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¿Puede un cambio de estrategia reducir la violencia de pareja?

Nuevas investigaciones, programas innovadores y defensores envalentonados están desafiando las convenciones de décadas sobre cómo responder al abuso doméstico. Este es un artículo original de Knowable Magazine.

Muchos expertos consideran que es necesario hacer una revisión general de los programas obligatorios para los agresores domésticos. Crédito: Nicole Xu.

Por Katherine Ellison*

Knowable Magazine** | Septiembre 26, 2025

Durante décadas, los estados de EE.UU. han luchado contra la violencia masculina hacia sus cónyuges y parejas en dos frentes: con detenciones y enjuiciamientos obligatorios, y mediante programas centrados en reeducar a los hombres sobre su actitud hacia las mujeres.

Sin embargo, durante casi todo ese tiempo, los investigadores han reunido pruebas de que estas estrategias no funcionan.

En cambio, los estudios sugieren que las tácticas menos punitivas y más terapéuticas pueden ser mejores en reducir la violencia repetida. En los últimos años, esto ha llevado a algunas agencias gubernamentales a cambiar de rumbo. Algunos destacados activistas e investigadores en materia de violencia doméstica quieren que esto suceda más rápidamente.

“Simplemente tenemos que adoptar nuevos enfoques y nuevos paradigmas, porque no hemos hecho un buen trabajo con todo lo que hemos estado haciendo”, afirma Jacquelyn Campbell, profesora de enfermería en la Universidad Johns Hopkins y líder nacional en investigación y defensa relacionada con la violencia doméstica y de pareja. “Estamos en 2025 —¿no sabemos más sobre el comportamiento humano y el funcionamiento del cerebro que en los noventa?—”.

La percepción de indulgencia hacia los hombres que han amenazado o maltratado a mujeres es comprensiblemente controvertida. Sin embargo, cada vez hay más impulso para que las detenciones sean menos frecuentes —o al menos más selectivas— y se preste más atención a las heridas emocionales y el estrés que pueden llevar a los hombres a la violencia.

La lucha feminista contra las agresiones masculinas

El amplio consenso actual sobre cómo tratar a los hombres acusados de violencia contra sus esposas y novias comenzó a formarse en los años setenta. En la década anterior, la violación marital aún no se consideraba un delito en EE.UU. y la policía solía responder a las llamadas de mujeres aterradas con leves advertencias a sus cónyuges. La violencia contra las mujeres por parte de sus cónyuges o novios seguía sin denunciarse en gran medida, a pesar de que los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de EE.UU. informarían más tarde de que alrededor del 41 % de las mujeres estadounidenses habían sufrido violencia sexual o física o acoso por parte de su pareja sentimental a lo largo de su vida.

Pero entonces, medio siglo antes del #MeToo, las feministas de segunda ola hicieron ver a los estadounidenses la difícil situación de las mujeres atrapadas en relaciones peligrosas. Mejoraron drásticamente la seguridad y el bienestar de las mujeres empoderándolas económicamente —luchando por un mejor acceso al empleo y a la atención de salud reproductiva— y presionando a los gobiernos para que hicieran frente a la violencia contra las mujeres que, como demuestran numerosas investigaciones, es cometida en su mayor parte y de forma letal por los hombres.

A finales de los años ochenta y en los noventa, muchos gobiernos estatales adoptaron versiones de una estrategia integral para abordar la violencia de pareja, conocida como el Modelo Duluth. Desarrollado a principios de los años ochenta por activistas de Duluth, Minnesota, favorece la prestación de amplios servicios a las víctimas y una aplicación rigurosa de la ley, incluyendo detenciones obligatorias cuando la policía tiene motivos fundados para sospechar de violencia doméstica. Los defensores del Modelo Duluth también han apoyado la persecución judicial independientemente de los deseos de la víctima.

