Foto referencia/Internet

Olga Castro comparte con GatoEncerrado, la narración de una pesadilla que se soñó despierta. De cómo mientras jugaba a las escondidas, atestiguó la violación de una de sus compañeras en un salón de clases. "Me vio y se separó inmediatamente de la niña, se agachó para subirse el pantalón sin quitar sus ojos de mí, desperté y supe que tenía que irme de ahí inmediatamente..." Ésta es una historia real, algunos datos han sido cambiados para proteger la identidad de la víctima.


Por Olga Castro

1999 Fue un año importante en mi vida, mi papá había regresado de Estados Unidos, la familia estaba reunida otra vez, nada podía hacerme más feliz.

Estudiaba en un colegio pequeño y esa tarde en particular me había quedado después de la hora de salida, estaba esperando a que llegaran por mí y me llevaran a casa, estaba jugando “escondelero” con otros niños que también se habían quedado, era emocionante porque el colegio lucía solitario y silencioso, incluso un poco oscuro, había que caminar por los pasillos mientras te inundaba el suspenso y yo amaba esa sensación.

1…2…3…4…5….

Era mi turno de contar hasta 25 y luego salir a buscar a mis compañeros, con mi frente apoyada en la pared y los ojos cerrados, escuchaba a los niños alejarse corriendo, puertas se abrían y cerraban, se arrastraban mesas, se escuchaban risas y gritos emocionados alejándose de mí hasta que quedaba el silencio.

23…24…25.

“¡Ahí voy!” grité, mi corazón latía de prisa, iba caminando a paso lento y silencioso. El pasillo se abría frente a mí, al fondo se oscurecía y se estrechaba, caminé hacía esa oscuridad, porque me atemorizaba, pensé en empezar a buscar de salón en salón desde el último hasta el primero, así sería más emocionante, si empezaba en el primer salón ya no podría adentrarme en la oscuridad del pasillo que me llenaba de curiosidad, seguramente todos se habían escondido en los primeros salones, y no tendría la oportunidad de ir y buscarlos en medio de la oscuridad. Caminé.

Mi corazón latía muy rápido, de pronto quise volver pero seguí caminando, no sé por qué, quizás solo quería probarme a mí misma que era valiente.

Me encontré llegando al final y un sonido repetitivo se hizo presente, empezaba a meterse en mis oídos y aumentaba un poco a cada paso que daba, no identificaba el origen ni la forma, pero luego me di cuenta que eran como golpes, como algo de madera golpeando una superficie sólida, los salones estaban todos cerrados, pero el último tenía la puerta entre abierta, y de ahí salía el sonido.

Me acerqué lentamente a la puerta, el interior del salón estaba oscuro pero se fue iluminando a medida que mi vista se acostumbraba, de alguna manera sentía que no debía estar ahí, que me iba a meter en problemas, pero el miedo ya no estaba, solo una curiosidad tan grande que me impedía retroceder… fue cuando lo vi.

Era muy alto, estaba de pie frente a un escritorio, su rostro tenía una mueca que no podré olvidar nunca… frente a él una niña, tumbada de cara al escritorio, tenía un gesto de dolor pero no estaba llorando, su falda estaba arriba y sus piernas llegaban al suelo con dificultad, él con sus pantalones abajo, se movía fuertemente agarrándola por la cintura y jadeando en silencio.

Yo la conocía, era mayor que yo por uno o dos años, una niña con la que nunca me llevé bien, envuelta en una situación que yo no entendía en ese momento, a él lo conocía también, vivía cerca de mi casa, tenía más de 30 años y nunca me agradó, no sabía qué hacía ahí, en mi colegio, no entendía nada.

Pareció una eternidad el tiempo que estuve parada inmóvil frente a esa puerta, el miedo volvió, yo no sabía que pasaba pero sabía que era algo malo, quería correr pero no podía ni moverme, estaba petrificada ante la escena más espantosa que había tenido que ver, indefensa, sola presenciando el sufrimiento de una niña. Esa eternidad fueron sólo unos segundos, una pasa que se rompió cuando clavó sus ojos en mí.

