Obra de Alex Cuchilla

 

Por Tania Primavera/@TaniaPreza

 “Se petatió”, sin pena ni gloria. Petatearse es morirse o que te maten en El Salvador. Viene de “petate” la alfombra ancestral donde enterraban a la gente. No hay protesta, no hay reclamo, es uno más. La muerte deambula por las cárceles, por las calles, por los barrios, por los pensamientos, por la música. Es tiempo de réquiem. Con música de Wolfgang Amadeus Mozart de fondo, su famoso Réquiem, me recuerda que la violencia no tiene tiempo. Pero ¡Amadeus! Veo a ese niño en la esquina todos los días, es nuevo, limpia parabrisas, es morenito, y lo miro a los ojos al pasar, no me mira, tiene miedo, es otro Topiltzin.

Ojalá no mueras “bichito”. Ya está en la edad en que lo invitan a unirse. ¿De dónde sos? No he podido romper el hielo y preguntarle. Debo atreverme. Sólo sonrió, come su bombón y sostiene su trapo “chuco” con que limpia los vidrios de los parabrisas. Hijos e hijas de Cuscatlán, que tomas las armas, y te convertís en un cómic, en una foto de portada, en la aflicción de tu madre. Quiero recordarte con la alegría, pero ahora sólo pienso el Réquiem.  Réquiem – palabra en latín, es “descanso”.

Ya no sorprende la muerte, ya no. Que mueran que mueran que mueran que mueran. El mayor tesoro es juventud. El mayor tesoro enviado al inframundo. A encontrarse con la nada. Camino por la acera, pero voy pensando en el paraíso en que vivo. Azules cielos, verdes intensos, el volcán Quezaltepec fantástico, que a veces logro ver su forma de ballena. En la cárcel, en esa ciudad con nombre ancestral Cerro del Quetzal, o sea, si se llama así, habían quetzales. ¿Dónde están? ¿Cuándo se fueron?

Ellos caminan con sus órdenes en la mente. Ojos dulces, ojos irónicos, ojos que atraviesan almas y expresan algo que no logro descifrar. Ellos son buscados, por los dedos de una madre, por los ojos de una amante, pero no están en la lista. Tal vez en la otra.

Los cantos del Réquiem me acompañan, te imagino Amadeus, en tu escritorio por las noches escribiendo la partitura última, vos mismo escribiste tu Réquiem. La mara, una palabra que no es lo mismo ya. Es o era una palabra para decir “la cherada” “los amigos y las amigas”. La mara, esa palabra que ahora da “cosa”, es la palabra como el néctar de nuestro círculo de amistades.

Vivo en la tierra ancestral de Feliciano Ama, de Roque Dalton, de Prudencia Ayala. Donde Atecozol es bañado por agua fresca que nace de los manantiales, aquellos nutridos por la sangre de nuestros muertos en la invasión de la “conquista española”, en la represión a posteriori, en la insurrección. Aquellos que se escondieron en la Golondrinera de Pushtan.

El día más violento, el lugar más violento.

Quitando los violines del Réquiem, trato de bajar el volumen y escuchar a “yulu” al corazón rebelde que no quiere limitarse a ese cliché de la violencia. El yulu, el corazón, el más noble, a ese es el que hay que escuchar. Tal vez el corazón de la tierra, a donde regresamos. La vida se vive una vez.


 

Tania Preza2Tania Primavera Preza: Integrante del Consejo Editor de la Revista Trasmallo. Ha participado en jornadas lúdicas con jóvenes utilizando el “Juego Los Izalcos” sobre cultura ancestral indígena, la edición de exposiciones museográficas, producción de cápsulas radiales, publicaciones y talleres con jóvenes sobre derechos humanos y memoria histórica. Actualmente es responsable del Área de Comunicaciones del Museo de la Palabra y la Imagen, y conduce junto a un equipo del MUPI la  Red de Jóvenes en Defensa de los Derechos Humanos.  Desde agosto de 2014, es autora del audio espacio Entrevistas EN OFF en www.contrapunto.com.sv

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