Opinión

El alero

Virginia Lemus

Virginia Lemus

*Columnista. Ha escrito artículos de opinión sobre diversidad sexual y derechos humanos en El Salvador y el Triángulo Norte para medios nacionales e internacionales.

El feminicida, dice El Salvador, es un psicópata, un enfermo, un no-nosotrxs, una excepción en su violencia que resulta condenable, y muy apenas, solo cuando hay un cadáver enfrente y no antes, no durante los jalones, las revisadas del celular, los comentarios denigrantes y la forma tan virulenta en que los hombres hablan entre sí, cuando están a solas, sobre las mujeres.

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Por Virginia Lemus*

Ahora que oficialmente cerraron las pesquisas en Chalchuapa, yo tengo una pregunta: para aventar a un cuerpo dentro de la fosa séptica, al az del vertedero de ripio, en la cuneta, en el cafetal suelen ser necesarias al menos dos personas: quien mata y el alero ─o aleros─ que ayuda a quien mató.

Del primero, el feminicida, suelen decirse ciertas cosas, pero, ¿quién es el segundo?

No todos los hombres violan. 

No todos los hombres acosan.

No todos los hombres desaparecen mujeres que venden tortillas, chips de celular, sexo o trabajan en salud pública.

No todos los hombres matan a sus parejas.

Todo esto es cierto.

Cierto es también que quienes lo hacen parecen tener siempre un cómplice que no solo calla, sino que también consigue bolsas jardineras, palas, el huacal y el Rinso aroma frescura primaveral para lavar la sangre del piso. Siendo franca, a mí me aterra más él que el feminicida.

El feminicida, dice El Salvador, es un psicópata, un enfermo, un no-nosotrxs, una excepción en su violencia que resulta condenable, y muy apenas, solo cuando hay un cadáver enfrente y no antes, no durante los jalones, las revisadas del celular, los comentarios denigrantes y la forma tan virulenta en que los hombres hablan entre sí, cuando están a solas, sobre las mujeres.

Antes del cadáver todo es permisible porque es asunto ajeno, es la mujer del otro y si aguanta que le hablen así es por pendeja; si deja que le revisan el WhatsApp es porque así debe ser, porque lo que pase en una relación, sea un matrimonio, un noviazgo, un pise eventual, es solo asunto de esa pareja y de nadie más. No es que todo eso suceda a escondidas ni tampoco es que no se discuta, sino que lo que sea que se diga al respecto es dicho por hombres, en complicidad.

Yo le temo más a ese chero que se sienta al otro lado de la mesa de madera en el chupadero y nomás escucha, nomás ve, nomás contesta con un emoji de dedito parado cuando sus amigos se comparten imágenes pornográficas de adolescentes seguidas de algún comentario futbolero. El machito vulgar y matonero, como los que en estos días vemos hasta en las comisiones especiales de la Asamblea Legislativa, se da color él solito. Sé qué esperar de él. Yo le temo al otro, al que se hace el maje junto al matoncito, al que le sigue la corriente. Le temo porque ese hombre tiene miedo. El matoncito, aunque no lo parezca, también.

Los hombres son criaturas muy temerosas, verá usted. 

Curiosamente, le temen a lo mismo que nosotras: los hombres le temen a otros hombres. Su supervivencia o al menos su sentido de pertenencia dependen de ser reconocidos como pares por otros hombres a quienes quizá conocieron como niños, a quienes quieren por los lazos que crearon antes de que empezaran a referirse a sus compañeras de clase, de trabajo, de bus como culito.

La masculinidad agresiva, misógina, que equipara ser hombre con someter a otros, a otras y otrxs es muy engañosa porque hace creer que la única manera de relacionarte con la gente es a partir de esa dominación. Sus amigos solo pueden ser otros hombres que compartan con ellos esa visión de mundo y quiero creer, porque tengo un hermano, porque tengo amigos, porque ellos tienen por dentro una ternura tremenda que han volcado sobre mí, porque quiero creer que su excepcionalidad es tan falsa como la del feminicida, es que sé, es que quiero creer, que en un espacio cualquiera lleno de hombres que se hablan unos a otros denigrantemente, que creen que deshumanizarse es la única forma de sobrevivir, hay al menos un hombre aterrado que calla porque el afecto que siente por esos hombres tan débiles es tan fuerte que teme perderles si no les sigue la corriente. 

Habrá quien crea que si para tener a otros hombres, los únicos pares, cuyo afecto y reconocimiento les significa todo, como amigos en su vida habrá que de repente callarse la incomodidad, decirle a regañadientes a su chero que se está pasando y tragarse el temor de ver ese miedo tan violento que tiene el hombre a dejar de ser visto como tal, lo hará. No puedo reprocharle nada. Yo también lo hice alguna vez en esa etapa de la vida en que una todavía cree que la ternura explícita es debilidad. Yo también temí perder a quienes consideraba mis amigos si me atrevía a pensar que el irrespeto a otras era también hacia mí. Los perdí, de hecho, a  todos. Gané otros. Si eso hacés con tu silencio, vato, yo te entiendo.

El problema con eso es que yo no soy hombre y mi empatía puede no solo significar nada para alguien que cree que su estatuto social depende de humillarme, sino también serle contraproducente. A pesar de lo mucho que lloran los señores más violentos porque a ellos también los matan, porque ellos también son víctimas ─de sus propios cheros, de sus propios pares, omiten decir─, nada les asquea tanto como la ternura y la empatía dirigida a ellos mismos. Temen recibirla porque sentir es de mujeres y de culeros, de todo eso que tanto se esmeran en no ser. Su pertenencia a su grupo de amigos depende de negar su propia humanidad. La violencia misógina es siempre primero una violencia contra ellos mismos, contra su humanidad y debe ser mucho muy aterrador vivir así.

Mi miedo ante la masculinidad matonera lo vivo distinto. No ser considerada uno de ellos es algo que me alegra, no algo que me derrumbe el mundo. Negar mi humanidad no es requisito para encajar en ningún lado, pero hay mucha gente, hombres, mujeres, gente de otros géneros, para quien sí. Hay quien teme tanto al hombre violento que no le basta con callar, sino que le hace la segunda. Sí, maje, dale baje a esa bicha puta. Sí, maje, que llore es normal. Rómpale el hocico, varón, quizá así aprende. ¿La mató? Pfffffffffffff, te pasaste, cabrón, ¿adónde la vas a enterrar? Fijate que por allá hay un lugar donde botan ripio. Ahí vete. Yo le hago el paro, tigre, cómo no.

Es a ese, a él, a quien yo le temo más.

Virginia Lemus

Virginia Lemus

*Columnista. Ha escrito artículos de opinión sobre diversidad sexual y derechos humanos en El Salvador y el Triángulo Norte para medios nacionales e internacionales.

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