Foto/ Giovanni Palazzo-MUPI

Por Tania Primavera

Era la noche del viernes 10 de noviembre de 1989. Estábamos en la fiesta de graduación del Colegio Salesiano San José, en la ciudad de Santa Ana. Todo el mundo iba a estar ahí. Yo había conseguido entradas para asistir, pues no quería  perdérmela. Sodas y refrescos, galletitas y emparedados, padres y madres de familia. Eran veladas muy sanas donde bailábamos y nos divertíamos. Alice nos daba permiso ya que ella cuando joven nunca pudo andar saliendo, y quería que entre tanto sufrimiento, tuviéramos alguna alegría y olvidarnos de las penurias.

A pesar de estar en guerra, no sentía miedo. Estábamos en la transición de la pubertad adolescencia. Siempre nos distinguimos como las hermanas, aunque teníamos distintas amigas, coincidíamos siempre. Éramos unas bichillas, asistíamos a fiestas en El Casino, en el CECSA, sobretodo en tiempos de “Las Fiestas Julias” en honor a Señora Santa Ana o a las  graduaciones de colegios, cumpleaños, donde llegaban los amigos como “El pollo” Salinas. Salí de la casa en el Barrio San Lorenzo, una de tantas donde vivimos, una casa sencilla y de adobe, con una ventana de madera donde me podía hasta sentar con mi perro “oso”, un chow-chow. Mi hermana se cortó su largo y precioso cabello, a un estilo pixie, o sea, bien corto.

Sonaban todas las canciones de moda como  “Listen to your heart” del dúo sueco Roxette que era una de las “in”, canciones de Paula Abdul, Prince, Poison, y otras… no recuerdo en ese tiempo haber escuchado  ni trova, ni nada de aquellos discos que mi papá y mamá tenían en una caja de madera, como los de Pink Floyd, Víctor Jara o The Beatles. Además, esos discos los quemamos una vez jugando con mis hermanos, una travesura más que Alice odió, pero casi no nos regañó.

Al decir todo mundo estaría ahí, es porque había una especie de amistad santaneca que no he percibido viviendo en la capital. Allá es como una pequeña comarca. Una ciudad que siempre amé y sigo amando. Así que con la Lupita, salíamos mucho los domingos a caminar, a comer helado “Sin Rival”, porque no tienen rival, y son los mejores sorbetes de Santa Ana, y aun existen, ya no solo en carretón si no que ya hay locales. Lupita tuvo después dos hijos, como madre soltera adolescente, y murió siendo ellos unos niños. Con ella, hicimos muchas travesuras como echarnos spray rojo en el pelo y no hallábamos cómo quitarlo; ella era muy morena y alguien le dijo “sos la pelirroja prieta”.

Esa vez, Lupe no fue a la fiesta. Nos encontramos allá con Marilyn y Wendy. Ellas vivían frente a la antigua estación de trenes, el IRCA. En la fiesta, nos encontramos con “El mudo” Hill, también los hermanos William y Meme Lechuga, los amigos de siempre y que estudiaban en el San José. Ya teníamos rato en la fiesta, rato digo, porque había empezado temprano, éramos muy jóvenes, muchos andaban con sus familiares. Nosotras no.

De repente, entre las mesas forradas de bellos manteles blancos, y alegres colores. Un golpe fuerte sonó en el portón del local, eran como las diez o las once de la noche, ni idea que ocurría. Toda la gente se abalanzó a la puerta, que no era muy grande. Alguien, no sé si eran militares, porque la memoria olvida, no sé pero nos dijeron: “tienen que suspender la fiesta, porque la guerra entró a la ciudad”

Gritos, y llanto, gente corriendo, niños cayéndose, mujeres jalándose los vestidos…Alguien dijo: “¡La guerrilla ha lanzado una ofensiva, salgan! ¡Y sálvese quien pueda!”.

Nosotras pensamos que mejor nos iríamos a casa de Marilyn, que estaba más cerca de las otras casas. Así que ni modo, asustadas, comenzamos a caminar, por la 2ª calle poniente, llegamos al Parque Menéndez, pasamos por la iglesia El Calvario, seguimos rumbo al Barrio de las chicas, hasta llegar a la casa de nuestra amiga, Wendy que vivía a unos pasos, en la esquina, pero sí, ahí nos quedamos todas en casa de Marilyn. El toque de queda instalado, y los bombardeos se escuchaban en el cerro Santa Lucia, y por todos lados.

¿Cómo llegué a la casa al siguiente día? Eso es lo que no me acuerdo.

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