Por Tania Primavera/ @TaniaPreza

Por Sagatara, salió de un museo hacia otro museo. El tráfico bajo el sol de la tarde le daba a Prim Sundari, el aire y resplandor necesarios; se sentía iluminada. Subió a la 30-B, rumbo al Museo de Antropología. Pasando los grandes centros comerciales, iba distraída, con cinco centavos de dólar, por si alguien pedía y le latía dar.  De repente escuchó voces en alto. Voces de jóvenes. Gritos de tres jóvenes. Muy jóvenes. Uno de ellos se paró al frente, con ojos de odio, que ella intentó ver, pero que recordó lo que Alice siempre dice, que hay que evitar las malas miradas.

“¡Vaya! Vamos a ser buenos, no hagan nada”. Con armas en las manos, se desplazaron para “tomar la ofrenda pedida”. El líder dijo “¡Apúrense! vamos a ser buenos. Todo el dinero. Rápido. Si dudan se mueren aquí mismo. Vamos a ser buenos, no les vamos a quitar carteras, solo su dinero. ¡Ya!”. Apuntando a la frente, al corazón, a la sien. Comenzaron a recoger. Prim Sundari nunca andaba monedas, y el sencillo celular que usaba últimamente casi siempre lo dejaba en casa, lo que le importaba era que no le quitaran la cartera pues ahí llevaba un libro. Casualmente, ese día había ido al cajero del banco. Sintió alivio de contar con dinero, pues el que no tuviera lo iban a “matar”. Cuando llegaron a donde ella “¡Danos todas las varas y rápido!” Sacó y les dio.

Pensaba en que eso le hubiera servido para otras cosas, pero ni modo. Se había dado cuenta de una vez, que estaba en la realidad, estaban asaltando.  Es momento de vida o muerte en esta “Patria”, que camina como siempre. Que no deja de ser bella. Pero sigue pensando, que no le gusta ese nombre de Patria. Le gusta más Cuzcatlán.

Prim Sundari Llegaría tarde a la presentación del libro  “Salarrué en Patria”, pero llegaría, esperaba que sí.  Sino, pensaba un montón de cosas, si ahí quedaría, si su vida terminaría de un momento a otro. Hasta tuvieron que cambiar de bus, ya que el chofer les pidió irse al otro que estaba cerca, debía entregar el bus asaltado a su jefe.

Las horas trabajadas en el santuario de la memoria, no valían los billetes entregados, ellos no entienden de valor. Que el valor no es el dinero, el valor no tiene precio, el valor lo va forjando uno. Está en la memoria también. Pero la memoria olvida, la memoria no le ven valor. Después de despojar a todos, sin excepción, pidieron a gritos bajar del bus. Una señora dijo, “tuviera un arma los mataba a todos esos”. Esas expresiones no son extrañas ya en esta Patria.

Los ejemplares antiguos del periódico Patria, permanecen en cajas, en hemerotecas, entre la luz y la oscuridad, entre el murmullo de historias, artículos, ilustraciones. “Salarrué en Patria”, investigación de Guillermo Cuéllar espera.

En 2006,  Prim Sundari recorrió los pasillos del sótano tras las pistas de Patria, iniciado en 1928 por el santaneco José Bernal y director Alberto Masferrer. Alberto Guerra Trigueros adquirió el diario en 1931. Salarrué trabajó también ahí publicando constantemente. Este fue censurado por el régimen de Hernández Martínez. Se mantuvo durante diez años hasta 1938. Aun falta mucho para entender que la memoria olvida. Hay mucho que rastrear. Pero esta publicación es una rendija.

En la época del rastreo, en el sótano de la Biblioteca Nacional, Prim Sundari estaba extasiada. Su encomienda era buscar las “Noticias para Niños” que Salarrué escribía y publicaba  ahí, pero ni señales, no hubo pistas, no encontró. Revisó todos esos periódicos, se enfermó por el hongo, continuó leyendo, esos artículos culturales o filosóficos, que salían ahí.

Los chicos corrieron después de bajarse del bus, y ella pensó ¿Qué será de ellos? Aún así, con todo ese silencio que quedó de la gente, con el miedo, con la incertidumbre, y hasta la ternura que sintió por esa situación, de que casi niños decidan asaltar “así”. Sintió hasta compasión.

Por Sagatara, y el nuevo libro, siguió. Estaba intranquila, era obvio, nadie se acostumbra a esa violencia. Estamos en esta “Patria” que ya no sorprende. Al entrar al Museo de Antropología, los libros estaban en la mesa. Tenia aún cinco dólares para comprarlo, aunque se quedara sin nada. Prefiere leer que comer. Lo compró. Entró al Auditorium. Comenzó el acto. Después del Ballet, de la música clásica, de tres discursos, faltaba bastante para que terminara el evento. Pero tenia en sus manos el tesoro, el libro. Con Humano, salieron del Museo. En el semáforo, casi a las ocho de la noche, Prim Sundari logró ver entre la oscuridad a una niña como de siete años, limpiando parabrisas y pidiendo en el alto que está cercano a Casa Presidencial. Roto el corazón, se dijo “¿esta es la Patria, verdad?”.


tania

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