Por Tania Primavera

En Santa Ana “La Vencedora” era una distribuidora de venta de café, naranjas y jocotes de corona, entre otros,  propiedad de mi abuelo. Estaba en la esquina, una cuadra al sur del Parque Menéndez. Desde niña Alice me contó que la llevaron a la mansión, que era contiguo a esa tienda. Elena su madre, no pudo criarla, y fue mi bisabuela Concha, la que la tuvo desde bebé pero unos años después era muy enferma y anciana y la dejó en la casota esa. Alice, se quedo esperándola, no le dijo nada, solo la dejó sin despedirse, nunca la volvió a ver. Su padre la recibió, pero no le dio el apellido, y tampoco la trataba como hija, a pesar de parecerse a él.

Se crió, en esa casa con triple llave, en una cárcel, prácticamente entre la indiferencia, y con su madrastra Elisa, sus dos hermanastros ya estudiaban en la Universidad de New Orleans, eran mayores y de vez en cuando le traían algún regalo. Elisa era buena gente, pero también estaba sometida al brabucón y gigoló del abuelo. La niña de trenzas color castaño y chelita, la gente de repente la veía empacar café en La Vencedora. Empacaba el café molido al llegar del colegio, donde después prefirió mejor vivir en el internado de las “niñas bien” antes que en la casa. Me gusta la palabra vencer, ¿pero vencer qué? Aun no sé porqué se llamaba así ese lugar del abuelo. Quizás porque era la mejor.

Años ochenta, la desolación, desesperanza y miedo inundó a Alice, ya no había tiempo de pensar en el amor, ni en los traumas de niña. Había que trabajar. Eran cuatro monos que dar de comer. JL se había ido, no lo volvería a ver hasta 1992.

Octubre me recuerda a los  jocotes de corona, porque es la época, siempre íbamos a ver a la abuelita Elisa, así le decíamos. Y nos daba bastantes, muchísimos, tanto que ya ni quería y hoy los estoy deseando, son carísimos. También nos daba unos zapatos antiguos, como de los años cincuenta, es que mi abuelo fue zapatero o tuvo una zapatería fina, antes de tener fincas. Y tenían ese cuarto lleno con volcanes de zapatos preciosos. Cuando llegábamos, Alice tenia la esperanza que Elisa le diera unos centavos, porque éramos acabados.

Al llegar tocamos la puerta, pero había un filtro, estaba siempre viendo desde el otro lado de la puerta el mayordomo “Salomón”, que a veces no nos dejaba entrar, o nos daba excusas. Alice me contó que ese señor le hizo la vida imposible cuando niña. Al entrar, era una preciosa residencia con un jardín interior y corredores con pisos casi espejos, muchos árboles en el jardín interior que era cuadrado y rodeaba toda la casa,  una capilla donde nos gustaba entrar, pero que olía a naranjas podridas y jocotes, que les sobraban, entre otros tiliches que guardaban.

Antes de la captura de mi padre, vivíamos en la sexta avenida, aun era empedrada. Esa casa era un centro de reunión de los amigos. Ahí también se hacían comidas y veladas, pero también de seguro reuniones sobre la lucha revolucionaria, en la que él creía. Apenas se vienen destellos de ese tiempo.  Después que la guardia lo capturó, lo encontramos y salió de la cárcel fuera del país, nos quedamos aquí con Alice y mis hermanos, somos cuatro. Era la guerra de los ochenta. Sin casa, sin dinero, dos niños y dos niñas. Ella que había vivido en La Vencedora y la mansión, ella que había vivido en jaula de oro, nunca tuvo nada, no le dejaron nada. Reviramos por muchos lugares, mesones, cuartos con tierra, cuartos sin techo, u otros lugares donde nos robaron todos los libros hermosos y fotos que teníamos, no tengo fotos de ese tiempo.

En esa casa que la guardia rodeó a media noche para llevarse a papá, teníamos conejos y pollos, pero no los matábamos. El mío se llamaba “U-ú”, y como la casa colindaba con el monte,  los conejos hicieron sus cuevas que llegaban al otro lado del muro, es por meter la cabeza en la madriguera que mi gallo “U-ú” murió, se quedó sin aire, le puse así porque cantaba así.

Ya tengo ratos de no comerme unos jocotes de corona, de seguro que si consigo me darán unos 4 o 5 por un dólar. Hace unos meses pasamos por La Vencedora, estaba en ruinas, la casona igual, nos asomamos a ver a las ventanas de la casa, y estaba todo tirado, abandonado. Alice, lloró, no le gusta ir allí, no le trae buenos recuerdos, las ventanas donde la amarraba su padre para castigarla, todos los recuerdos vuelven. La memoria olvida a veces, pero al estar de nuevo, todo se vierte, es como vivirlo de nuevo.

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