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Ciencia

El curioso caso de las dietas bajas en proteínas

En el laboratorio, los animales viven más tiempo con menos cantidad de este nutriente. ¿Cómo es esto posible y qué significa para el envejecimiento humano? Este es un artículo original de Knowable Magazine.

Aunque no es una opción recomendada para las personas, una dieta con restricción proteica prolonga la vida de los animales de laboratorio. Crédito: Knowable Magazine.

Por Amber Dance*

Knowable Magazine** | Marzo 20, 2026

Las proteínas dominan los estantes de los supermercados: chips de proteínagalletas de proteínaagua con proteína. También aparecen en los titulares: las nuevas directrices dietéticas estadounidenses de enero aumentaron la cantidad recomendada de 0,8 gramos de proteína por kilogramo de peso corporal a entre 1,2 y 1,6 gramos.

Sin embargo, hay un grupo de científicos que estudian un fenómeno contrario: en animales, desde levaduras unicelulares hasta insectos y roedores, reducir la ingesta de proteínas a niveles mínimos los hace vivir más tiempo.

¿Podría esto funcionar en las personas? Para que quede claro: el cuerpo necesita proteínas para construir y reparar sus partes, y una dieta con un 7 % o menos de calorías procedentes de proteínas es una receta para la desnutrición, no para alcanzar una vida centenaria. Pero estudiar la restricción de proteínas en animales de laboratorio ayuda a los científicos a aprender cómo los animales perciben los nutrientes, cómo sus cuerpos responden estratégicamente al exceso o a la escasez, y cómo todo esto afecta a su salud y longevidad. Y eso podría aportar lecciones para los seres humanos.

“Hay mucho que aprender de los principios de la restricción proteica sobre cómo gestionar el envejecimiento y envejecer bien”, afirma Stuart Phillips, fisiólogo de la Universidad McMaster en Hamilton, Canadá.

Los diarios alimenticios de los ratones

La restricción proteica, afirma Phillips, es una especie de versión “light” de un truco para la longevidad más conocido: la restricción calórica. La reducción de las calorías totales ingeridas, normalmente entre un 20 % y un 50 %, se ha relacionado con una mayor esperanza de vida en animales de laboratorio desde hace más de un siglo. Algunas personas comprometidas están probando una versión menos severa.

Los animales de laboratorio que siguen dietas bajas en calorías o proteínas son, efectivamente, longevos. En un estudio reciente, los ratones que comían todo lo que querían de comida normal vivían un máximo de 1,008 días. Los ratones que recibieron la misma comida, pero solo el 80 % de las calorías, sobrevivieron hasta 1,179 días, una edad muy avanzada para un ratón. Esos grupos de ratones recibieron comida con un 18 % de proteínas, pero un tercer grupo se dio un festín en un bufé libre con solo un 6 % de las calorías procedentes de proteínas. Su supervivencia se situó entre la de los otros dos grupos, con un máximo de 1,115 días.

Estos efectos fueron más allá de la longevidad; las dietas restrictivas también mejoraron la salud. Los ratones con dietas restringidas en calorías o proteínas tenían niveles más bajos de azúcar e insulina en sangre, y una menor sensibilidad a la insulina —marcadores de la aptitud metabólica—. Estas señales saludables continuaron a medida que los ratones con dietas restrictivas envejecían, mientras que su estado se deterioraba en los ratones envejecidos que comían normalmente. Como era de esperar, los ratones con dietas restrictivas en calorías o proteínas también tenían menos grasa corporal. De hecho, en una revisión al cabo de un año, estaban francamente demacrados, con un peso de aproximadamente dos tercios de la masa de sus homólogos que comían normalmente.

En otro estudio reciente, los investigadores se centraron en los signos moleculares del envejecimiento. A medida que los animales envejecen, sus cuerpos sufren cambios, como el daño de los tejidos por los radicales libres de oxígeno inestables. Los ratones con una dieta baja en proteínas mostraron una variedad de características antienvejecimiento, en su ADN y proteínas, en múltiples órganos. Por ejemplo, aumentaron los niveles de enzimas protectoras y antioxidantes. Los beneficios fueron más pronunciados en los ratones de mediana edad, lo que sugiere que los beneficios de una dieta baja en proteínas no son los mismos a lo largo de toda la vida.

¿Aprovechar el momento o aguantar?

