Opinión

¿Estamos como estamos porque somos como somos?

Michelle Molina

Michelle Molina

Economista investigadora para El Salvador y Honduras, con especialización en herramientas de políticas fiscal por la Universidad Rafael Landívar, tiene un máster en Política Fiscal para el Desarrollo por la misma universidad. Se incorporó al equipo del Instituto Centroamericano de Estudios Fiscales (Icefi) en 2017 como consultora para trabajar en el área de Gestión Pública, despúes de realizar su Práctica Profesional.

El desarrollo debe ir más allá de dar estabilidad y condiciones para el mercado y unas cuantas políticas de asistencia, sino que los Estados deben adoptar y encarnar un conjunto de valores que sean compatibles con el desarrollo de la humanidad.

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Por Michelle Molina*

Que los que le dan la vuelta al sistema para su propio beneficio son “inteligentes”, los que para evitarse el tráfico hacen malabares como abrir un nuevo carril o irse en contra de vía “tienen iniciativa”, los que se han logrado vacunar antes de tiempo son “bien listos”. Dicen por ahí que “estamos como estamos porque somos como somos”, y aplaudimos a todos los que se salen con la suya. Quizás muchas leyes no se cumplan en su totalidad en Centroamérica, pero la que sí se vive a flor de piel es la ley del más vivo. Y según este dicho, es ahí donde radica la causa de que nuestra sociedad sea así y los líderes que tenemos; así como también nuestros valores compartidos juegan un rol importante en las consecuencias y resultados, como en la corrupción y el desarrollo. Sin embargo, la relación entre cultura y desarrollo es más compleja. Al ver que la realidad de una amplia proporción de personas centroamericanas es tan dura surgen preguntas: ¿Estamos condenados a seguir así? ¿Cómo superamos esta trampa? ¿Una cultura que facilite el avance hacia el desarrollo debería ir primero o antes el desarrollo económico que daría paso a ciertos cambios en la cultura? 

Se piensa que cuando las instituciones están ya en su lugar, llegan a profundizar aún más ciertas pautas de interacción humana; y, que las instituciones están determinadas por cosas inmutables o muy complejas de cambiar, como la tradición cultural. Dando un tinte algo fatalista a las preguntas que nos hemos planteado. No obstante, la cultura es producto del aprendizaje, no de la herencia. Todas las personas somos parte activa para definirla y sostenerla. Es deseable que las instituciones sean estables, o si no, no serían muy útiles. Es por eso mismo, que cuando vemos la relación entre las instituciones y la economía, se vuelve casi inevitable observar un mecanismo que, hasta cierto punto, se auto-refuerza. Sin embargo, los seres humanos son los que cambian las instituciones, y, en el largo plazo, las tradiciones y la cultura no son inmutables. Hay ejemplos en la historia, que nos muestran que las culturas y las instituciones sí cambian e incluso de forma dramática. Por ejemplo, contraria a la concepción popular de ahora, la cultura islámica, hasta el siglo XVI, fue más tolerante, inclinada a la ciencia y pro-comercial comparado con las culturas cristianas.

Los cambios culturales e institucionales y el desarrollo económico se influyen mutuamente, por medio de cadenas de causalidades complejas. Convencionalmente, se cree que los individuos nacen con una “preferencia” predeterminada, es decir que la causalidad va de la cultura/instituciones hacia el desarrollo económico. Sin embargo, la causalidad puede ir en la dirección contraria: del desarrollo económico a los cambios institucionales y luego hacia las “preferencias” individuales. Pues, por ejemplo, la industrialización tiende a generar cambios en el comportamiento de las personas, que se asocian a la racionalidad y la disciplina. Prueba de ello son los países como Alemania y Japón, que antes de alcanzar un alto nivel de industrialización, se les catalogaba como perezosos, irracionales e incluso sin capacidad de operar maquinaria; lo cual dista muchísimo de los estereotipos raciales y nacionales que tenemos ahora. En particular, la transformación de Japón en una economía moderna es principalmente una historia de cambio cultural, provocado por la influencia de figuras políticas clave para que el país tornara sus esfuerzos hacia el objetivo del desarrollo económico.

De acuerdo con los antropólogos, el cambio cultural se empieza a dar con los procesos de innovación, que generalmente son el préstamo o la difusión cultural. Como por medio de las remesas sociales, que, así como las monetarias, provienen de los migrantes que residen fuera, que al interactuar con sus familias en su país de origen pueden compartirles distintas ideas, cultura, educación, prácticas a las que ellos han sido expuestos. Por eso, quizás por la íntima interrelación y conexión en esta época moderna, como resultado de la globalización, se ha visto surgir un conjunto de valores progresistas que son rasgos culturales comunes en muchos países, especialmente las economías desarrolladas. Aunque, claro, las sociedades tienden a diferir en la medida en que interiorizan ciertos valores en sus políticas, tradiciones e instituciones, así como en la forma de hacerlo. 

Asimismo, vemos que hay una aceptación muy amplia de la importancia de la igualdad de género; son muy pocos los que abiertamente contrarían con la idea que las desigualdades económicas, sociales y políticas no están en sintonía con la modernidad, que son injustas y que su existencia retrasa el progreso humano. Pero esto no se traduce necesariamente en la eliminación absoluta y repentina de las desigualdades e injusticias que sufren las mujeres, que están arraigadas tan profundamente en nuestras culturas. “El cambio está en ti”, también nos dicen. Que lo más importante es ser cada uno la mejor versión de nosotros mismos como ciudadanos y dar ejemplo a aquellos a nuestro alrededor. Que es nuestra responsabilidad, que tenemos al tipo de gobernantes que nos merecemos. Sin embargo, estos cambios personales y hasta colectivos pueden no traducirse en cambios institucionales y en mejoras en las condiciones de vida de la población. El desarrollo debe ir más allá de dar estabilidad y condiciones para el mercado y unas cuantas políticas de asistencia, sino que los Estados deben adoptar y encarnar un conjunto de valores que sean compatibles con el desarrollo de la humanidad.

La cultura puede desempeñar un papel en el avance (o estancamiento) de un país, al cambiar y crear condiciones favorables (o no) para el desarrollo económico. Sin embargo, también existen desafíos para diferenciar el efecto de la cultura en los resultados económicos, al confundirse con los incentivos económicos que impulsan el comportamiento humano. Vemos que, en muchos países en desarrollo, los inversionistas no están dispuestos a planificar a largo plazo debido a distintos riesgos como la inestabilidad política. Y aunque parecen ser aspectos culturales, son comportamientos moldeados por incentivos económicos, que son susceptibles a cambiar por medio de la transformación de los incentivos subyacentes.  Entonces, en ese mismo sentido, la violencia y falta de ética que muchas veces se dice que determina a los centroamericanos, no es un rasgo cultural arraigado, sino más bien podría ser una respuesta no aceptable pero sí comprensible a un entorno de grandes carencias y pocas oportunidades de desarrollo. En conclusión, no estamos condenados al subdesarrollo, pero es crucial que el Estado y la administración pública abanderen luchas estratégicas y generen cambios estructurales. Porque haciendo lo mismo, vamos a seguir en el mejor de los casos, en el mismo lugar.

Michelle Molina

Michelle Molina

Economista investigadora para El Salvador y Honduras, con especialización en herramientas de políticas fiscal por la Universidad Rafael Landívar, tiene un máster en Política Fiscal para el Desarrollo por la misma universidad. Se incorporó al equipo del Instituto Centroamericano de Estudios Fiscales (Icefi) en 2017 como consultora para trabajar en el área de Gestión Pública, despúes de realizar su Práctica Profesional.

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