Estas estrategias también se reflejan en la Ley contra la Violencia hacia las Mujeres, que el Congreso aprobó en 1994 y ha reautorizado en cuatro ocasiones. Esta histórica legislación ha distribuido más de 11 mil millones de dólares, gran parte de los cuales se han destinado a servicios para las víctimas, como refugios, asesoramiento y una línea telefónica de ayuda nacional. Sin embargo, algunos investigadores estiman que más de la mitad de los fondos se han destinado a la formación de la policía y los fiscales para reforzar su respuesta.

La Ley contra la Violencia hacia las Mujeres ha ayudado a proteger y apoyar a millones de supervivientes, al tiempo que ha sacado a la luz un delito que antes se consideraba un asunto privado. Entre 1994 y 2010, a medida que los estados adoptaban esas políticas de mano dura, las denuncias de violencia de pareja disminuyeron en un 64 %, según el Departamento de Justicia de Estados Unidos.

Manifestantes salen a las calles de Londres en 2022 para protestar contra la violencia hacia las mujeres en la marcha anual Million Women Rise (un millón de mujeres se levantan). Crédito: Garry Knight/Flickr

Sin embargo, estas estrategias contundentes han sido objeto de críticas por parte de científicos y defensores, que afirman que encarcelar a los agresores puede exacerbar las condiciones que conducen a la violencia, como el racismo y la pobreza. “Si estuviéramos dispuestos a considerar esto como un problema económico, creo sinceramente que reduciríamos la tasa de violencia más que con cualquier otro tipo de intervención”, afirma Leigh Goodmark, jurista de la Facultad de Derecho Carey de la Universidad de Maryland y autora de una crítica de 2022 a la Ley contra la Violencia hacia las Mujeres en el Annual Review of Criminology.

Goodmark sostiene que la disminución de los delitos de violencia íntima denunciados formaba parte de una caída general de la delincuencia desde 1994. Otros investigadores atribuyen esa disminución a factores distintos de la Ley contra la Violencia hacia las Mujeres, entre ellos la caída constante de las tasas de matrimonio desde 1970, así como la mejora de la situación económica de las mujeres y el envejecimiento y, presumiblemente, la mayor sensatez de la población.

De hecho, un análisis de 2020 de 11 estudios publicados concluyó que las detenciones obligatorias no han logrado impedir que la mayoría de los agresores repitan sus delitos. Según Radha Iyengar Plumb, que, en 2009, como investigadora de políticas sanitarias de Harvard, publicó un análisis de los datos del FBI en la revista Journal of Public Economics, un enjuiciamiento agresivo puede incluso aumentar la violencia. Plumb descubrió que los homicidios de parejas íntimas aumentaron en torno a un 60 % en los estados con leyes de detención obligatoria, por razones que, según escribió, podrían incluir la reticencia de las víctimas a llamar a la policía si era probable que esto acabara en una detención y la venganza de los maltratadores si lo hacían.

Estos hallazgos ayudan a explicar por qué 21 estados permiten ahora a la policía una mayor discrecionalidad.

Además, en las últimas décadas, varios estados y condados se han retirado del segundo frente de la guerra de Estados Unidos contra la violencia de pareja: los programas de confrontación a los que deben asistir los maltratadores para intentar que cambien su comportamiento.

Poder, control y rechazo

Además de su apoyo a una fuerte implicación policial, el modelo Duluth incluye un programa de intervención para maltratadores, “Creando un proceso de cambio para los hombres que maltratan”, que se utiliza hoy en día en todo Estados Unidos y en muchos otros países, a menudo como condición para la libertad condicional. A finales de los años noventa, muchos estados habían comenzado a combinar el programa Duluth con la terapia cognitivo-conductual, o TCC, con el objetivo de ayudar a los maltratadores a reconocer y cambiar los patrones de pensamiento poco útiles.

Inspirado en entrevistas realizadas hace 40 años a 200 mujeres sobrevivientes de la violencia, el programa de Duluth enseña a los participantes que la cultura patriarcal anima a los hombres a utilizar la violencia como medio de “poder y control”. En clases grupales semanales, los participantes, a quienes se les ha impuesto esta medida por orden judicial, estudian un “círculo de poder y control” que ilustra tácticas de control como culpar a la víctima y utilizar a los niños como armas.

