Por un lado, el ejercicio relativamente intenso enseña a las personas a soportar molestias a corto plazo para obtener beneficios a largo plazo. Las personas que sufren trastornos de ansiedad, como el trastorno de estrés postraumático o los ataques de pánico, suelen mostrar una menor capacidad para tolerar el malestar mental, por lo que experiencias con las que la mayoría de las personas podrían lidiar les provocan ansiedad incontrolable. Ahora hay pruebas emergentes de que el ejercicio regular aumenta la tolerancia al malestar interno, lo que podría explicar parte de sus beneficios para controlar estos trastornos, afirma Smith.

Sin embargo, utilizar el ejercicio como tratamiento para la salud mental plantea algunos retos. “Las personas con enfermedades mentales también corren un mayor riesgo de sufrir falta de motivación”, afirma Firth. Esto puede dificultar la organización y el cumplimiento de un programa de ejercicio, y muchos pacientes necesitan apoyo adicional.

Esto suele ser difícil, ya que los psicólogos, psiquiatras y otros profesionales de la salud mental suelen estar sobrecargados de trabajo. Además, prescribir y supervisar el ejercicio no ha sido tradicionalmente competencia de estos profesionales. “Le decimos a la gente: ‘Oye, el ejercicio es bueno’, pero se lo decimos a personas que realmente no pueden incorporarlo porque a menudo no reciben ningún tipo de formación”, afirma Firth. En el Reino Unido y otros lugares se han utilizado programas de derivación al ejercicio, que ponen en contacto a los pacientes con especialistas en fitness y programas estructurados en centros de ocio comunitarios, para fomentar el ejercicio en personas con afecciones físicas como la obesidad y la diabetes. Según Firth, un enfoque similar podría ser valioso para las afecciones de salud mental.

Los terapeutas también pueden ayudar a los pacientes a perseverar a largo plazo adaptando sus prescripciones de ejercicio a las capacidades de cada persona. “Siempre les digo a los pacientes que hacer cualquier cosa es mejor que no hacer nada, y que el mejor ejercicio es el que realmente se hace”, afirma Smith.

El secreto, sugiere, es asegurarse de que las personas dejen de hacer ejercicio antes de que se sientan agotadas. “Cuando te sientes fatal después de hacer ejercicio, no vas a querer volver a hacerlo”, afirma, porque el cerebro etiqueta la actividad como algo desagradable. Es mucho mejor que el paciente abandone mientras aún tiene una sensación positiva del entrenamiento. “Sin siquiera darse cuenta, su cerebro tiende a etiquetar esa actividad como algo más placentero. No la temen”.

Incluso la actividad ligera —básicamente solo moverse de vez en cuando durante el día en lugar de estar sentado durante horas— puede ayudar. En un estudio realizado con más de 4.000 adolescentes en el Reino Unido, Aaron Kandola, epidemiólogo psiquiátrico del University College de Londres, y sus colegas descubrieron que los jóvenes que realizaban más actividad ligera durante el día tenían un menor riesgo de sufrir síntomas depresivos que los que pasaban más tiempo sentados.

“Lo que realmente necesitamos son grandes ensayos de ejercicio en los que comparemos diferentes cantidades entre sí”, afirma Kandola. “En cambio, lo que tenemos son diferentes estudios que utilizaron diferentes cantidades de actividad”. Esto dificulta la formulación de recomendaciones precisas, ya que cada estudio varía en cuanto a la población de pacientes y los métodos utilizados, y los resultados se siguen durante períodos de tiempo diferentes. A medida que los investigadores aprendan más sobre los mecanismos que relacionan el ejercicio con la salud mental, deberían poder perfeccionar sus prescripciones de ejercicio para que los pacientes puedan controlar mejor sus enfermedades.

Además, el ejercicio tiene poderosos beneficios para las personas con enfermedades mentales que van más allá de sus efectos sobre las propias enfermedades. Muchos luchan con problemas relacionados, como el aislamiento social y una capacidad reducida para disfrutar, afirma Firth. Los medicamentos estándar reducen algunos síntomas, pero no hacen nada para abordar estos otros problemas. El ejercicio, especialmente en grupo, puede ayudar a mejorar su estado de ánimo y enriquecer sus vidas.

Aún más importante, las personas con enfermedades mentales graves, como la depresión severa y la esquizofrenia, también son más propensas a tener problemas de salud física importantes, como obesidad, enfermedades cardíacas y otras enfermedades crónicas, y como resultado, su esperanza de vida es de 10 a 25 años menor que la de las personas no afectadas.

“Reducir esos riesgos para la salud es realmente primordial en este momento”, afirma Kandola. “Ese es el gran atractivo del ejercicio: ya sabemos que puede mejorar la salud física. Si además tiene beneficios para la salud mental, puede ser un complemento muy importante para el tratamiento”.

Artículo traducido por Debbie Ponchner