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Opinión

Marzo: memoria incómoda que aún interpela

Marzo 24, 2026

Diseño y montaje: Ezequiel Barrera
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Por Mónica Rodríguez

Periodista

Marzo no es un mes cualquiera en El Salvador. Es un mes martirial en el que se honra a valientes defensoras y defensores de los derechos humanos que pagaron con sus vidas la lucha que libraron por la justicia social y contra la impunidad. Además, es un mes en el que otras personas defensoras también fallecieron luego de toda una vida al servicio de los más pobres y marginados.

En estas fechas retornan a la memoria colectiva figuras emblemáticas, imposibles de dejar olvidadas en las profundidades de la historia e invisibilizadas por quienes desde el poder político quieren borrar su huella. En esta columna las vamos a recordar, para que su legado se mantenga siempre presente, vigente y como inspiración y esperanza para los tiempos autoritarios que vivimos.

Rutilio

Grande

Una de las figuras destacadas es la del padre Rutilio Grande García, S.J., un sacerdote jesuita que fue asesinado el 12 de marzo de 1977 junto a dos laicos. Su dedicación al trabajo pastoral en la zona de Aguilares y su apoyo a los campesinos que sufrían injusticias sociales le valieron el reconocimiento como mártir vinculado a la fe.

Monseñor

Romero

Entre las figuras más grandes e inspiradores de El Salvador está la de Monseñor Óscar Arnulfo Romero, quien era el Arzobispo de San Salvador. Fue asesinado por un francotirador del Ejército salvadoreño, el 24 de marzo de 1980, mientras oficiaba una misa en la capilla del Hospitalito de la Divina Providencia, en San Salvador. Su voz se alzó incansablemente en defensa de los más vulnerables, de los pobres, denunciando las injusticias y la represión en el país. Hoy es el santo no solo de El Salvador sino de América, y me atrevería a decir que se ha convertido en la figura más universal que nació de las entrañas de nuestro país.

Marianella

García Villas

Asimismo, una de las mujeres mártires más importantes de nuestra historia es Marianella García Villas. Ella fue fundadora de la Comisión de Derechos Humanos de El Salvador, abogada al servicio de los más vulnerables y quien denunció los abusos cometidos durante el inicio del conflicto armado de El Salvador. Investigó el uso de armas químicas por la Fuerza Armada de El Salvador. Fue asesinada el 14 de marzo de 1983, dejando un legado de lucha por los derechos fundamentales.

Rufina

Amaya

De igual manera, no podemos olvidar a Rufina Amaya. Fue la única sobreviviente de una de las peores masacres de América Latina, cometida por el Ejército salvadoreño en el caserío El Mozote, en diciembre de 1981. Datos oficiales dan cuenta de que los soldados asesinaron a casi mil habitantes de la zona, la mitad de esas personas eran niños y niñas. El testimonio valiente de Rufina reveló al mundo la magnitud de la tragedia y se convirtió en símbolo de resistencia y búsqueda de justicia. Falleció el 6 de marzo de 2007.

María Julia

Hernández

Otra de las mujeres valientes es María Julia Hernández. Ella fue la directora de Tutela Legal del Arzobispado. Dedicó su vida a documentar violaciones a los derechos humanos durante el conflicto armado, incluyendo la masacre de El Mozote. Mientras ella reunía evidencias y documentaba casos de graves violaciones a derechos, el Estado salvadoreño negaba todo. El compromiso de Hernández con la verdad y la justicia dejó una huella imborrable. Falleció el 30 de marzo de 2007.

Rogelio

Ponseele

La más reciente pérdida es la del padre Rogelio Ponseele, sacerdote belga-salvadoreño, fallecido el 24 de marzo de 2025, misma fecha que conmemoramos el martirio de Romero. Ponseele fue un defensor incansable de los derechos de los más pobres y comprometido con la teología de la liberación. Acompañó a comunidades campesinas y luchó por la justicia social en El Salvador.

Cada uno, desde su lugar, asumió un compromiso que en su tiempo fue incómodo para el poder. No es una casualidad que estos nombres se acumulen en Marzo. Tampoco es casual que cada año su memoria retorne como una especie de recordatorio incómodo para algunos y de esperanza para otros. Nos recuerdan que en este país defender derechos humanos ha tenido históricamente un costo alto, demasiado alto. No es nuevo que hoy se persiga a las personas defensoras, solo es la continuación de lo que ya ocurría y que los gobiernos de turno no han frenado, sino que han retomado y recrudecido.

Recordarles no debería ser solo un acto simbólico. Tampoco una rutina que se debe hacer cuando llega la fecha. Recordarles implica cuestionarnos qué tanto hemos avanzado realmente y que tanto seguimos repitiendo patrones: estigmatización, silencio impuesto y miedo como forma de control.

Y quizá lo más difícil de asumir es que esa historia no está tan lejos como quieren hacernos creer los que ejercen el poder de forma tiránica. Porque si algo tienen en común estos defensores es que enfrentaron estructuras de poder que siguen ahí, de una u otra forma. Cambian los contextos, cambian los discursos, cambian los políticos, pero la tensión entre verdad y poder, sigue ahí.

Y tal vez por eso su memoria sigue teniendo sentido hoy y nos interpela. Porque en contextos marcados por el miedo, por el exilio que vivimos algunos, la criminalización o la desesperanza, recordarles no es un ejercicio del pasado, sino una forma de ubicarnos en el presente.

No para compararnos, ni romantizar el sacrificio, sino para reconocer que hubo quienes, en condiciones también adversas, decidieron actuar desde la ética, la convicción y el compromiso con la gente que sufre.

Al recordar a estos mártires, se renueva el compromiso con los valores que ellas y ellos defendieron: la dignidad humana, la verdad y la justicia.

Hoy, más que nunca, nos inspiramos en el legado de estas mujeres y hombres  para retomar su lucha por la justicia a pesar de las consecuencias y por la construcción de un El Salvador más digno y solidario.