Manuscritos y objetos marinos de Salarrué. Foto: Tania Primavera.

Por Tania Primavera

Salgo a caminar por los recuerdos lejanos, aquel lluvioso junio de 1992, mi primera vez en Perquín, Morazán, bastión insurgente de la guerrilla durante los años de la guerra civil salvadoreña. Había finalizado la guerra. Había fiesta. El primer Festival de Invierno. El pueblo estaba destruido por la guerra. Yo era una niña adolescente, y ahí, fue mi primer encuentro con el sueño de Santiago, crear un rincón de la memoria de El Salvador. Desde ese momento, sigo las huellas que van tejiendo el camino que revela la memoria.

Los Orígenes

Pasaron los años y se cumplieron once. Contando cada día desde el 10 de enero de 1981 hasta el 16 de enero de 1992.  La paz de El Salvador se firma en el Castillo de Chapultepec en México. Y se llegó la hora en que una cápsula en el tiempo tenía que salir a la luz. Es el momento. Después de once años de guerra civil, solo faltaba recoger en el pensamiento, los rastros y rostros, el paisaje y las voces, el llanto y la alegría, contenerlo en un chip portátil inexistente: La necedad de la memoria contra el olvido y el silencio.

Como su libro La Terquedad del Izote, era terquedad rescatar esa memoria, ese capítulo de la reciente historia contemporánea. Y eso fue lo que hizo el periodista Carlos Henríquez Consalvi, de seudónimo Santiago, nombre del apóstol rebelde, nombre que le quedó para siempre en el corazón del pueblo. Procedente de una familia venezolana con altos valores humanistas, desde que llegó al país la Navidad de 1980, se entregó a la solidaridad que exigía el tiempo. Registró parte de la historia con  su voz que traspasó fronteras y censura.  También  lo hizo, el conjunto de las voces todas de la Radio Venceremos, Mariposa, Lety, Maravilla, y más, las voces se multiplican en los cantones, en los cerros, en las ciudades.

Atesoró para el futuro lo que pudo, durante años enviando a  México, Nicaragua y Nueva York, cientos de casetes con las emisiones de la radio, fotos, diarios, cintas de cine, objetos, etc… con el sueño que vivió en su mochila. Repatriando esos archivos, después de un largo exilio. Una memoria que cabía en un sueño, un sueño que cabía en su mochila, pero de golpe, regresa al mundo normal. La memoria es terca y  no se limita al olvido, porque la memoria es colectiva y el derecho a tener memoria es el tesoro a defender.

Contra el Caos de la Desmemoria

Es así, que en 1996 el Museo, inicia su aparición pública, con la presentación del libro Luciérnagas en el Mozote y el lanzamiento de la campaña permanente Contra el Caos de la Desmemoria. La campaña invita a  la sociedad civil a donar materiales con valor cultural o histórico. Fui testigo esa noche en La Luna, casa y arte, de las palabras de Rufina Amaya, sobreviviente de la masacre de El Mozote. La Luna estaba llena. Ahí despegó la utopía, el primer capítulo de conformación del Museo de la Palabra y la Imagen (MUPI).

Los archivos comenzaron a llegar a las manos de Santiago, ya no solo de la guerra civil, si no, otras historias pasadas. Y entonces, comienza a diversificar y a expandir sus alas. Pero aún el museo era un lugar intangible, que no tenía apoyo ni sede.

Como un referente cultural, el MUPI, formó parte del Comité que erigió el Monumento a las Víctimas Civiles de Violaciones a los Derechos Humanos ocurridas durante el conflicto armado, el cual se encuentra en el parque Cuscatlán de la capital salvadoreña, lugar de peregrinaje, conmemoración y consuelo para familiares.

A falta de un local donde albergar el archivo, imaginó recorrer todo el territorio nacional como un Museo sin Paredes. Esa era una forma de resolver, que funcionó y se continua realizando. Pero el museo, necesitaba siempre de  un espacio estable en San Salvador, un oasis cultural que mostrara las colecciones. Para rescatar y preservar acervos, fomentar la participación de comunidades, artistas y sociedad, acompañar a las comunidades indígenas y campesinas al rescate de sus memorias locales, producir propuestas culturales, crear y socializar publicaciones.

En 1998 realiza su primera exposición La Huella de la Memoria, en el local de Intercambios Culturales, con el apoyo de Georgina Hernández, Edgardo Quijano y Milton Doño, quienes acompañaron las bases fundacionales del MUPI. Me acuerdo que pasé a verles,  cuando realizaban el montaje de esa exposición y ayudé un poco a calcar mis manos en las paredes que simulaban las pinturas rupestres de Corinto en Morazán.

Junto al historiador Jeffrey Gould, Santiago investiga entre 1998 y 2000 la insurrección indígena campesina ocurrida en 1932. Recopilando la memoria de sobrevivientes de la matanza, testimonios que se publicaron en el documental 1932 Cicatriz de la Memoria, terminado en 2001, el cual ha participado en festivales de cine y se usa como herramienta educativa actualmente.

Es hasta  en 2002 que el MUPI encuentra un lugar, pero no es propio. Ya hay casa, casa para la Biblioteca y para el creciente Archivo Histórico. Comienza a tener mas colaboradores y una mística con valores que perduran, como nuestras raíces, con aroma a bosque, con la frescura de la mañana. O al menos en mi utopía.

dibujo

Recreación del interior del MUPI. Ilustración/ Anna Theißen, coloreado digital Pedro Durán.