El “círculo de poder y control” se incluye como parte del plan de estudios del Modelo Duluth, que educa a los hombres sobre cómo la cultura patriarcal fomenta el abuso de la pareja íntima y las formas que puede adoptar dicho abuso. Crédito: Proyecto de Intervención Contra el Abuso Doméstico.

A lo largo de la historia del programa, los críticos, entre ellos muchos científicos, se han quejado de que reprende y avergüenza a los hombres. Más importante aún, dicen, el programa Duluth y otros de uso más limitado, pero también de larga data (incluido un precursor, Emerge, fundado en 1977) no han logrado impedir que los agresores cometan nuevos delitos.

Varias agencias gubernamentales estatales y locales de todo el país han llegado a compartir esa valoración. En 2014, el Instituto de Políticas Públicas del Estado de Washington determinó que el plan de estudios de Duluth no lograba prevenir la violencia repetida entre parejas íntimas. Posteriormente, el estado permitió el uso de intervenciones alternativas, según Rebecca Goodvin, investigadora asociada sénior del instituto.

En Iowa y Nebraska, los administradores de las prisiones estatales perdieron tanta fe en los programas existentes, como el plan de estudios de Duluth, que finalmente recurrieron a programas más centrados en ayudar a los hombres a gestionar sus emociones. En California, que durante mucho tiempo ha confiado en los planes de estudios inspirados en Duluth, una ley estatal ha permitido a seis condados poner a prueba programas alternativos con “prácticas basadas en la evidencia”.

Estos funcionarios públicos están respondiendo a lo que los investigadores han denominado un tsunami de datos que cuestionan la eficacia de los programas de Duluth. En uno de los estudios más citados, la psicóloga clínica Julia Babcock, de la Universidad de Houston, dirigió un metaanálisis de investigaciones, publicado en 2004, en el que se examinaban los programas de intervención para agresores más utilizados, incluido el enfoque Duluth junto a la TCC. Llegó a la conclusión de que tenían un impacto mínimo en la reincidencia, basándose en los informes de la policía y de las parejas.

Veinte años después, en un análisis más amplio, su conclusión fue igualmente desalentadora.

“No se puede defender realmente el modelo Duluth”, afirma.

Estadísticas alarmantes

La violencia contra las mujeres, especialmente por parte de sus parejas íntimas, es un problema urgente de salud pública a nivel mundial, tal y como se describe en la edición de 2024 del Annual Review of Public Health.

En Estados Unidos, aproximadamente el 41 % de las mujeres y el 26 % de los hombres han sufrido violencia sexual o física o acoso por parte de su pareja, según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos. En todo el mundo, unas 51 mil niñas y mujeres fueron asesinadas por su pareja o un familiar en 2023, según la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito. El costo anual en Estados Unidos de los servicios médicos y de salud mental relacionados con la violencia doméstica aguda se ha estimado en más de 8 mil millones de dólares.

La violencia no mortal por parte de la pareja íntima ha disminuido drásticamente desde principios de la década de los noventa, junto con la mayoría de los delitos violentos. Sin embargo, algunos estudios sugieren que la gravedad de la violencia, incluido el uso de armas de fuego, ha aumentado y que más mujeres están siendo asesinadas por hombres cercanos a ellas. Entre 2014 y 2023, los asesinatos de mujeres por parte de sus parejas íntimas aumentaron un 22 %, según un análisis de los datos del FBI realizado por Everytown Research.

Simpatía por los demonios

Las noticias de Babcock no son del todo malas. Su análisis de 2024 incluye estudios que comparan el enfoque Duluth junto a la TCC con alternativas más recientes, algunas de las cuales lograron resultados significativamente mejores. El primero de la clase fue un programa conocido como Lograr el cambio a través de un comportamiento basado en valores (ACTV, por las siglas en inglés de Achieving Change through Value-Based Behavior), desarrollado por la psicóloga clínica Amie Zarling en la Universidad Estatal de Iowa.

