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Opinión | CIne

"Valor sentimental" y el simbolismo de la casa como personaje que conmovió mis recuerdos

Una mirada de cómo la mejor película extranjera, según los Oscar de 2026, me evocó las grietas familiares y el duelo de perder mis cuatro paredes manchadas.

Casa de la película "Valor Sentimental".
Picture of Por Mario Beltrán

Por Mario Beltrán

Marzo 16, 2026

A inicios de este 2026 tuve la oportunidad de entrar en un cine de Bogotá, Colombia, para ver “Valor sentimental”, la ganadora del Oscar a mejor película extranjera. El film, que me conmovió profundamente, retrata la vida de dos hermanas y su padre ausente de nombre Gustav Borg, un afamado y veterano director de cine. Él se marchó de su hogar antes de la muerte de su esposa, dejando atrás una casa que en la trama funciona como un importante personaje y un símbolo de memoria.

Sin ser experto en crítica de cine, como comunicador y espectador asiduo de cine, tanto independiente como comercial, puedo decir que esta película noruega y dirigida por Joachim Trier es conmovedora, humana y con una gran capacidad de conectar con las historias personales de las audiencias de cualquier lugar del mundo.

Todos estaremos de acuerdo en que la separación o la muerte de los padres en la niñez son duelos que dejan profundas huellas de resentimiento, frustración y tristeza. La película captura estas emociones que están yendo y viniendo todo el tiempo luego de que Gustav reaparece en la vida adulta de sus hijas. Su regreso está marcado por un guion de cine basado en la historia familiar, con la intención de que Nora, la hija mayor y una destacada actriz de teatro, lo protagonice. Sin embargo, ella se niega rotundamente, como acto de represalia por el abandono paterno.

Pero no quiero enfocarme en esa situación, sino en la casa como un personaje importante. Ver escenas de cómo las hermanas corrían y jugaban a las escondidas en su niñez dentro de las paredes de la casa. Ver cómo manchaban las paredes blancas y hacían marcas con un lápiz para ir midiendo su crecimiento físico, y cómo los pasillos se llenaban de música, bailes, risas y luz, me evocó tanto a mi casa en mi adolescencia.

En mi casa, mi hermana menor también manchaba paredes. El silencio era cortado por películas en familia, series animadas o música. Mi madre sembraba rosas y geranios en el pequeño patio delantero. Y mi padre hacía reparaciones y limpieza doméstica los domingos al mediodía. El eco de la música, el tibio aroma de la sopa de frijoles a punto de terminar su cocción y el sonido de las herramientas caseras, todavía deambulan en mi mente. Y con ellos, los conflictos que también había, como en toda casa.

En la película, la familia Borg también crece en edad, y con ello los conflictos. Gustav se marcha de su hogar, dejando a su esposa y sus dos hijas solas entre las frías paredes blancas de la casa que parece apagarse con su salida. En mi casa sucedió lo mismo. Y las herramientas caseras, la música y las risas entre almuerzos y películas, comenzaron a sonar en clave de lágrimas, soledades y silencios tras la salida de mi padre.

Al paso del tiempo tuve que crecer. Mi hermana también lo hizo. Mis padres decidieron separarse y reinventarse en otro lado y con otras personas. Mi casa, al igual que la de los Borg, comenzó a añorar la vida que se dibujaba en ella.

La película tiene una dinámica de “rompecabezas emocional” que reconstruye el sufrimiento de la madre y las niñas tras el abandono paterno. El padre, en apariencia estable, se vio obligado a replantear su presente y pasado tras el suicidio de su propia madre. En su adultez, las dos hermanas, Nora y Agnes, maniobran sus  inseguridades, el resentimiento y buscan la sanación de sus heridas por medio de sus elecciones de vida: Nora, como actriz; y Agnes como historiadora casada y madre de un niño llamado Erick.

La grieta en la casa del film, ganadora del Oscar 2026, actúa como un símbolo de la fragmentación de la familia Borg. Esta imagen resuena con mi propia experiencia: mi casa también tiene una pequeña fisura —atribuida por mi padre al terremoto del sábado 13 de enero de 2001— y está llena de polvo. Estos elementos evocan el deterioro y la antigua fractura de mi propia familia, cuya memoria ha ido desvaneciéndose en el olvido con el paso de los años.

Años más tarde, pude volver a habitar mi casa. Me tocó remodelarla —como la casa de la película— y adaptarla a mis gustos y necesidades. Cuando volví a entrar en ella, hacía mucho viento en mi vecindario y el aire rumoraba fantasmal entre las hendiduras de las antiguas ventanas.

La cocina con los gustos de cerámica de mi madre seguía ahí. Los clavos clavados en la pared día para sostener cuadros, cinchos o carteras, seguían siendo testigos silenciosos y oxidados de la soledad de la casa. En sus pasillos ya no se oían canciones ni risas. Ya no olía a comida de un domingo al mediodía, y tampoco se escuchaban las noticias de la noche. La remodelé, la habité, la disfruté y adecué a mis gustos. Era mi refugio donde pasé largos días con amigos, familia y amores. Y años después, debí dejarla de nuevo para poner mi vida a salvo y salir de un país donde puedes ir preso por disentir con el gobierno de turno.

A diferencia de la casa de los Borg, que volvió a brillar, a ser habitada, a albergar vida y sonrisas, mi casa permanece ahí en silencio en donde solo el viento ha de escabullirse para remover memorias familiares. Pero, en similitud con ellos, yo también perdoné a mis padres, los amo, y aunque no puedo verlos a diario, la relación es cercana.

Salí del cine con un nudo en la garganta, metiendo mis manos en mi abrigo por el frío de una noche bogotana. Salí y aplaudí —que desde mi punto de vista— se haya dado a una casa el lugar del simbolismo de la memoria de una familia agrietada, porque, una casa no solo son cuatro paredes, son momentos que quedan ahí, en el aire y en la memoria de quienes la habitaron.