Los científicos aún no conocen todos los factores biológicos que subyacen a cómo los ratones se vuelven delgados, saludables y longevos con dietas restrictivas. Una explicación potencial obvia para su físico delgado es que carecen de los nutrientes necesarios para construir y mantener sus partes corporales o que dedican sus escasos suministros de energía a la función cerebral —pero eso probablemente no sea toda la historia, dice Christopher Morrison, fisiólogo del Centro de Investigación Biomédica Pennington en Baton Rouge, Luisiana—. Las razones detrás de su salud metabólica y longevidad son menos obvias, pero los científicos tienen algunas ideas.

Clemence Blouet, neuroendocrinóloga de la Universidad de Cambridge en el Reino Unido, sugiere pensar en el cuerpo como un vehículo. Se puede conducir rápido, consumiendo mucho combustible y desgastando el vehículo. O se puede mantener una velocidad moderada de 25 km/h, y el automóvil durará más tiempo. Vivir en una vía rápida alta en proteínas o calorías, reflexiona, podría conducir a la acumulación de esos radicales de oxígeno que favorecen el envejecimiento. Las proteínas, en particular, también activan sistemas que promueven el crecimiento y el envejecimiento. Restringir la dieta podría significar menos radicales dañinos y menos acciones que favorecen el envejecimiento, lo que mantendría el cuerpo en buen estado de funcionamiento durante más tiempo.

Alternativamente, sugiere Phillips, imagine un cuerpo que se ve obligado por la escasez de nutrientes a entrar en modo de alta eficiencia, por lo que recicla más de los aminoácidos que se utilizan para fabricar proteínas. “Creo que, entonces, muchos otros procesos relacionados con la edad también se vuelven más eficientes… y funcionan muy, muy bien”, afirma.

También está quedando claro que el efecto de baja proteína/larga vida no se debe simplemente a que el cuerpo se esté marchitando por la escasez de moléculas que lo construyen, afirma Morrison. Hay algo más estratégico en juego. El equipo de Morrison estudia una hormona llamada FGF21, producida por el hígado, y cuando hay escasez de proteínas, la FGF21 parece decirle al cerebro: “¡Eh! ¡No hay suficientes proteínas en esta dieta!”. Pero si se modifica genéticamente a los ratones para que carezcan de FGF21, no responden a las dietas bajas en proteínas con una prolongación de la vida; de hecho, mueren antes. En otras palabras, las proteínas bajas prolongan la vida solo si el cerebro recibe el mensaje y ajusta las respuestas del cuerpo.

“La reducción del crecimiento es una ‘elección’, por así decirlo”, concluye Morrison, coautor de una reseña sobre la restricción proteica en el Annual Review of Nutrition de 2025. Y cree que esta elección se produce antes de que el cuerpo llegue al punto de desgaste por falta de proteínas.

El cuerpo solo responde a la restricción proteica si el cerebro sabe lo que está pasando. La hormona hepática FGF21, producida en respuesta a los niveles bajos de proteínas, es una parte importante de ese mensaje. En respuesta a la FGF21, el cerebro inicia una serie de adaptaciones. En el caso de los ratones de laboratorio a los que solo se les da comida baja en proteínas (izquierda), esas adaptaciones incluyen un aumento de la ingesta de alimentos para obtener suficientes proteínas —lo que, según sospechan los científicos, obliga al animal a quemar la energía extra que consume—, así como un crecimiento más lento, pero una mejor salud metabólica. Si los animales se encuentran en una situación más natural, en la que hay otras opciones alimenticias disponibles (derecha), comerán más proteínas y menos carbohidratos, por lo que su consumo total no cambia mucho.

Si la prolongación de la vida cuando las proteínas son escasas es una elección, aunque sea inconsciente, entonces seguir con la vida más corta por defecto cuando las proteínas son abundantes también podría ser una especie de elección. Aunque pueda parecer contradictorio, esto tiene mucho sentido para un animal que equilibra la supervivencia con la reproducción, afirma Stephen Simpson, biólogo nutricional de la Universidad de Sídney. Cuando abundan los alimentos nutritivos y ricos en proteínas, los animales “aprovechan el momento”, dice Simpson, y dedican su energía y recursos al crecimiento y la reproducción. Eso podría significar que no reparan rápidamente los tejidos dañados por los radicales de oxígeno u otros factores de estrés. Si el animal pierde unos meses al final de su vida, que así sea. Desde el punto de vista evolutivo, los descendientes adicionales merecen ese sacrificio.

Por el contrario, si los nutrientes son difíciles de conseguir, las criaturas “tratan de pasar el mal momento”, afirma Simpson. Activan mecanismos protectores y reparadores antienvejecimiento con la esperanza de sobrevivir el tiempo suficiente para reproducirse cuando vuelvan los buenos tiempos, incluso si eso significa que sigan siendo débiles. La investigación de Simpson lo respalda: los indicadores reproductivos, como el recuento de espermatozoides y el número de folículos ováricos, disminuyen en los ratones que siguen una dieta baja en proteínas en comparación con los que consumen una dieta alta en proteínas.

