"Dos vendedoras guatemaltecas, un vendedor de pan, otro de baterías, un niño vendedor con epilepsia y un anciano hacedor de marionetas y payaso, son parte de las historias que te quiero contar en este texto. Son las personas que también opinan, que también tienen historias, pero que en la beatificación de Monseñor Romero eran la periferia". Estos son los apuntes de un periodista en plena cobertura de la beatificación de Romero.


Por Mario Beltrán/@mariitobeltran

No pretendo informarte con lo he escrito. Eso lo puedes buscar en los inagotables medios de comunicación salvadoreños que se dedican a repetir lo que otros ya dijeron del mismo evento de la beatificación de monseñor Romero, que por cierto también fue emitida en vivo en cadena nacional de radio y televisión. ¿Qué más he de decir yo?

Muy temprano en la mañana el mar de gente ya se observaba desde el Parque Cuscatlán, hasta la Plaza al Divino Salvador del Mundo en San Salvador. La seguridad del evento era de esas que ya quisieras ver en alguna de las colonias conflictivas de nuestro país. Había de todo, feligreses, vendedores, jóvenes, mujeres, niños, adultos mayores, no alcancé a ver a pobres ni campesinos tal y como lo calificara la gente que organizó los puestos donde estarían los invitados, aunque eso de "pobre" se infiere de la mayoría de personas que estábamos allí. A excepción de quienes llegaban con vestidos lujosos, trajes carísimos y camionetas escoltadas para estar en la primera fila de la beatificación de quien se preocupaba por los pobres.

De esos pobres te traigo seis historias. Quiero contarte cómo los que no tienen ni tuvieron voz en la beatificación de Romero, opinan y narran. Los vendedores informales. De esos que abarrotaron las aceras del evento, y que la pobreza obligó a pasar horas bajo el sol y la lluvia por un par de dólares más.

1. La observé extendiendo una especie de toalla que alguna vez fue roja pero que el sol ha convertido en rosada. Su vestimenta de revuelo multicolor me llamó la atención. Ella no era salvadoreña. Tras cuidar que la toalla se extendiera sobre la calzada de la Avenida Roosevelt, sacó de un bolso negro una gran cantidad de sombreros decorados con listones alusivos al nuevo beato.

-Venir a vender a San Salvador fue por la necesidad de mantener a mis hijos. Tengo tres hijos. Soy de la zona 6. Venimos el 22 de mayo por la noche. Cuando fue el concierto de Ricardo Arjona también vinimos. Nos dedicamos a vender cosas pequeñas. Acá andan mis tres hijos, un yerno- dijo.

Le consulté sobre Romero. Me observó con sus profundos ojos negros. Pensó. Limpió su rostro de sudor. Su piel ha oscurecido más como evidencia de la larga exposición al sol. -Creo que monseñor Romero ha hecho algo por su pueblo, y acá los salvadoreños lo festejan a lo grande- se limitó a decir María Suruya, quien se mostró sorprendida porque a lo mejor nunca había dado una entrevista a la prensa.

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María Suruya de Guatemala, vende sombreros.

2. Caminé un par de metros y me llamó la atención de entre gran cantidad de vendedores. Ahí estaba Karen Vásquez. Una sencilla bata negra, un cómodo pantalón de estilo cebra. Sobre la misma calle, en el mismo ambiente en donde celebraban al santo de los pobres, ella extendía bufandas sobre Romero.

-Yo no sé mucho de la persona que celebran hoy- me dijo mientras se asomaba una tímida sonrisa mezclada con el inconfundible acento guatemalteco. -Me llamó mucho la atención la devoción del pueblo salvadoreño, y no solo de acá, sino que veo gente de otros países, y realmente El Salvador es un país bastante agradecido a favor de esta persona que van a conmemorar hoy. Ya había venido al país pero no a un evento católico, y la fe de la gente salvadoreña es digna de admirar porque mucha gente hizo vigilia bajo la lluvia, y ahí se ve su fe.

Dice que la necesidad de mantener a su familia la impulsó a venir a este El Salvador a vender como en ocasiones anteriores. -Tuvimos que pagar hospedaje por mi estado de embarazo. Vinimos el 22 de mayo. Trabajo para mantener a mis tres hijos. Aquí la ganancia es bastante favorable porque se gana en dólares. Tratamos de tener precios cómodos porque muchas veces si damos caro la gente no nos compra. Venir a El Salvador a vender nos ayuda bastante. He venido con mi esposo- cuenta Karen quien sus ocho meses de embarazo no la limitan de comerciar en las calles de San Salvador.

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Karen Vásquez tiene ocho meses de embarazo. Es de nacionalidad guatemalteca, y aprovecha la beatificación de Romero para comercializar productos alusivos.