Zarling creó el programa ACTV adaptando un enfoque más convencional, conocido como terapia de aceptación y compromiso, que combina técnicas de aceptación y atención plena. Utilizando aportaciones de expertos en justicia penal y otras fuentes, incorporó tácticas para satisfacer mejor las necesidades de los hombres acusados de violencia doméstica. Por ejemplo, el programa ACTV hace hincapié en aprender a estar tranquilo y ser reflexivo, una habilidad que, según Zarling, suele faltar en estos hombres, probablemente porque muchos de ellos han sufrido traumas. La mayoría de los hombres que estudia, afirma, han tenido cuatro o más experiencias adversas en la infancia, como abusos físicos o sexuales, negligencia o haber sido testigos de violencia en el hogar.

Numerosas investigaciones confirman esta relación. Un estudio de 2009 reveló que los hombres que habían sufrido abusos físicos de moderados a graves durante la infancia eran entre 3.9 y 4.5 veces más propensos a ejercer violencia contra sus parejas en la edad adulta. “Nunca aprendieron a regular sus emociones, por lo que muchos comenzaron a consumir sustancias para lidiar con esas reacciones traumáticas, lo que solo aumenta los factores de riesgo de violencia doméstica”, afirma Zarling.

Según explica Zarling, la principal diferencia entre los enfoques inspirados en Duluth y el programa ACTV, en pocas palabras, es que mientras los primeros tratan de enseñar a los hombres a cambiar sus pensamientos sobre sus parejas femeninas, el ACTV tiene como objetivo ayudarles a elegir un comportamiento que se ajuste a sus valores, incluso en presencia de esos pensamientos. Se trata de una habilidad conocida como “flexibilidad psicológica”.

En 2010, el Departamento Correccional de Iowa puso a prueba el ACTV con hombres que debían completar un programa de intervención, tras determinar que el enfoque inspirado en Duluth no había logrado reducir significativamente la violencia de pareja.

Esto permitió a Zarling y sus colegas realizar un amplio estudio en el que comparaban ACTV con Duluth más TCC, utilizando datos de 3.474 hombres de Iowa que habían sido arrestados por agresión doméstica y a los que el tribunal había ordenado participar en uno u otro de los programas, cada uno de ellos con una duración de 24 semanas. Después de un año, el 3.6 % de los hombres que habían completado el programa ACTV habían sido acusados de un nuevo episodio de violencia doméstica, según el estudio de 2017, frente al 7 % de los que habían completado el tratamiento convencional.

Cuatro años más tarde, investigadores de la Universidad Northwestern publicaron otro estudio en la revista Journal of Consulting and Clinical Psychology en el que comparaban los resultados del programa ACTV con los del programa Duluth más a TCC. Analizaron a 725 hombres clasificados como de riesgo medio o alto de reincidencia a los que un tribunal había obligado a completar un programa de intervención para maltratadores con Ramsey County Community Corrections en Minnesota. Después de cinco años, el 69.6 % de los inscritos en el programa inspirado en Duluth habían recibido una nueva condena, en comparación con el 34 % de los hombres del programa ACTV.

Mientras Zarling continúa con su investigación, el interés por su programa va en aumento. Desde 2024, varias prisiones de Nebraska ofrecen el programa ACTV a los reclusos, según afirma la criminóloga Tara Richards, de la Universidad de Nebraska Omaha, que colabora con organismos públicos para evaluar programas de justicia penal.

En los últimos años, otras jurisdicciones, como Vermont y el condado de Ramsey, en Minnesota, también han puesto a prueba o adoptado el ACTV para los agresores de pareja.

