Opinión

Que lo esencial no siga siendo invisible para los ojos

Michelle Molina

Michelle Molina

Economista investigadora para El Salvador y Honduras, con especialización en herramientas de políticas fiscal por la Universidad Rafael Landívar, tiene un máster en Política Fiscal para el Desarrollo por la misma universidad. Se incorporó al equipo del Instituto Centroamericano de Estudios Fiscales (Icefi) en 2017 como consultora para trabajar en el área de Gestión Pública, despúes de realizar su Práctica Profesional.

El hecho que “lo esencial sea invisible a los ojos” solo evidencia que la desigualdad de género es parte inherente del sistema económico, y que se nutre de ella. Con la pandemia se demostró el valor de los cuidados, que son aquello que simplemente no se podía detener un solo segundo, cuando todo el mundo estaba detenido. 

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Por Michelle Molina*

La pandemia del coronavirus nos ha mostrado, con brutal claridad, cuán rápido puede cambiar la sociedad y todo aquello con lo que podemos o no vivir: es decir, lo realmente esencial. El año pasado se hicieron tantas cosas que antes nos dijeron que eran imposibles, desde cerrar por completo los aeropuertos e incluso congelar la producción y buena parte de la economía, hasta suspender los pagos de alquileres e hipotecas o, simplemente dar a todos en el país una transferencia en efectivo e incluso suspender las clases de los niños en sus escuelas. Y aparentemente, pudimos vivir temporalmente con eso. Bien decía el Principito que lo esencial es invisible para los ojos.

La mayoría aún no ha entendido esto, en parte porque supera los límites del pensamiento económico convencional. La pandemia ha requerido una movilización sin precedentes de lo que las economistas feministas llaman trabajo de cuidados o de reproducción social. Y no solo es importante en este contexto, sino en general, pues estas actividades son centrales para el funcionamiento del sistema económico. De forma muy sencilla, el cuidado son las actividades que se requieren para hacer y sostener la vida, así como para reemplazarla generacionalmente. 

Crear y sostener vida no solo en el sentido más directo y evidente de dar a luz. Pues para mantener esa vida, se necesita una gran cantidad de otras actividades cotidianas: las comidas calientes que  nos energizan, la ropa limpia que usamos cada mañana, botes de basura vacíos, sábanas limpias, estantes surtidos. Que, además, también representan una condición indispensable que permite la existencia del trabajo formal, la acumulación de excedentes y el funcionamiento del capitalismo como tal.  Nada de lo anterior podría existir sin las tareas de reproducción social: la crianza de los hijos, la escolarización, el cuidado afectivo y un sinfín de otras actividades que sirven para producir nuevas generaciones de trabajadores y reponer las existentes, como también para mantener vínculos sociales y entendimientos compartidos. Este trabajo también mantiene los hogares, construye comunidades y sostiene los significados compartidos. Sin él no podría haber cultura, economía, organización política. 

Sin embargo, pese a que los cuidados son indispensables, este trabajo es prácticamente invisible para lo sociedad, en el sentido que está seriamente infravalorada su importancia y que tampoco se considera productivo ni aporta a la medición oficial del PIB de los países, pese a ser el requisito para que se produzca todo ello. Se trata el tema como si estas condiciones estuvieran dadas y se asume que el trabajo no remunerado es limitado y no implica coste alguno. No obstante, los costos son asumidos por las mujeres y su trabajo cotidiano es no remunerado. Aunque una proporción relativamente baja de estos cuidados sí toma la forma de trabajo asalariado, pero que igualmente siempre ha sido realizado por una vasta mayoría de mujeres. 

De igual manera, cuando este trabajo sí es remunerado, se da en guarderías, escuelas, hospitales u hogares, casi siempre reflejan las posiciones sociales precarias y, a veces, la desesperación absoluta de quienes normalmente las desempeñan; como es más que evidente en el trabajo doméstico remunerado. Los trabajos sociales reproductivos son los peor pagados, son los primeros en irse cuando las cosas no van bien, se enfrentan al acoso sexual constante y, a menudo, a la violencia directa. La sociedad disfruta de los frutos de esta labor sin dar mucho a cambio a quienes lo realizan. Es decir, los mercados laborales no generan salarios que reflejen el inmenso valor social de este trabajo y el Estado tampoco intenta alivianar esa carga que injustamente llevan las mujeres. 

Es común escuchar cómo se romantiza el rol de las mujeres y las madres, al decir que lo hacen por amor, por altruistas, por vocación.  Y, no es que no haya algo de eso, pero es ingenuo y perverso no reconocer como esto obedece principalmente a estereotipos de género patriarcales, construidos socialmente, que históricamente han delegado los cuidados casi exclusivamente a las mujeres y que se ha mantenido con el paso de los años, las décadas y hasta los siglos, haciéndolos inherentes a las normas sociales. Por lo mismo, también se dice que las preferencias y decisiones tomadas por ellas están atravesadas por relaciones de género que implica situaciones de subordinación y roles socialmente establecidos, que terminan restringiendo en alguna medida las autonomías individuales. Y todo ello a costa de sí mismas. No es exageración, cualquiera podría hacer el experimento y averiguar todo lo que sacrificó su madre o su abuela, por ejemplo.

Dichos estereotipos de género que distribuyen desigualmente los cuidados no remunerados y su amalgama junto con la invisibilidad y desprecio a los mismos, tiene serias repercusiones en la vida de las mujeres, pues comprenden el corazón de la desigualdad de género. En promedio, las mujeres usan el 19.9 % de su tiempo en trabajo domésticos y de cuidado en Guatemala y el 20.3 % las de El Salvador. Mostrando desigualdades profundas en su distribución, al compararlo con el 2.9 % y el 7 % de los hombres guatemaltecos y salvadoreños, respectivamente, según las últimas estadísticas oficiales. Esto refleja las graves desigualdades que necesariamente implican una limitación en el tiempo que pueden dedicar las mujeres a cualquier otra actividad. Incluso, la necesidad de ocuparse de estas tareas en sus hogares es la principal causa de abandono de la escuela y también de no estar buscando un trabajo remunerado. Ello se traduce en el futuro, en menor autonomía, mayor vulnerabilidad a la pobreza (particularmente en las crisis como la ocasionada por Covid-19) y más desigualdad; y así, también una menor calidad de vida.

El hecho que “lo esencial sea invisible a los ojos” solo evidencia que la desigualdad de género es parte inherente del sistema económico, y que se nutre de ella. Con la pandemia se demostró el valor de los cuidados, que son aquello que simplemente no se podía detener un solo segundo, cuando todo el mundo estaba detenido. Sabiendo esto, los cuidados no deben seguir siendo invisibles. Deben valorarse en una magnitud correcta, partiendo del reconocimiento que son indispensables para la sociedad. Es importante que se garanticen compensaciones apropiadas y que se ofrezcan condiciones de trabajo decentes y más dignas para todas las personas que se desempeñan en este sector irremuneradamente. Además, por su importante aporte no solo a la economía, sino que, a la sociedad, debe poner a los cuidados en el corazón de las políticas, y permitir que participen quienes prestan estos servicios ya sea remunerados y no, en las decisiones políticas que les afectan. 

Michelle Molina

Michelle Molina

Economista investigadora para El Salvador y Honduras, con especialización en herramientas de políticas fiscal por la Universidad Rafael Landívar, tiene un máster en Política Fiscal para el Desarrollo por la misma universidad. Se incorporó al equipo del Instituto Centroamericano de Estudios Fiscales (Icefi) en 2017 como consultora para trabajar en el área de Gestión Pública, despúes de realizar su Práctica Profesional.

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