Feliciano Ama. Foto/Internet

Por Xochitl Acevedo/Gatos al desnudo

José Feliciano Ama, hombre indígena que usaba cabello corto, bigote y  vestía de la casual forma en que vestían  los indígenas, con camisa y pantalón de manta, caites en sus pies y sombrero de palma en su cabeza.  Feliciano era un jornalero que sembraba maíz y estaba casado con Josefa. Era un hombre cristiano, humilde, respetado por sus allegados y poseía una voz apacible, además de firme y convincente.

Josefa, la esposa de Feliciano, era hija de Patricio Shupan, mayordomo del Corpus Christi y cacique de Izalco, y quien dio apoyo a Feliciano, muriendo en el año de 1917 a causa de un fuerte dolor de estómago después de asistir a un importante almuerzo en la casa presidencial, en ese entonces, el presidente era de la muy conocida dinastía Meléndez- Quiñones, Carlos Meléndez.

En el contexto internacional, para los años de 1929, se produjo una significativa crisis económica, marcando una gran depresión y devastando además la economía salvadoreña, que dependía del café, y así afectado los salarios en el campo de forma negativa. Además de ello, en el país los indígenas ya reclamaban el maltrato que sufrían por parte del Gobierno, quien expropiaba las tierras comunales a los indígenas a demás de sufrir maltrato inhumano y explotación.

Estos dos factores notorios en la sociedad salvadoreña, dieron lugar a lo que sería unos de los hechos históricos que más marcaria al país con lucha y sangre unos pocos años más tarde.

El descontento que llegaría a muchas zonas del país, hizo que los indígenas se empezaran a organizar con movimientos populares, creando así la Federación Regional de Trabajadores de El Salvador en el año de 1924, contando con miles de afiliados y con el único objetivo de luchar por la tierra,  el aumento de salarios y leyes que los protegieran de la violación de los derechos humanos, la injusticia e impunidad que la Fuerza Armada y el Gobierno hacía contra ellos.

Ya para el año de 1932, el 22 de enero precisamente, Feliciano ingresó a Sonsonate con centenares de indígenas que lo acompañaban para intentar hacer justicia ante las impunidades del Gobierno, pero en la madrugada se les unió gente extraña proveniente de Juayúa, haciendo decenas de destrozos, incluyendo el asesinato del alcalde, hechos que luego se le atribuyeron a Feliciano injustamente. Por lo que Cabrera, hombre racista que odiaba a los indígenas y comandante de Izalco, ordenó su captura.

En el momento de su captura, Feliciano fue amarrado y llevado a la alcaldía en donde él gritaba ¡Vivan los indígenas! ¡Las tierras son nuestras! Y posteriormente asesinado, linchado por terratenientes, efectivos de la Fuerza Armada y miembros de la dictadura de Hernández Martínez, y finalmente colgando su cadáver en un árbol con un lazo para que lo vieran y dar la impresión que fue ahorcado el día 28 de enero de 1932.

El movimiento duró alrededor de 72 horas y se estima que murieron 30,000 personas, entre ellos ladinos, indígenas, obreros y soldados del ejército del gobierno, tomando los pueblos de Tacuba, Juayúa, Ataco, Sonsonate, Santa Ana, Ahuachapán, Izalco, Cuisnahuat, Santo Domingo de Guzmán, Nahuizalco y otros pueblos como los campos de batalla. Habiendo además, masacres de indígenas en el occidente del país quienes fueron cruelmente torturadas y siendo matadas todas aquellas con rasgos indígenas y que hablaran su idioma náhuatl.

Sin duda alguna, Feliciano Ama, cacique del pueblo de Izalco, debe de ser recordado en el país por todas las personas, en enero de este año se cumple ya 84 años tras aquel brutal suceso, en que miles de personas originarias, indígenas fueron asesinadas por ladinos y personas racistas. Con el asesinato de Ama, quisieron dar por acabado todos los movimientos y luchas a favor del pueblo, sin embargo es recordado más que nunca por su heroica acción y aquel cuerpo que quedo suspendido en una ceiba frente a la Iglesia de la Asunción en Izalco con el objetivo de que los que lo vieran ya no hicieran más revueltas, ahora es un símbolo amor hacia su pueblo.

La insurrección indígena de 1932, no hay que olvidarla, porque no es distinto a lo que 84 años después está sucediendo, maltratos, asesinatos y racismo para los más indefensos, y poder  para aquellos que están encerrados en una burbuja riéndose nada más de lo que sucede, llenándose las manos de dinero ajeno, de poder inmerecido y de impunidad. Ya no más pueblo salvadoreño. Hay que hacer memoria a este hombre llamado José Feliciano Ama, hablando y luchando ante las injusticias en un país lleno de arbitrariedad y de una balanza desequilibrada.


 

acevedo

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