“No quieren ser abusivos”

Otro competidor emergente del plan de estudios de Duluth es “Strength at Home” (fortaleza en casa), que fue adoptado en toda la Administración de Veteranos en 2013. La violencia de pareja es inusualmente frecuente entre los veteranos militares que han sufrido traumas, pero antes de ese año pocos hospitales de la Administración de Veteranos ofrecían más que clases de control de la ira.

Strength at Home está “basado en el trauma”, afirma Casey Taft, que creó el programa como psicólogo del personal del Centro Nacional para el TEPT del Sistema de Salud de la Administración de Veteranos de Boston. Su objetivo es ayudar a los hombres a comprender el impacto de sus heridas emocionales, ya sean derivadas de la infancia o del combate, de una manera colaborativa y empoderadora.

“En lugar de intentar entrar en confrontación con nuestros clientes y obligarlos a cambiar, los tratamos con respeto y les permitimos hablar de sus experiencias de forma abierta, para que se responsabilicen de sus actos”, afirma Taft. En su mayoría, añade, “nuestros clientes quieren cambiar. No quieren ser abusivos; no quieren tener estos problemas de violencia y enfado”.

La larga dependencia de los tribunales estadounidenses del programa Duluth y otras intervenciones que no se basan en pruebas es peligrosa, afirma Taft. “Hay personas violentas que están haciendo daño o matando a sus parejas y las estamos enviando a programas cuya eficacia no está demostrada”.

Al igual que la mayoría de los demás programas de intervención para maltratadores, Strength at Home exige a los hombres que se reúnan semanalmente en grupos en los que los miembros, guiados por un facilitador, se desafían y se apoyan mutuamente. “Nos ayudábamos unos a otros; nos dábamos consejos, como este, si eso te enfadó, ¿cómo lo manejaste? ¿Cómo podrías haberlo manejado mejor”, recuerda Ran Stewart, un trabajador de la construcción del estado de Nueva York que se graduó hace unos años en un programa Strength at Home adaptado para civiles. “Acabamos siendo una hermandad”.

El apoyo a la investigación de Strength at Home incluye un ensayo controlado aleatorio con 135 veteranos y 111 parejas femeninas, publicado en 2016. A los veteranos se les asignó Strength at Home o un tratamiento que ofrecía apoyo, como terapia individual, programas de abuso de sustancias y asesoramiento para la violencia de pareja. Después de que los investigadores dirigidos por Taft entrevistaran a los médicos, los veteranos y sus parejas, el equipo concluyó que Strength at Home era más eficaz que el programa mejorado para reducir la violencia física y psicológica contra las parejas. Tres meses después de completar el programa, el 26.7 % de los participantes que recibieron el tratamiento habitual cometieron nuevos delitos, en comparación con el 18.5 % de los que completaron Strength at Home.

En 2023, Taft publicó un estudio adicional, esta vez con 1,754 participantes en 73 clínicas del Departamento de Asuntos de Veteranos. El estudio concluyó que Strength at Home ayudó a reducir la violencia física contra la pareja en un 17 % y la violencia psicológica contra la pareja en un 23 %.

Desde entonces, Taft ha seguido probando su enfoque en civiles, con el apoyo de una subvención de 2.8 millones de dólares de la iniciativa sin ánimo de lucro Patient-Centered Outcomes Research Institute, creada por la Ley de Protección al Paciente y Cuidado de Salud Asequible de 2010. Espera tener resultados en 2030.

“Estoy deseando ver esos datos”, afirma Campbell, investigador de la Universidad Johns Hopkins, que colaboró con Taft en un artículo reciente publicado en el American Journal of Preventive Medicine, en el que se pedía más programas basados en pruebas para los agresores de violencia doméstica. “Me gustaría ver el programa de Casey en todas las comunidades de Estados Unidos”.

Complejidad tras complejidad

Scott Miller, director ejecutivo de Programas de intervención contra el maltrato doméstico, que forma a los facilitadores de Duluth, afirma que su organización sin ánimo de lucro nunca ha sometido el plan de estudios de Duluth a un estudio controlado aleatorio. “No somos científicos”, afirma.

