
Julio 10, 2025
Economista graduado de la Universidad de El Salvador. Master in Business Administration con especialización en Dirección Financiera y Técnicas Modernas en la Administración Pública emitido por la Escuela de Negocios Intermacional (GADEX). Aspirante a la maestría en Desarrollo Territorial (MDT) por la Universidad José Simeon Cañas (UCA). Con experiencia profesional como analista de crédito en el sector empresarial para PYMES.
Cuando las instituciones se convierten en trabas para la población, cuando el consenso y las manos amigas no funcionan, la democracia liberal se convierte en su hermano feo: el autoritarismo ligado al fascismo radical, a la extrema derecha. Nacen caudillos que dirigen, concentran y aplastan al enemigo común. A su vez, se pasa a la disidencia como espurias coyunturales.
Eric Hobsbawm, en historia del siglo XX, menciona que la derecha fascista mueve masas desde su base, su triunfo se condensa con Estados caducos, gobiernos sin funcionamiento y una ciudadanía desencantada. Lo novedoso del caso salvadoreño (no tan novedoso para la historia) es que el poder se negó a respetar el viejo orden democrático y político y, cuando pudo, absorbió la autoridad total.
Me recuerda al episodio III de Star Wars, en La venganza de los Sith, cuando Sheev Palpatine se convertía en emperador, reconvirtiendo a la República Galáctica en Imperio; lo hacía bajo el beneplácito de la mayoría de los senadores, señalando dos enemigos en común: a los separatistas y a los jedis. En el momento de su asunción, la senadora de Naboo, Padme Amidala, dijo una de las frases más icónicas: “Así muere la libertad, con un fuerte aplauso”.
Los regímenes autoritarios nacen cosificados del poder, como luceros en la dirección nacional, redentores de las crisis sociales. Líderes mesiánicos surgen con características caudillistas, invocando a Dios como mentor y guía, subordinando a su disposición el carácter político de su gestión.
¡Profético el porvenir! vocifera la propaganda gubernamental. La lucha es contra todas aquellas personas que nos cuestionan, «son enemigos de Dios y de nosotros, quienes hacemos su voluntad».
Con cuestionable ruta, adoctrinan sin consciencia; sepultan la verdad objetiva y la llaman disidencia. Lo único que cuenta somos nosotros, “el brazo del pueblo en el poder”, más de alguno lo puede decir.
Gramsci plantea que el poder nunca está fijo en la sociedad. El Salvador no es la excepción: el poder político y social de manera coyuntural se va moviendo en diferentes posiciones; el poder fáctico a pesar de que en el corto plazo no se mueva, en el largo, se va modificando, moldeando al son de la interrelación entre la superestructura y la estructura de los contextos salvadoreños.
Se ha domesticado el pensamiento del ciudadano promedio, dejándose llevar por la experiencia pequeñoburgués, alejándose de la toma de decisiones política al ostracismo ideológico sin fundamento, para que la cosa política sea de aquellos que tienen ventajas sobre la misma. Es decir, el salvadoreño promedio ve en la política un agente alejado de sí, pero que lo engloba, traspasa, niega; interioriza la negación como si su vida no dependiera del asunto del poder.
Desde el pensamiento gramsciano, podemos extraer que la hegemonía burguesa se construye desde la cotidianidad: “no hay otra forma de vivir”, “compremos, que lo necesitamos”, “vivamos el ahora”, “consumo y luego existo”, “cuidemos la propiedad privada”, “en exceso es que hay que vivir”. Se generaliza el pensamiento de la clase dominante y del Gobierno, suprimiendo toda forma de abstracción que no radica en la propaganda y en el modelo de vida pequeño burgués.
La democracia liberal salvadoreña, incipiente con extractos profundos electorales, pierde la capacidad de agencia de las mayorías populares y, sin movilización, lo niega como organismo vivo, convirtiéndolo en un espectador del escenario propuesto por el poder fáctico. A medida que El Salvador avanza en su vida democrática, se observa una disminución en la influencia del poder popular y un mayor distanciamiento del sujeto colectivo, mientras que el capital gana protagonismo y prevalece el interés individual.
¡Qué democráticos! Dios mismo está en las decisiones políticas de los gobernantes salvadoreños, másteres sin títulos, experimentados del fracaso político, son ungidos por Dios. Yo, en dado caso, soy más de Shakespeare: “parezco un santo cuando más hago el diablo”. Alejarse de la parafernalia gubernamental implica deconstruir la realidad salvadoreña desde su origen histórico y entender el momento coyuntural que vivimos.
En los últimos 30 años, no se ha puesto en juego la base de las clases dominantes, lo extraño es que la materialidad del trabajador comúnmente se ve violentada, alterada, transgredida. Pobre de nosotros si no cuestionamos la hegemonía imperante, si no nos quitamos el velo de los actuales eruditos con un talón de Aquiles al portador, sino buscamos la construcción del sujeto colectivo salvadoreño.