Foto/Erick Argueta, Colectivo Km200+

Por Tania Primavera/taniaprimavera777@gmail.com

Era casi atardecer, después del trabajo de campo en una zona de Morazán, al oriente de El Salvador,  ya cansados después de pasar el día entero buscando ancianas y ancianos y realizar entrevistas, yo le asistía y tenia poco trabajar en el museo. Su hijo estaba con nosotros. El paisaje era verde y azul, naranja barro, piedra de talpetade. Bosques y bosques. Se levantó de la hamaca del lugar donde nos hospedábamos y  dijo que fuéramos a “dar una vuelta”.  Nos fuimos. Habíamos ido a un cementerio la noche anterior, realmente no tenia miedo pues siempre me han gustado.

Llegamos entonces al Cerro El Pericón. Parquea el todo terreno,  pues ya no subía.  Calle de barro, barro testigo de muchas batallas en la guerra civil.  Un silencio comenzó a inundar el ambiente. El chiflido del viento pegaba fuerte. Había música en las hojas. Él no decía nada. comenzamos a caminar. A caminar. A caminar. A caminar.  Yo tampoco preguntaba, por qué, para qué, qué iba a decir.  También quería escuchar el silencio del bosque.

Era época de lluvia, había lodo. Mis botas estaban llenas, pero amaba andar caminando entre el lodo. Miraba hacia el cielo y árboles inmensos como protectores, su aroma  inundaba todo, esa brisa fresca, esos colores, bosques cargadores de mantos acuíferos.  Estaba en Morazán. El cerro El Pericón frente a frente. Pero ya no quedaba nada. Solo en la imaginación,  en quienes vivieron ahí. Otros sonidos, estruendos, dolor de la guerra.

Seguimos la caminata, en pendiente, de repente, vi que Santiago iba bien arriba, como si nada, claro, estaba acostumbrado, andaba en "su charco", su hijo caminaba también y logramos alcanzarlo. No había nadie. La soledad total. El bosque hablaba. Caía la tarde. Seguimos hasta llegar a esa cumbre.

Seguí en silencio. Él corrió hacia unos pedazos de madera en ruinas. Lo observé. Había una nostalgia en su actitud. La voz oficial de Radio Venceremos, estaba de nuevo en uno de los lugares donde transmitió. Miraba todo. Miraba con ojos brillantes.  Se tiró al suelo, lleno de restos de pino seco. Abracé el instante. Y cada quien se tiró por su cuenta donde fuera. Pues seguí en silencio. Era algo importante, estar de nuevo ahí, seguro.

Luego, dijo que ahí habían transmitido con la Radio. Esos pedazos de madera habían sido parte de algo. Aunque no sé en que tiempo de la década de los ochenta es que estuvieron ahí. In situ había un tatú también que nos mostró. Ahí pudieron guardar algunas cosas de archivos sonoros o documentos. La radio como instrumento, que perseguida, logró esquivar las interferencias. La cabina era el paisaje. La libertad de expresión ante todo. Ahora el bosque queda en silencio.

Bajamos lentamente la cuesta subida, y el corazón palpitante hace revivir el momento. ¡Una gran remada!. Haber estado justo compensa todo. Imaginé a las columnas guerrilleras  por esos sitios y las trayectorias recorridas en esas montañas por su ideal de patria. Hoy en día, la sierra eléctrica quiere cortar los pinares, al parecer hay un gorgojo y no hay solución. Es un misterio. Entonces, ¿no habrá Pericón para las futuras generaciones?

Era casi anochecer, después del trabajo de campo. De regreso, de lejos se ven los destellos del sol. Ya color rosa. Y lila humo.


tania

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