Foto/Emerson Flores

RELATO

La vida entre punches y cangrejos azules

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Por Óscar González

Por Óscar González

Juan Antonio Campos se pone unas botas de hule negras. Se prepara para caminar a través del fango del manglar, sujetándose de raíces y troncos para avanzar. Desde que regresó a Barra de Santiago, en el municipio de Jujutla, departamento de Ahuachapán, en la zona Occidental de El Salvador, tras finalizar el conflicto armado con la firma de los Acuerdos de Paz en 1992, ha dedicado su vida a la extracción de cangrejos.

Su jornada inicia desde tempranas horas del día, alrededor de las 6:00 de la mañana. Todo depende de la marea. Si está alta, las mangleras están inundadas y no puede colocar las trampas ni ver las cuevas.

Cuando el agua salada le permite comenzar su trabajo, da el primer pasón del día: comienza su recorrido para colocar las trampas. Cada una tiene un alambre en el cual está colocada una carnada, una hoja de mangle. Las abre y las pone en la entrada de las cuevas de los cangrejos.

A Campos le toma alrededor de tres horas colocar 70 trampas. Al finalizar, se va a comer para volver una hora más tarde a recolectar los cangrejos que, al intentar llevarse la hoja de mangle dentro de la cueva, cierran la trampa.

Juan Antonio Campos sacando un punche de una trampa. Cada trampa está marcada por un color y un número para ser identificada. Cada grupo PLAS tiene sus límites territoriales para extraer cangrejos. Foto/ Emerson Flores.

Juan Antonio Campos sacando un punche de una trampa. Cada trampa está marcada por un color y un número para ser identificada. Cada grupo PLAS tiene sus límites territoriales para extraer cangrejos. Foto/ Emerson Flores.



El número de trampas fue acordado junto a los otros 21 asociados del grupo Plan Local de Aprovechamiento Sostenible (PLAS) El Embarcadero, al cual  pertenece. El Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales (MARN) les autorizó a los grupos PLAS de Barra de Santiago extraer,  por día, una cuota máxima de 120 cangrejos punches por socio, con un máximo de 100 trampas, y 40 cangrejos azules en época de pesca, pero los de El Embarcadero decidieron colectar menos: entre 60 y 70 punches, y 30 cangrejos azules. “Viendo nosotros el recurso, y que podíamos sacar menos, vimos a bien restringir las trampas”, dice, quitándose la cachucha para limpiarse el sudor. Campos recolecta un promedio de 60 cangrejos por jornada.

Si tras esperar una hora a que los animales salgan para quedar atrapados no ha llenado sus trampas, vuelve a mañanear al día siguiente para un nuevo pasón. “Es una rutina que uno tiene”, contó a GatoEncerrado. Cada trampa de los socios tiene un color propio, así como un número del 1 al 70 para identificar cuáles son de cada quien.

El biólogo Alberto González explicó a esta revista que las acciones de los PLAS son “positivas”. “Eso hace que la extracción sea de forma sostenible: con tallas mínimas (tamaño del cangrejo), en determinadas épocas, estableciendo un número de individuos por persona. Eso es manejo”, afirmó. Mario Menjívar, presidente de ProBosque, señaló que, tras cambiar sus dinámicas de extracción de cangrejos, han visto una mejora en la reproducción de las especies; además, se evita la captura de individuos pequeños o hembras con huevos.

Grupo de cangrejos azules. El MARN permite a los socios PLAS capturar de forma manual o con trampa, prohibiendo la captura con azadones, palas o herramientas que modifiquen el sustrato. Foto/ Emerson Flores.

Grupo de cangrejos azules. El MARN permite a los socios PLAS capturar de forma manual o con trampa, prohibiendo la captura con azadones, palas o herramientas que modifiquen el sustrato. Foto/ Emerson Flores.

Campos se agacha. Señala unos orificios en el suelo. “Esas madrigueras son de cangrejo azul. Aquellas de punche”, dice. Lo sabe por su experiencia. El cangrejo azul sale a hacer sus necesidades fuera de la cueva, mientras que el punche las hace dentro. Agrega que el azul se instala en zonas de tierra más duras, mientras que el punche prefiere las blandas.

