Había solicitado decenas de entrevistas con el papa Juan Pablo II. Había rogado por ser atendido y siempre encontraba una respuesta negativa, por diferentes motivos. Su Santidad no tenía el tiempo suficiente como para atender en audiencia privada a ese salvadoreño revolucionario y justiciero, que venía desde los mismísimos confines del mundo.


Por LaMula.pe /Gato Encerrado

El trato que Juan Pablo II dio al arzobispo de San Salvador, y su desinterés en las malas nuevas que intentó traerle sobre la situación en su país en los años 70, fue un martirio que sufrió Romero para ser oído en El Vaticano. Romero quiso llevar estas informaciones en persona a Juan Pablo, creyendo que lo del papa era desconocimiento. Juan Pablo, sin embargo, no lo recibió, y cuando el salvadoreño quiso forzar el encuentro, el pontífice prácticamente se negó a escucharlo. Sus motivos eran políticos: Juan Pablo II estaba interesado en la lucha anticomunista global y en reforzar las posiciones conservadoras dentro de la iglesia. Un obispo como Romero, comprometido con el sufrimiento de los pobres en su país, le era más que incómodo.

Esta es una crónica de ese encuentro entre estos dos hombres, cuya concepción del cristianismo no podía diferir más. Tomamos el relato del blog Historias del lado B,   publicado en 2013. Poco después de este encuentro, Romero caería abatido por las balas de sicarios militares, enviados por el mayor Roberto d'Aubuisson, de acuerdo a la Comisión de la Verdad de la ONU. Después sería el fundador del partido Arena. Romero, mártir de la iglesia y de América Latina, está también en proceso de canonización, aunque el suyo ha encontrado más obstáculos: fue detenido por años bajo Juan Pablo II y su sucesor, Benedicto XVI, y recientemente reconocido como mártir de la iglesia por el papa Francisco.

En algún momento de 1979, Óscar Arnulfo Romero, arzobispo de El Salvador, creyó que los sangrientos sucesos en El Salvador podrían llegar a encontrar un importante interlocutor. Su viaje a Roma durante la primavera europea lo hacía ilusionar y, mientras se acercaba al destino, imaginaba que la dictadura salvadoreña encontraría rápidamente su final ante tanta insistencia y prédica de su parte. Tal vez estando allí, en Roma, frente a frente con el papa, sus intentos de hacer ver las atrocidades de la dictadura de su país cobrarían fuerza y lograría su cometido.

Había solicitado decenas de entrevistas con el papa Juan Pablo II. Había rogado por ser atendido y siempre encontraba una respuesta negativa, por diferentes motivos. Su Santidad no tenía el tiempo suficiente como para atender, en audiencia privada, a ese salvadoreño revolucionario y justiciero venido desde los mismísimos confines del mundo.

Pero Óscar Arnulfo Romero no era precisamente sencillo de doblegar, y así las cosas optó por esperar al papa Juan Pablo II a las afueras del Vaticano, precisamente en la Plaza de San Pedro, mezclado entre los fieles. Finalmente, el “encuentro” se produjo en la explanada de la plaza romana.

Romero le quitó unos segundos al papa para pedirle, no solo su bendición, también unos larguísimos informes sobre el accionar de la dictadura salvadoreña y las masacres diarias. Las atrocidades del general Carlos Humberto Romero Mena al frente del gobierno de facto en El Salvador contaban, claro está, con el apoyo inconmensurable de los Estados Unidos y otras potencias (incluido El Vaticano) en su “incansable” lucha contra la izquierda y el comunismo en toda América Latina. El Plan Cóndor extendía sus alas de “extraña y tan particular libertad” para silenciar en definitiva a gente como Óscar Arnulfo Romero.

Dolor tras el asesinato de Romero. Foto/Internet[/caption]

Durante su fugaz encuentro con el papa en la Plaza de San Pedro, Romero recibió una santísima bofetada de parte de Juan Pablo II.