Los investigadores están empezando a reconstruir la biología que hay detrás de estos programas de “aprovechar el momento” y “pasar el momento”, y las moléculas que descubren podrían inspirar medicamentos que ayuden a las personas a envejecer con buena salud, sugiere Phillips. Se sabe, por ejemplo, que un sistema fisiológico mediado por la enzima mTOR regula el crecimiento, la reproducción y el envejecimiento. Las dietas bajas en proteínas desactivan la mTOR, al igual que un fármaco llamado rapamicina, que ha despertado interés como compuesto antienvejecimiento.

Proteínas para la gente

Pero todos estos datos provienen de animales de laboratorio no humanos. “No creo que sepamos realmente qué efectos tiene la restricción proteica a largo plazo en los seres humanos”, afirma Morrison.

Los científicos no pueden someter a un gran grupo de personas a una dieta baja en proteínas durante décadas y esperar a medir cuánto tiempo sobreviven. Pero lo que sí pueden hacer es correlacionar las dietas de las personas, según lo indicado en cuestionarios, con las enfermedades y la supervivencia. Los resultados de estos estudios epidemiológicos varían, pero, en general, una mayor ingesta de proteínas parece estar relacionada con un riesgo ligeramente mayor de enfermedades cardiovasculares y diabetes tipo 2, afirma Phillips. Advierte que las personas que consumen muchas proteínas animales ingieren también las grasas saturadas que estas contienen, lo que podría sesgar los resultados sobre la salud. Las dietas ricas en proteínas vegetales no muestran el mismo patrón.

Otra complicación en la ciencia es que las necesidades de proteínas varían según la edad. Un estudio descubrió que, en personas de entre 50 y 65 años, una dieta baja en proteínas se correlacionaba con una menor probabilidad de muerte por cáncer o por cualquier causa, en comparación con las que seguían una dieta alta en proteínas. Pero en personas mayores de 65 años, el patrón se invertía: una ingesta baja de proteínas se relacionaba con tasas más altas de mortalidad por cáncer y mortalidad general. Por lo tanto, mantener una ingesta de proteínas baja o media en la mediana edad, pero aumentar la ingesta después de los 65 años podría —¡quizás!— ser beneficioso.

Las necesidades proteicas varían con la edad, al igual que los efectos de las dietas bajas en proteínas, según estudios observacionales realizados en personas. En adultos de entre 50 y 65 años, una dieta baja en proteínas se correlaciona con una reducción de las muertes por cáncer, diabetes o cualquier otra causa. Sin embargo, en personas de 66 años o más, el patrón cambia: una dieta baja en proteínas sigue estando relacionada con un menor riesgo de muerte por diabetes, pero se asocia con un mayor riesgo de muerte por cáncer u otras causas.

Y eso solo si las personas pudieran seguir esa dieta durante años. Simpson reflexiona que es posible que una dieta baja en proteínas resulte menos tortuosa que una que restringe las calorías en general, aunque se sabe que las proteínas ayudan a saciar el hambre. Pero su propio trabajo, en el que ha estudiado desde langostas hasta personas, ha demostrado que un cuerpo que carece de proteínas las ansía. En un estudio, los voluntarios pasaron cuatro días en una clínica y pudieron seleccionar lo que quisieran comer de un menú controlado en el que todo contenía un 10 % de proteínas. Respondieron atiborrándose de aperitivos salados, como si ansiaran el sabor umami de las proteínas. Como resultado, ingirieron más calorías en total, lo que difícilmente puede considerarse una receta para el éxito dietético.

Es revelador que ninguno de los científicos que hablaron con Knowable Magazine restringiera su propio consumo de proteínas. “No soy una mosca de la fruta ni un ratón”, dice Morrison. Aunque intenta no excederse con las proteínas, no está seguro de poder seguir una dieta restringida en proteínas. Además, añade: “No quiero estar muy delgado”.

Artículo traducido por Debbie Ponchner

*Amber Dance, es colaboradora especial de Knowable Magazine radicada en Los Ángeles. No tiene intención de abandonar su hábito de comer mantequilla de maní con yogur griego en un futuro próximo.

**Este artículo apareció originalmente en Knowable en español , una publicación sin ánimo de lucro dedicada a poner el conocimiento científico al alcance de todos. Es republicada en GatoEncerrado bajo una licencia Creative Commons.