Tania Primavera tiene su blog en Revista Gato Encerrado titulado "Gotas de Néctar". Uno de estos artículos titulado "Cuando fuimos a cortar" publicado el 19 de septiembre, fue analizado por Erick Chávez Salguero, filósofo y poeta salvadoreño. Autor del poemario “En el mal tiempo de la amnesia”. Actualmente estudia el doctorado en filosofía en Valparaíso, Chile, y es desde ahí que nos envía este análisis. 


Comentario a un Texto de Tania Primavera

Por Erick Chávez Salguero.

Hay un libro llamado “El Tiempo es un texto indescifrable”, de la poeta salvadoreña y radicada en México, Lauri García Dueñas; se trata de un libro que intenta, y creo que logra, descifrar el tiempo en la cotidianidad de Ciudad de México desde una voz plural, que trasciende esta misma cotidianidad; entregándonos ya no la cuenta del tiempo, sino el devenir desde su origen recóndito. Sólo la poesía es la llamada a enfrentarse con el símbolo del tiempo. Por ello han existido profetas en todas las épocas. El tiempo es algo que necesita ser descifrado. Borges decía que el tiempo está hecho de memoria y olvido, como sombra y luz. Como un claroscuro. En ese claroscuro el tiempo se descifra.

Quienes se ocupan del tiempo y de sus consecuencias. Quienes se ocupan de hacer presente la memoria están condenados a vivir en la penumbra, ese filo entre la luz y la sombra, que por ser un filo siempre hiere, la memoria hiere, porque “la memoria olvida”. El tiempo se descifra y se deshace en la penumbra.

El texto de Tania Primavera “CUANDO FUIMOS A CORTAR”  publicado en la revista “Gato Encerrado”, el día 19 de Septiembre del presente año, habla de ese “topos”, de ese lugar de la penumbra de quien se ocupa del tiempo.

San Agustín en su libro “Las Confesiones”, habla de la temporalidad del alma, donde ésta, vive en un continuo presente, el pasado se acusa en el presente bajo la forma de recuerdo y el futuro habita en el presente bajo la forma de expectativa. En cambio la memoria, el santo la entendía como una fusión de los tiempos, la entendía como “distentio animi” o, alma distendida; donde todo el ser del alma anima los tiempos en el instante, donde el alma no es solamente recuerdo ni expectativa, sino alma viva que roza el sentido de lo eterno.

El instante, es la clave del texto de Tania Primavera, su texto es una revelación de la “otra voz” que le asiste cuando oye “el rumor, su sonido a través de la ventana de vidrios nevados.” Esa ventana nos traslada al tiempo en que vuelve “a ver jocotes de corona.”

Así, entramos al universo de la memoria de Tania, al tiempo de la guerra en El Salvador, al tiempo de una extraña figura de un guitarrista que se marcha tras la utopía. Este tiempo es un tiempo de abandono: caminar, cambiar de casa, ser gitano. La revelación efectivamente ocurre, como un rayo bajo una tormenta nocturna con apagón incluido. Tania lo confirma cuando dice “Los destellos en la memoria traen sus esquirlas”  o cuando más adelante nos dice “Son flash backs”.

Y es que entrar en la memoria, implica bucear en un tiempo no lineal, son destellos de verdad los que van apareciendo, destellos que hieren a aquél o aquella que “busca y que encuentra”. No es para cualquiera entrar en la memoria, no en estos tiempos, en esta civilización diseñada para ver mil cosas por minuto y nunca mirar atrás. La locura rabiosa del tráfico en la calle, su atmósfera densa de violencia, la velocidad de las noticias, el afán de novedades tecnológicas, el fluir estrepitoso en las redes sociales son formas actuales de anclarse a un presente que no necesita recordar. En nuestras sociedades latinoamericanas, siempre el recuerdo será una afrenta contra el poder, recordar es de valientes, y este texto lo confirma al mostrarnos el mapa preciso de una herida.

El texto, construido de manera intercalada entre frases cortas y frases largas, hace sentir efectivamente el desplazamiento de las imágenes que Tania nos va ofreciendo en la medida que la “voz de su memoria” se apodera de sus manos. Como flashes, como destellos, van apareciendo amontonados uno tras otro los recuerdos. Por ahí desfila Santa Ana, con sus historias, sus historias escondidas; no contadas ni recordadas de 1932 y sus masacres. Santa Ana es “silenciosa” y calla. Es hermética, porque aunque hubo un deslumbramiento “por sus callejones, casas y ventanales de adobe” no se pudo entrar. No se pudo habitar en ella. Las murallas de esa ciudad se cierran en su impunidad.

La mirada aquí es límpida, es la mirada de una niña que con su hermana y sus amigas juegan en una Santa Ana que se recuerda a veces de forma idílica, pero siempre se encuentra al fondo el telón oscuro de la guerra:

“Viendo el cerro Santa Lucía y disponer a subirlo con mi perro y mi hermana o amigas. Fuimos tan libres. Alice nos llevaba a la orilla de “la línea” (del tren) buscando verdolagas, para comer…. Yo sabía que había guerra, y viviendo en la ciudad cafetalera,  nunca oí hablar de la masacre de 1932, nunca.”