Cuando era muy pequeña, mi mamá me bañaba, me limpiaba y me ponía mi ropa, siempre hablaba conmigo mientras lo hacía, yo la escuchaba atenta, tenía 4 años quizás, un poco más o un poco menos y lo recuerdo muy bien porque a menudo me daba el mismo consejo: “Nunca dejés que nadie te toque. Nadie. Ni si quiera un familiar, nadie debe tocar tu cuerpo y si un día sucede, grita muy fuerte. Si alguien algún día trata de hacerlo contame, no importa si te dicen que me van a matar o que te van a hacer daño, eso no va a pasar. Nunca ocultes nada como eso”

Me vio y se separó inmediatamente de la niña, se agachó para subirse el pantalón sin quitar sus ojos de mí, desperté y supe que tenía que irme de ahí inmediatamente, me di la vuelta y empecé a correr, mis piernas pesaban y estaba temblando por completo, escuchaba su cuerpo pesado corriendo atrás de mí, ese pasillo parecía infinito y justo cuando pensé que iba a lograrlo su mano pesada y grande calló en mi hombro y me detuvo.

Paré, me apoyé en la pared y lo vi hacia arriba, aún no había cerrado su pantalón por completo, estaba sudando y agitado, erguido frente a mí como un gigante aterrador, pero en sus ojos podía ver que el cabrón estaba más asustado que yo. Cobarde. No te olvido.

Como era de esperarse me dijo que no le dijera a nadie lo que había visto, que si lo hacía me pasaría lo mismo, que él conocía a mi mamá y mi papá, incluso me dijo los nombres y que si les decía podían salir lastimados porque él les haría daño, que si su esposa se enteraba ella podía sentirse tan mal que moriría y que sería mi culpa, que yo la habría matado y que no había razón para causar tal caos, que lo único que tenía que hacer era olvidar lo que había visto.

Me soltó y me fui lentamente, sentía que acababa de regresar del infierno, me sentía hasta cansada, todo pasó tan rápido que los niños aún no habían salido de sus escondites, entonces busqué mi mochila y grité: “Ya no juego”.

Esa noche me estaba preguntando qué hacer, estaban mis padres en casa y todo parecía normal, yo no podía olvidar lo que había visto, el rostro de la niña, el gesto en el rostro del hombre, los sonidos… todo.

Si mi mamá no me hubiera aconsejado desde niña quizás no habría tenido el valor de hablar y de contarle a mis padres lo que había visto, sin miedo, nada iba a pasarme y nada iba a pasarle a ellos, entonces hablé y conté la historia como pude.

Lo que sigue es complicado, no habían pruebas, la víctima se reusó a hablar, habían intereses de otras personas que impedían llevar este caso a otras instancias, en fin, el hombre se fue lejos y eso fue lo único que se pudo hacer, hoy está libre por ahí y hace poco me enteré de que se había casado con una jovencita.

Trato de nunca recordar esto pero presenciar una violación es algo difícil de olvidar, incluso ahora a mis 26 años tengo ese sueño recurrente de ir huyendo en un pasillo aterrada, ojalá hubiera podido hacer más.

Recuerdo con tanto desprecio su mano agarrando fuerte mi hombro, era una niña inocente reflejada en los ojos de un monstruo, de un violador, de un cobarde, de un ser despreciable amenazándome.

No recuerdo su ropa, ni sé cuál era su profesión, no sé si tenía dinero o no… por eso creo que no importa si hubiera sido sacerdote, abogado, médico o un indigente, para mí era un violador, un monstruo que me hizo daño sin tocarme un sólo cabello, implanto en mí un recuerdo horrible que llevo conmigo 17 años después y ni siquiera fui la que estaba de cara con ese escritorio.

Los delitos de este tipo prescriben en 10 años, como si fuera tiempo suficiente para que la víctima lo olvidara, como que si 10 años después ya no doliera, ¿por qué importa más el tiempo que el daño? Si han pasado 17 años para que yo pueda hablar de esto, ¿Cuántos años toma reunir el coraje para hablar de esto si sos una víctima? No importa lo que pase, el hecho va a estar vigente siempre, porque la manera en que esto marca la vida de un hombre o una mujer es inimaginable para quienes no lo vivimos.

Me vale verga si sos sacerdote, funcionario, padre, amigo, rico, pobre, mujer u hombre, tampoco me importa hace cuanto abusaste de esos niños y niñas… si de mí dependiera disfrutaría arruinarte la vida como arruinaste la de esos niños y niñas, si pudiera te encerraría en la cárcel hasta que te pudrieras, si en mis manos estuviera, te asesinaría lentamente así como asesinaste a esos niños y niñas cuando le pusiste tus sucias manos encima…

Pero no puedo, me siento aquí a contemplar enojada el tamaño absurdo que tiene la impunidad en nuestro país todos los días… sin poder hacer nada, sin olvidar, ni perdonar.

Te recuerdo. Cobarde.


olga Olga Castro. Reflexiones desde el interior sobre esas cosas que más de alguna vez, nos hacen eco.

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