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Opinión

La Odisea de Nolan: Goma moral liberal o las lamentaciones de un bardo triste sobre la crisis de Occidente

La nueva película del director Christopher Nolan es una superproducción que retoma el mito de Odiseo para contar la ruptura de un orden y las consecuencias que provoca. Pero detrás de la épica y el espectáculo cinematográfico también es posible detectar similitudes con la situación geopolítica actual; marcada por el declive de Occidente y los intentos de Estados Unidos por ampliar su control en América Latina frenando el avance de movimientos sociales. 

Fotograma de película La Odisea, de Christopher Nolan.

Por Miguel Orantes | Septiembre 14, 2026

Licenciado en psicología, graduado de la Universidad Centroamericana (UCA). Actualmente trabajando como investigador independiente en temas relacionados a psicología política y social, filosofía política y ética.

La última película de Christopher Nolan, La Odisea, ha provocado un torbellino de opiniones incluso antes de su estreno, aunque es difícil determinar qué tanto de esto es una reacción orgánica y qué tanto es parte de la campaña de marketing a la que se le destinó 150 millones de dólares. Esta se agrega a una larga lista de películas sobre las que se discute, principalmente en internet, representando el más reciente frente de las llamadas “batallas culturales”, estrategia utilizada por sectores de extrema derecha para el establecimiento de narrativas ideológicas regresivas y antiderechos, que contribuyen a normalizar ciertas jerarquías de dominación.

El foco de este artículo no son las batallas culturales ni la película en tanto producción cinematográfica, ya bastantes críticas se han escrito al respecto. Lo que se presenta a continuación es un análisis del contenido ideológico-político de la película. A pesar de no ser un intelectual, Nolan representa de forma clara la ideología de un sector liberal de Occidente y cumple un rol cultural en el que sirve de correa de transmisión de ciertas ideas hacia un público masivo. Estas ideas, que está tratando de proponer y vender, aunque son simples, en cierto sentido nos dejan ver cómo piensa cierto sector de las élites del Norte Global.

Por debajo de la producción cultural industrial de Hollywood, fluye un río subterráneo de contenido ideológico que está en sintonía con la sociedad moderna en la que vivimos, con el sistema económico-político dominante y los valores que lo reproducen como sistema. Nolan es una versión actualizada de la industria, su estilo realista que se regodea en la precisión técnica, presta tanta atención al detalle que termina produciendo una monotonía que se ajusta a la modernidad, tanto en forma como en contenido. Sus productos incluso vienen con indicaciones de uso, que aseguran un máximo nivel de satisfacción del consumidor. Este énfasis en la tecnología, las cámaras IMAX, rechazo al uso de CGI, etc., nos hace énfasis en la forma, una producción grandiosa de un espectáculo que asombra, pero que oculta la vacuidad del contenido. Un poco como el Hospital de El Salvador o el nuevo Hospital Rosales, todo fachada, pero vacíos por dentro. Estamos ante un infierno estético en el que todo se vacía de significado, tanto las obras literarias como la democracia.

La Ley de Zeus y el declive del orden mundial

En esta película, la Ley de Zeus constituye la base moral de un orden basado en el respeto mutuo, llamado también “Era de Bronce”. Aquí, Odiseo constituye la representación simbólica de Occidente, y más específicamente de Estados Unidos, que ha roto ese orden institucional al usar el truco y el engaño para vencer en la guerra de Troya. El Odiseo de Matt Damon se nos muestra como un retrato melancólico de culpa y trauma. Es un héroe, en parte celebrado por sus hitos —se cantan canciones en su nombre—, pero que al mismo tiempo carga con un conflicto moral interno por romper el orden y perder su honor.

Hay una presentación idílica de este orden de la Ley de Zeus, pues se exalta el honor y el respeto mútuo que supuestamente regían en él, pero hay un vacío en la narrativa al no reconocer las relaciones patriarcales y de servidumbre realmente existentes. Cuando hacemos un análisis de las relaciones sociales de clase y las correlaciones de fuerza, empiezan a aflorar las víctimas que este orden produce. En la película, las víctimas están en su mayoría ausentes, simplificadas o silenciadas. El punto de vista principal es el de un Rey-General que pelea en el ejército invasor. Cualquier representación seria de la violencia debe incluir la perspectiva de las víctimas, pero en Nolan vemos principalmente la deshumanización de los rivales, sean estos troyanos, gigantes, pretendientes o esclavos.

Este orden mundial de la Ley de Zeus, traído a la actualidad, sirve de analogía para el orden internacional “basado en reglas”. Este orden, al igual que sucede en la película, es idealizado por los liberales como el reino de la justicia y libertad, ya que permitió cierta estabilidad gracias a la dominación indiscutible del hegemón norteamericano. Sin embargo, según Katz (2026), la superioridad de Estados Unidos, expresada en el orden de posguerra iniciado en 1945, estaba basada en factores militares y económicos, esto produjo una dominación jerárquica que llevó a que este periodo fuera denominado la “edad del Imperialismo”. Esta relativa estabilidad internacional escondía desigualdades y relaciones de dependencia entre el Norte y Sur Global, intervenciones militares, guerras y relaciones de poder asimétricas.