Como ya lo mencionamos, aquí es la memoria la que habla, es una voz que simplemente fluye y entra de repente:

“Hubo un tiempo, en que con mis amigas por las tardes jugaba básquet con el hijo del coronel L. Corría veloz a las seis de la tarde,  la hora del “toque de queda” para llegar a la casa, pues estaba de lado a lado de barrio a barrio.”

O cuando más adelante, sin previo anuncio, siguiendo la lógica del destello dice:

“Un día, Alice agarró a sus “cipotes”, que eran cuatro, y se los llevó “a cortar” (café). Ella que fue hija de dueño de fincas. Esa vez, que fuimos al volcán, mi padre ya había sido capturado y era “preso político”. Eran los tiempos de “la corta”. Meses después salió, se fue del país y no lo vimos más… hasta años después.”

Se confirman de nuevo los fantasmas de la guerra, contados en una lógica no lineal, sino de destello, simplemente va apareciendo como haces de luz el hecho de abandonar la patria, la familia, el arraigo. Se impone el exilio, bajo cuya sombra quedaron miles de familias salvadoreñas, y que ahora por otras razones, la historia se repite, la historia se hace actual, en la tragedia de la migración masiva hacia EE.UU. o hacia Bélgica o hacia Suecia u otras latitudes.

El relato continúa, contando esa experiencia de la corta de café. Es tremendamente revelador, el registro del mapa sensorial que va recorriendo la memoria de Tania, cuando dice: “Es tiempo en que vuelvo a ver jocotes de corona.”  O sino cuando el flash del recuerdo llega tan rápido que es necesario atraparlo en una frase poética: “Llegando octubre y noviembre, entre las  veredas de los montes, de los cerros, de los volcanes, comienzan a subir cortadores y cortadoras de café aún entre la neblina.”

Sin mencionarlo a este momento, los cortadores de café aparecen ya revestidos en su frío cotidiano, y esto queda confirmado cuando más adelante dice:

“Ahí por “Tres Caminos”, caminamos, entre las fincas, en las alturas del volcán Ilamatepec. Allá donde los vientos reinan en las noches del cafetal. Y hay barreras vivas, para que no boten el cafeto.  Esperando la hora. Pernoctamos, en el suelo aquella vez. Son “flash backs”. Los fríos que pasamos, el contacto con el arbusto sagrado, néctar color miel, del que se extrae ese fruto que llega hasta la taza y soy casi adicta: El Café”.

El relato continúa, dibujando el Lago de Coatepeque, rodeado de cerros y volcanes y aquí ya no es la niña entregada al asombro la que habla, sino la mujer adulta que reflexiona sobre la corta de café, con los ojos de la niña cuando dice:

“No me daba cuenta quizá de nada, no sabía que era como un trabajo… Cafetales…pinos, orquídeas, paisajes y aromas. Imagino esas miles de personas cortando como lo hice yo una vez. Fue por poco tiempo. La memoria olvida.”

La memoria olvida. De nuevo aparece ese lugar del claroscuro, ese lugar donde el destello del recuerdo se ve tragado por la sombra. “Oscuro, oscuro, oscuro. Todos entramos a lo oscuro” dice Alfonso Kijadurías en un célebre poema escrito a la memoria de Roberto Armijo.

Entonces memoria y olvido, encuentran un puente en el instante en que acude esa “otra voz” donde el tiempo se anima, se vuelve vivo y la memoria no es memoria abstracta. El texto de Tania como texto de revelación de “la otra voz” cierra de manera ejemplar cuando dice:

“La noche en el campamento de “los cortadores”, es uno de los recuerdos que más se viene, entre el fuego de la cocina, la penumbra, el hollín, y alguien diciéndonos  “hijos de guerrillero””.

Se trata de la voz que no se detiene, que no se gobierna, que simplemente es la “que más se viene”. Es la voz del delirio de la memoria, delirio porque su hablar no puede ser otra que la forma poética, delirio porque “habla” en un tiempo no lineal, sino como destellos de luz, en medio de la oscuridad.

Heráclito de Éfeso encontró la verdad del “ser” en el destello del rayo nocturno, una verdad que alumbra en medio de la oscuridad, y esa verdad estaba en esa tensión entre lo oscuro y lo claro, en el filo de la penumbra, Heráclito llamaba a estar atentos, y a escuchar esa verdad que llegaba como rayo nocturno,  escuchar esa “otra voz” la voz del Logos que habla de “otro modo”: “No a mí  sino a Lógos escuchad” dijo el gran filósofo griego, que es recordado bajo el mote de Heráclito el oscuro.

El texto de Tania viene de ese otro lugar, más originario que es el de la verdad poética, por ello su escritura parece quebrada, pero es que sus frases efectivamente son destellos de la memoria que se apoderaron de sus manos al escribir. Por eso “Los destellos de la memoria traen sus esquirlas, sus pétalos de hielo”. Es decir, sus heridas. No se puede salir ileso cuando se bucea en la memoria, por eso Kijadurías recuerda que al escribir, es “otro” el que escribe y hay que escuchar lo que ese otro tiene que decir, ya que se escribe rodeado de fantasmas. Y tal como en un parto, se “da a luz” a una frase de la memoria, en la oscuridad de nuestras más profundas entrañas, en la penumbra del tiempo, cuando “se busca y se encuentra”.

 

Valparaíso, 01 de Octubre de 2015

 

 

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