La experiencia le ha enseñado otras cosas sobre los cangrejos. Sabe, por ejemplo, cuando el cangrejo oculto en una cueva es grande. “Lo primero es que sea grande la madriguera. Lo otro es por el uñazo que deja en el lodo, porque cuando él sale deja marcadas sus uñas. Reconocemos que hay una hembra porque la cueva es más rolliza y más pequeña”, apunta.

Pero si surge alguna duda, los cangrejeros tienen además un instrumento llamado pie de rey. Con este calibrador, miden el caparazón de los cangrejos. Si el espécimen no cumple con el tamaño mínimo de 6 centímetros para el punche y 6.5 para el cangrejo azul, es soltado para que regrese al manglar.

Los pies de Campos se hunden en el lodo. Se detiene al ver un espacio abierto en el que recién se han sembrado candelillas o semillas de mangle, una de las acciones que la Asociación ProBosque, que aglutina a los ocho PLAS de Barra de Santiago, realiza para restaurar el mangle. Aprovecha para contar que la extracción de cangrejos es de donde los miembros del grupo PLAS obtienen recursos económicos para el sustento de sus familias. “Nosotros a diario necesitamos el dinero”, dice.

Los cangrejos que recolectan son puestos en grupos de 20, para luego ser negociados con los toponeros, que son intermediarios que se encargan de menudear (venta individual) los cangrejos en el mercado. “Si saqué tres veintes (60 cangrejos), voy donde el toponero y él paga $5 por cada grupo de 20. Con esos tres veinte son $15. Si uno lo menudea, ya le gana un poquito más, pero requiere otro trabajo”, comenta.

Los socios cuentan con un calibrador para medir los individuos. MARN estableció una talla (tamaño) de caparazón de 6 centímetros para el punche y 6.3 para cangrejo azul. Los grupos PLAS aumentaron la del azul a 6.5 o 7 centímetros como mínimo. Foto/ Emerson Flores.

Los socios cuentan con un calibrador para medir los individuos. MARN estableció una talla (tamaño) de caparazón de 6 centímetros para el punche y 6.3 para cangrejo azul. Los grupos PLAS aumentaron la del azul a 6.5 o 7 centímetros como mínimo. Foto/ Emerson Flores.

Campos dice que no todos los días recolecta los cangrejos que necesita para vivir: “A veces, cuando uno viene al manglar, entra la marea y levanta las trampas sin nada dentro. Y uno apenas captura unos 15 animalitos”.

Y existen etapas peores. En invierno los manglares, por encontrarse en la parte baja del país, se inundan, y los extractores pasan hasta seis días sin trabajar. “Cuando se inunda el azul se nos va. Y los punches se vienen y andan por todos lados. La naturaleza también nos golpea. Tenemos necesidad. Uno siempre debe comer. No es fácil”, señala.

También el trabajo de cangrejero es difícil, apunta. “No es bonito andar en ese raicero, en ese lodazal, con todo ese zancudero. Pero como no tenemos otras oportunidades, no queda de otra. Es tremendo”, dice.

Los retos son mayores, agrega, por la falta de apoyo gubernamental. Y es que, si bien las comunidades cuentan con el apoyo del MARN (a través de estrategias como el PLAS, otorgamiento de permisos y guarda recursos asignados a la zona), y de la Policía Nacional Civil (PNC) para la vigilancia, Campos considera que la protección y conservación de los manglares requieren de un mayor interés del gobierno y que no quede en manos exclusivamente de las comunidades organizadas.

Pero a pesar de todo, expone, luchan porque las cosas mejoren en el manglar. “La contaminación en el manglar es excesiva. Sacamos pichingas, bolsas, animales muertos. Son nuestros recursos. Tenemos que cuidarlos”, agrega.

Antes de que surgieran los grupos PLAS en la zona, a partir de 2006, la extracción de cangrejos se daba de forma indiscriminada.

 “Había quien ponía unas 300 trampas y llevaba a un mozo para que le ayudara. Estábamos matando al manglar. Ya no se encontraba cangrejo”, comenta, quitándose las botas, ya sucias.

Este artículo hace parte de la serie de publicaciones resultado de la Beca de periodismo de soluciones de la Fundación Gabo y gracias al apoyo de Open Society Foundations, institución que promueve el uso del periodismo de soluciones en Latinoamérica.

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