Atardecer en San Salvador. Fotografía: Claudia Roday.

Por Tania Primavera

Cae la tarde y desde arriba cielos rosa, naranja, rojo, morado. El volcán de San Salvador es casa, fue casa del quetzal, llamado Quetzaltepec. Es cafetal, es sustento para la mano que corta y pone amorosamente en el canasto. Cafetal que en febrero tiene flores color nieve. Desde aquí no se siente el smog, pero hay smog. Todo es más el paraíso. Desde las alturas, la ciudad parece pintada a la hora del ocaso ya cualquier hora. Subimos a la azotea, y es lo mismo. Antes,una mujer sencilla me ofrenda un capirucho con forma de tecolote, su padre los hace a la orilla del lago de Ilopango, que se ve a lo lejos desde la casa en lo alto del volcán.

El colibrí se asoma. Hay tortillas tostadas con aguacate servido exquisitamente en la terraza. Eso, es mejor a entrar a la pizzería encerrada y llena de gente. La vista es fascinante. Toni resuelve el inmenso rompecabezas ilustrado con la pintura de “La Noche Estrellada” de Vincent Van Gogh. Me contó que era de Santa Ana. Mi ciudad. La que conozco bien. Calles que recuerdo siempre, historias que voy guardando y contando como gotas de néctar.  Y su historia me persigue. Hablamos de Prudencia Ayala, de Claribel Alegría, y de Ernesto Interiano. Del cafetal, de catedral. De 1932.

Los ojos le brillaban al hablar de su amada ciudad, era como regresar el tiempo. Sonreía. La luz era tenue, y se sorprendió de que yo conociera a esos personajes. Un día hablaremos más. Las orquídeas con diversos colores. Los jardines terminaban en donde comienzan las luces de la ciudad. Le dicen Sivar, a esta ciudad que he aprendido a amar. El otro día escuche a alguien diciendo que el centro es horrible. Si lo vemos con todo lo externo desde lo obvio, pero como lo veo yo, no lo veo así aunque es casi así.

Desde arriba no puedo ver el Teatro, las casas y puertas viejas pintadas en el centro histórico por Renacho Melgar. Al Sagatara y la monja blanca en el mural que hizo en el Albert Camus. Desde arriba es como la quiero ver por ahora. Como el Olympo en Grecia. Apacible, real e irreal. ¡Mundo nomasito! Esta ciudad tiene algo de fatal, algo de mágico y de único. Anoche escuché balazos. Ya no sé si son o no son cohetes de vara. Creo que sí eran. Camino por el paso de cebra en la esquina, alguien casi me atropella en rojo el semáforo.

De repente un árbol amaneció color lila, es el maquilishuat en flor. Camino sobre flores amarillas de cortés blanco. El viento de una mañana fría. Y desde el Olympo en Sivar resonancias musicales.


tania

Click sobre la imagen para más textos deTania Primavera.

Comenta