaje de los primeros retornados. Fueron mil ocho personas que repoblarían Santa Marta, Copapayo, Las Vueltas y Guarjila en El Salvador. Todos iniciaron la travesía de vuelta a casa con esperanza y alegría, pese a las condiciones que El Salvador vivía en la época.

"Al llegar a Santa Marta, encontramos lleno de árboles y monte en toda la comunidad. Lo único que había ahí eran mariposas. Yo tenía seis años, pero recuerdo que en medio del bosque las mariposas nos dieron la bienvenida. Ahí clavamos las carpas, así como en Mesa Grande, y poco a poco fuimos reconstruyendo", comentó Óscar Beltrán, miembro de la comunidad, quien ahora funge como director de Radio Victoria, que es uno de los esfuerzos de Santa Marta luego de la repoblación por fortalecer su autonomía a través de la radio comunitaria.

Santa Marta, ubicada al norte de Ciudad Victoria, en el Departamento de Cabañas, replicó la vida organizada y colectiva construida en Mesa Grande, que continua vigente en la comunidad. Hoy, su historia y la importancia de su forma de vida se replica desde la niñez. La juventud procura, desde diferentes trincheras, mantener la memoria histórica y seguir construyendo formas de convivencia alternativas.

Deysi Rivas, del Colectivo de Universitarios y Universitarias de Santa Marta, y maestra de danza contemporánea de la comunidad, reafirma este deseo y expresa que en la actualidad la apuesta es por un relevo generacional. "Una agradece la lucha de la comunidad y busca la forma de retribuirle toda esa vida de esfuerzos por un futuro mejor. Hoy por hoy, estamos en un momento de relevo generacional, las personas mayores están en función de dejar en la memoria toda esa experiencia en la comunidad para que sean las y los jóvenes quienes continúen con este legado", comenta Rivas.

La misma opinión comparte Marielos Torres, de 17 años, quien dice sentirse orgullosa del esfuerzo de sus padres y del resto de la comunidad por una vida mejor. "Aunque yo no lo viví, es como sentir el dolor de mis padres y de la gente, cuando una conoce la historia desde quien la vivió. Como joven no pierdo los ideales de Santa Marta, creo que es gracias a todos esos esfuerzos que tenemos la comunidad de hoy en día. Solo nos queda agradecer y seguir luchando para que las cosas caminen para bien, para nuestros niños y los jóvenes", expresa Marielos.

Es por esto que cada 10 y 11 de octubre con música, fiesta, expresiones culturales y momentos de reflexión, se recuerda a las personas que en aquella madrugada de 1987 se atrevieron a retomar el camino a casa. Bartolomé, María, y cada una de las mil ocho personas que con su esfuerzo construyeron sobre ruinas una nueva vida.

Comenta