-No me traiga esos larguísimos informes. No tengo tiempo para leer tanta cosa...- dijo el papa.

-Miles de salvadoreños son torturados y asesinados por el poder militar -le comentó a las apuradas Romero a Juan Pablo II.

Lejos de obtener una respuesta favorable, lejos de sentir el apoyo de la máxima autoridad de la Iglesia, Romero recibió una puñalada papal (in)“tranquilizadora”.

-No exagere señor Arzobispo. ¡Ustedes deben entenderse con el gobierno! Un buen cristiano no le crea problemas a la autoridad. La Iglesia quiere paz y armonía -fueron las lapidarias palabras del papa, al tiempo que le estrechaba la mano sin dibujar en su rostro aquella sonrisa tan carismática y paternal, habitual en él.

El papa Juan Pablo II siguió con su recorrida por la plaza de San Pedro y luego sus viajes lo llevaron a tantísimas partes del mundo divulgando su “mensaje fraterno y lleno de amor”. Romero regresó humildemente a la ciudad de San Salvador para seguir con sus “molestas homilías” contra la dictadura militar de su país. Diez meses después, la historia de este sacerdote de los pobres y los indefensos cambiaría radicalmente.

El 23 de marzo de 1980, en una de sus memorables homilías solidarias con las víctimas de la represión, lanzaba un contundente mensaje a quien quiera escucharlo. Decía:

“ Yo quisiera hacer un llamamiento, de manera especial, a los hombres del ejército. Y en concreto a las bases de la Guardia Nacional, de la policía, de los cuarteles... Hermanos, son de nuestro mismo pueblo. Matan a sus mismos hermanos campesinos. Y ante una orden de matar que dé un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice: "No matar". Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la Ley de Dios. Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla. Ya es tiempo de que recuperen su conciencia, y que obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado. La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la Ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. Queremos que el gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre. En nombre de Dios y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: Cese la represión”.

Al día siguiente, el 24 de marzo de 1980, mientras Romero daba misa en la capilla del Hospital de la Divina Providencia, en la Colonia Miramonte de San Salvador, un francotirador efectuaba un certero disparo al corazón del religioso, apagando su vida y silenciando las voces de miles y miles de indefensos ciudadanos salvadoreños, que veían en Óscar Arnulfo Romero a una verdadera oposición pacífica a la violencia irracional del gobierno militar.

El 12 de mayo de 1994, la Arquidiócesis de San Salvador envió al Vaticano la solicitud para comenzar con el proceso de canonización (hacerlo Santo) y el proceso en la Santa Sede se extendió hasta 1995, cuando el expediente fue remitido a la Congregación para la Causa de los Santos. Tras un “largo análisis” en el año 2000, la causa se derivó a la Congregación para la Doctrina de la Fe (léase: la Inquisición actual), por entonces encabezada por el cardenal alemán Joseph Ratzinger (a partir de 2005, el papa Benedicto XVI). Ratzinger, un teólogo muy avezado y competente, estudió los discursos y las homilías de Romero. En 2005, monseñor Vicenzo Paglia (postulador de la causa de canonización), leyó públicamente el “concienzudo” análisis llevado a cabo en el Vaticano tras tantos años... “Romero no era un obispo revolucionario, sino un hombre de la Iglesia, del Evangelio y de los pobres”. El proceso de canonización aún sigue adelante sin grandes novedades ni justicia a la vista.

El papa Juan Pablo II falleció el 2 de abril de 2005 y, casi sin respiro, el proceso para su beatificación comenzó el 13 de mayo del mismo año. Joseph Ratzinger, ya como papa Benedicto XVI, concedió autorización para “pasar por alto” los cincos años de espera necesarios para comenzar con el proceso de beatificación y el 2 de abril de 2007 (a dos años exactos de su muerte). Ahora El Salvador está a la espera de la beatificación del mártir de América, Óscar Romero.

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