3. El tiempo avanzaba y danzaba al sonar de la música popular que emitían las bocinas, pantallas led gigantes y la euforia de quienes animaban, pero el comercio no se detenía. Alejandro Amaya es un panadero que conoce ese rubro más por experiencia y necesidad que por conveniencia. Una gorra camuflada, un pañuelo rojo sobre su hombro derecho, zapatos cómodos, y el cansancio en su rostro, denotaba las más de 24 horas que llevaba vendiendo panes con jamón en la misma zona donde sería el evento. ¿Qué opina de la beatificación de Romero? pregunté

-La verdad que el hombre era muy humanista, y creo que se debe reconocer lo humano que fue, y su atención al pobre. No creo que monseñor estuviese contento de cómo se están haciendo las cosas en el país porque los líderes se están equivocando bastante. Yo vengo de Ilopango. Estoy vendiendo desde ayer (22 de mayo) en la mañana. Ayer estuvieron fatales las ventas, hoy ha caminado un poco más. Anoche nos mojamos- cuenta con tono esperanzador.

La entrevista se interrumpe. Una cliente llega y pregunta el precio de los panes, a lo que Alejandro contesta atentamente -¿Cuánto le doy mi amor? ¿Con jamón está bien?-. Mete su mano a la bolsa y saca un par de monedas para dar cambio, y continua: -Espero que hoy se pongan bonitas las ventas-.

4. De regreso en la zona cero del evento, un tumulto de gente llamó mi atención. Era la escena de una persona en el suelo que convulsionaba por epilepsia. Había cuatro policías con cara de no saber qué hacer, otros curiosos con expresión de espanto, y al rededor de cuatro a seis cámaras de televisión (la libre expresión se hizo presente).

La persona era Wilmer, al menos así lo identificó Comandos de Salvamento. Era un vendedor de once años de edad que comercializaba poleada (una especie de atol a base de leche y canela). Los cuerpos de socorro se hicieron presentes, más medios de comunicación con sus caros equipos enfocaban el rostro del moreno joven vendedor que yacía en el suelo. Al instante fue trasladado en camilla hacia el Hospital de Niños Benjamín Bloom.

-Va deshidratado totalmente y lleva una descompesación de líquidos, y va solo al hospital. Según nos comentan es un vendedor, y sus compañeros lo conocen como Wilmer de once años de edad- explicó a los medios Carlos Fuentes, vocero de prensa de Comandos de Salvamento.

Entenderán que no pude entrevistar a Wilmer. El evento continuó.

niño

Las convulsiones de Wilmer, el vendedor de once años, parecían ser un hecho insólito para los medios y transeúntes.

5. Adonay Rivera madrugó ese día. Alistó su venta de baterías y accesorios para celulares, engelatinó su cabello corto, y se dispuso para ir a vender. Pero no lo hizo solo, su esposa e hijo también acompañaron al hombre cuya intensión era sacar unas monedas de más.

-Venimos para aprovechar el montón de gente que ha venido, y sacar unas fichitas porque la situación está difícil los días normales de semana, y no es como aprovechar un día festivo como este para poder pagar las "jaranitas" (deudas) que tenemos- expresa.

Dice que respeta a cada quién su forma de pensar en torno al nuevo beato, sin embargo, cree que la ceremonia y el evento de beatificación tiene tintes políticos -Como ya lo beatificaron, eso lo aprovechan algunos para hacer política- concluye.

6. Un sombrero amarillo con cuadros negros no pasó desapercibido a mi vista. Una camisa roja que parecía un suéter, zapatos cómodos y un jeans. Era bueno para atraer a la gente y a curiosos fotógrafos internacionales. "A dólar a dólar" era su pregón mientras con su mano derecha sostenía una marioneta de cartón sobre monseñor Romero que levantaba los brazos al halar de un hilo trasero.

-Ya tenía planeado venir a vender a la beatificación de Romero. Tengo 25 años de vender todo tipo de muñequitos tipo marionetas. Me tardo más o menos una hora en hacer cada marioneta. La necesidad impulsa a vender por la situación en la que se encuetra el país, si no hay trabajo, hay que inventarse los medios para sobrevivir en vez de andar robando- explica.

Llegó un día antes de la beatificación por la tarde. Se mojó, y un establecimiento de comida rápida le permitió dónde refugiarse por la noche junto con sus dos hijos que lo acompañan.

Cree que la beatificación es un regalo al pueblo salvadoreño y al mundo entero. Julio Urbina no quiso desaprovechar la entrevista, y dijo además que también ejerce el oficio de payaso, conocido en ese mundo como "payaso frijolito". -Tengo 35 años de andar en ese arte. Hoy no me pinté por un poco de respeto para el evento, no porque con mucho gusto-. concluyó el amable vendedor de barba cana y piel morena.

Estoy casi seguro que de haber estado monseñor Romero en el evento de su beatificación oficial, hubiese dejado la parafernalia y el show que se montó de lado, y hubiese ido a tomarse un café y a escuchar estas seis historias.

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