De hecho, estudiar un comportamiento tan complicado como la violencia de pareja es un gran reto en cualquier circunstancia, pero especialmente cuando se hace fuera de entornos controlados, como prisiones o clínicas para veteranos. Es posible que los delincuentes condenados no se presenten. Las parejas pueden ocultar la verdad por sus propios motivos. Los estudios son caros y requieren mucho tiempo, y los investigadores no pueden ofrecer “ningún” tratamiento como comparación en los estudios controlados, ya que todos los participantes deben recibir un programa por ley.

En el caso del programa de Duluth, los retos son aún más complejos. La intervención siempre se concibió como parte de una respuesta comunitaria más amplia y coordinada, afirma Miller. “Si se saca nuestro grupo de hombres del sistema que hemos diseñado y se toma de forma aislada, no va a funcionar de la misma manera”.

También es importante señalar que las clases de Duluth varían mucho de un estado a otro e incluso de un grupo a otro. Los programas pueden durar entre 12 y 52 semanas. Según Miller, los líderes de los grupos van desde psicólogos experimentados hasta personas sin experiencia universitaria. Reciben tres días de formación en línea y un manual de instrucciones de 324 páginas y vídeos que muestran viñetas de abusos, tras lo cual todos son libres de adaptar el programa.

“No queríamos ser tan prescriptivos porque no queríamos limitar la creatividad”, dice Miller. “Queríamos que la gente lo utilizara y descubriera diferentes formas de utilizarlo”.

De hecho, no hay nada que impida a los líderes de los grupos improvisar más allá del manual de instrucciones, señala Richards. “Todos lo cambian, lo complementan, incorporan diferentes componentes y responden a sus grupos. Así que es como comparar manzanas con naranjas y bananos”. Otros programas de intervención son vulnerables a los mismos retos de comparación si los facilitadores los implementan de forma diferente, añade.

A pesar de todos sus retos, el programa de Duluth ha ido evolucionando, afirma Miller. Durante el verano de 2025, teniendo en cuenta las nuevas investigaciones y tras una revisión de cuatro años, los Programas de Intervención contra el Maltrato Doméstico lanzaron una cuarta versión del plan de estudios que incorporaba algunos elementos de la terapia de aceptación y compromiso.

A medida que el campo se desarrolla, los expertos afirman que les gustaría ver una mayor estandarización de los programas para agresores y evaluaciones más rigurosas e independientes de su impacto.

Según Richards, también es importante la inyección de más recursos para que los participantes no tengan que pagar de su bolsillo los programas. Con tarifas de entre 25 y 75 dólares por clase, los facilitadores suelen tener dificultades para retener a los participantes que pueden estar desempleados o tener empleos precarios. De hecho, los programas de intervención para maltratadores son conocidos por sus altas tasas de abandono, y los investigadores informan de que hasta un 67 % no los completa.

Zarling afirma que espera que en los próximos años se sumen más investigadores a este campo y ayuden a desarrollar nuevas estrategias empíricamente probadas que sustituyan a las iniciativas ineficaces.

“Estamos tan programados para odiar a estos hombres, y sin duda hay cierta validez en ello”, afirma. “Pero lo que creo que la gente tiende a olvidar es que, si no los ayudamos, solo volverán a hacerlo una y otra vez”.

Artículo traducido por Debbie Ponchner

*Katherine Ellison, es una periodista ganadora del Premio Pulitzer y autora y coautora de 12 libros de no ficción, entre ellos Mothers & Murderers: A True Story of Love, Lies, Obsession … and Second Chances (Madres y asesinas: una historia real de amor, mentiras, obsesión… y segundas oportunidades). Sus artículos han aparecido en el New York Times, el Washington Post, The Atlantic y otras publicaciones.

**Este artículo apareció originalmente en Knowable en español , una publicación sin ánimo de lucro dedicada a poner el conocimiento científico al alcance de todos. Es republicada en GatoEncerrado bajo una licencia Creative Commons.