Un pasado contenido en cajas, que al abrirlas, esa primera casa-museo de la Calle Gabriela Mistral de San Salvador, comenzó a tener vida propia. Ahí llegué a pedir aprobación para realizar mi servicio social universitario como futura comunicadora, y me empapé del valioso legado que tiene MUPI.  Aprendí todo lo que pude, me di cuenta que se me abría el mundo, la pasión por la historia, por leer y ver más, eso se fue volviendo cotidiano. No quería parar.

Me esperaba una caja grande repleta de carretes de cine de 8 y 16 milímetros, para que comenzara a registrar lo que había en esas imágenes en movimiento, no sin antes limpiar las cintas, corroídas muchas veces por un hongo. Ocupaba la moviola para poder ver segundo a segundo los contenidos de esas cintas.

Conocí de las exposiciones que se estaban planeando, del trabajo en el campo, de las conmemoraciones en las comunidades. También  transcribí archivos sonoros de la Radio Venceremos. Me di cuenta que el museo parece tener espíritu propio, si te dejas, te toma de la mano y te lleva por sus veredas.

Al ir conociendo, me imaginaba las tertulias que podrían tener Anastacio Aquino con Feliciano Ama, Los Izalcos hablando en náhuat con Carl Hartman quien los fotografió en 1896, los compas de la guerrilla con Farabundo Martí, escuchaba la voz segura de Prudencia Ayala dirigiéndose a la gente, a Salarrué y a Roque Dalton riendo e inventando poemas y cuentos, a Baltazar Polío y Topiltzin filmando en las calles de Sívar, a Monseñor Romero que me decía “adelante”. Al fin, estaban en un tiempo sin tiempo, era su tiempo, estaban en casa segura.

Como de cuento, un pintor de seudónimo Humano (Ricardo Aguilar “Humano”), ahora mi amigo, dona en 2003, el archivo de Salvador Salazar Arrué “Salarrué”, uno de los más importantes artistas nacionales. Aunque me gustaría, que un día, se comprendiera, que su casa sea un verdadero museo, que genere investigación y debate sobre su obra. Salarrué, se incorpora al baile. Así como se incorpora la imagen del combatiente caído, la imagen de Mariposa y Lety locutando en la cueva de la Guacamaya junto a Santiago,  se incorpora la imagen de la niña leyendo en la oscuridad con las velas en medio de los campos de refugiados tomada por Gió Palazzo, se incorpora la imagen de Prudencia Ayala usando el bastón desafiante en 1930, se incorpora el abuelo y la abuela denunciando el silencio de la masacre de 1932. Y hoy, se incorpora la juventud, que es como árbol sediento de conocimiento.

También, se incorporó en esa época Lucio Vásquez “Chiyo”, quien fuera un niño campesino que sobrevivió a los rigores de la guerra civil, al fin de la guerra viaja a México y después regresa al país para trabajar en el museo, posteriormente publica su libro testimonial Siete Gorriones, acompañado por Sebastián Escalón Fontan. El hilo se va tejiendo y es inagotable.

Tejiendo La Memoria

En 2005, adquiere un espacio propio en la Urbanización La Esperanza de la capital. En un barrio cercano al centro histórico, donde recorrieron las marchas estudiantiles y comunitarias, cercano también al campus de la Universidad Nacional. Desde entonces permanece en esa calle, casa que ya se hace chica para las colecciones.

Con el compromiso de inspirar a las nuevas generaciones, el MUPI continua rescatando las historias o personajes a veces invisibles por la historia oficial de El Salvador. Como el  documental La Palabra en el Bosque, que trata de cómo las Comunidades Eclesiales de Base intentaron construir el cielo en la tierra en los setentas, presentado en 2011.

Sin duda, un acervo excepcional representado en fotos, audio, cine, video, afiches, objetos, publicaciones, pinturas y dibujos, periódicos, manuscritos y libros donados a la institución por la entusiasta colaboración de la gente. De estos acervos e insumos, produce exposiciones, publicaciones, audiovisuales o charlas. Se ha convertido en una especie de imán que atrae a  grupos juveniles. Y es así, que ha conformado colectivos de jóvenes emprendedores culturales; y la Red de Jóvenes en Defensa de los Derechos Humanos (REDEF), con quienes trabajo junto a la antropóloga Anna Theißen, acompañando sus inquietudes e investigaciones, escribiendo artículos, jóvenes que nos dan luces para continuar el sendero, donde se incluya a la niñez y juventud, para que sus voces sean escuchadas sin censura.

Un Legado de Resistencia

A 20 años desde su aparición pública en La Luna. El MUPI veredeando va. Retornando desde los inicios, siguiendo los pasos de un soñador con alas verdaderas, regreso al bosque donde empezó todo. Imagino ahora en el silencio que quedaron las montañas que fueron casa abierta, bebo agua fresca del manantial y subo cerro El Pericón, el aire ya no tiene olor a pólvora sino aroma a pinos. Y la belleza del silencio es música. El árbol que ahora es el museo, ha resistido, tiene ramas fuertes y tiene la decisión de vencer en el camino para resguardar la memoria colectiva de El Salvador, tejiendo el tejido de la memoria que resiste.

Escrito publicado originalmente en la Agenda Latinoamericana 2015,

del Centro Fray Bartolomé de las Casas, Chiapas, México.


tania

Comenta