La progresiva erosión del orden internacional de posguerra hegemonizado por Estados Unidos preocupa a ciertos sectores debido a la pérdida de estabilidad, pero sin cuestionar seriamente el cumplimiento de sus pretensiones ideológicas. Esta posición resulta una penosa lamentación de los liberales sobre la destrucción del orden “basado en reglas” que nunca terminó de existir para las periferias, fue más una ilusión hipócrita, pero que al romperse —la ilusión— genera un duelo en Occidente (y aparentemente en Nolan). Los países del Sur y las periferias, como víctimas del orden, no compartimos el duelo por la caída del imperio que nos ha mantenido subordinados, sin embargo, para Estados Unidos, este declive es la erosión de su posición privilegiada de poder.

La hegemonía de Estados Unidos le permitía a este país interpretar e incluso suspender las reglas que él mismo había definido, tal como lo hace Odiseo en la película. El imperio norteamericano construyó un orden “basado en reglas” para promover sus propios intereses y garantizar ventajas competitivas para sus corporaciones, por encima de la soberanía del resto del mundo. De esta manera, son los propietarios capitalistas estadounidenses los que deciden arbitrariamente cuáles son las reglas y quiénes son los criminales, mientras quedan libres para extraer riquezas y explotar el trabajo y la naturaleza sin límites, mediante estructuras de dependencia neocolonial.

En Occidente, las ansiedades sobre el colapso civilizacional se ven acompañadas de la idea de que este orden “basado en reglas” —que tenía a Estados Unidos como hegemón y líder moral— se encuentra en declive. Esto resulta peligroso para Occidente porque creen que la falta de un liderazgo claro que ponga a todos en su sitio, provocaría una época de caos, guerras y agresiones, que ya empezamos a ver. Según cierto pensamiento occidental, es necesario un imperio fuerte que garantice el orden planetario, un regulador internacional de las relaciones entre Estados para mantener la estabilidad ante conflictos inevitables. Esta idea resuena con la preocupación de Penélope y Telémaco ante la ausencia de un rey, situación que abre la puerta a que los pretendientes abusen de la hospitalidad del reino.

Creer necesaria la presencia de un custodio imperial, denota un pesimismo antropológico e ignora que los conflictos entre Estados se encuentran relacionados a la dinámica subyacente de un sistema económico capitalista. No es meramente una lucha por el poder geopolítico. En realidad, la creciente multipolaridad actual no es sinónimo de luchas y guerras, sino que, además de antagonismos, expresa el surgimiento de bloques que conforman nuevas alianzas, como los BRICS+, Confederación de Estados del Sahel, Asociación de Naciones del Sudeste Asiático, Organización de Cooperación de Shanghái, entre otras. Los hechos nos muestran, más que nunca, que el problema no es la falta de un liderazgo imperial definido, sino que el origen de muchos problemas es un imperio en decadencia que se rehúsa a perder su supremacía y para superar sus fracasos económicos de largo plazo, intenta hacer en el campo militar y geopolítico lo que no puede hacer en la economía. Esto lleva al aumento de la escalada belicista, nuevas agresiones imperiales, injerencia electoral, la proliferación de la guerra, e incluso genocidios como el que todos hemos visto en Gaza.

Los jefes de Estado de los países que integran el BRICS+ (Brasil, Rusia, China, India, Sudáfrica, entre otros) debatieron sobre el futuro de la economía mundial en el foro empresarial 2026 del grupo. Foto/Captura de pantalla de la transmisión del foro en el canal Prasar Bharati.

La novedad del des-orden mundial es que la hegemonía estadounidense, que cada vez profundiza más su declive, no parece que será retomada por un actor en específico, no será China, ni mucho menos Rusia o Europa. No hay en el futuro próximo las condiciones para una nueva hegemonía clara de un solo imperio regidor. Lo que se ve ahora, más que un simple “vacío de poder” caótico, es una distribución del poder global que se podría llegar a traducir en una gestión multipolar concertada, que sustituiría al excluyente predominio unipolar del pasado. Sin embargo, el panorama está abierto y esto causa pánico en Occidente.

Culpa, crisis y ¿restauración?

Vemos representada en la figura de Odiseo, la conciencia Occidental de que ha participado en la erosión del orden que ellos mismos lideraban. Esto provoca en ciertos sectores liberales interpretaciones moralistas e individualizantes. En la película se nos dice que es una transgresión moral de un líder occidental lo que empuja a la civilización hacia su ocaso. Pero esto resulta problemático si lo queremos traer a nuestro contexto histórico, porque el interregno internacional salvaje en el que nos encontramos, donde las relaciones interestatales e intraestatales están regidas por la ley de la fuerza y la dominación, no es responsabilidad exclusiva de un Trump o su aliado en genocidio Netanyahu, que han perdido los valores occidentales. No es algo que cambiará con elecciones o acaso un impeachment, es decir, no es tan fácil como nos lo pinta la película: confesión, penitencia y autoexilio.

Estos sectores ven el declive civilizacional como producto de ciertos excesos que vienen de una falla coyuntural (un caballo de Troya) que se deriva de una gestión presidencial caótica de Trump. Ven errores en el nivel formal, la manera desbocada en la que se expresa el mandatario, sus mentiras o trucos y la bravuconería cruda con la que realiza sus acciones político militares. En otras palabras, parecería que el problema es que las incursiones militares recientes han perdido el recubrimiento hipócrita de hacerse en nombre de derechos humanos, democracia, auxilio de personas afectadas, que sí existía en el viejo orden. El error de Trump sería solamente quitar el velo, decir abiertamente “America First” y “Make America Great Again”, dejando ver que lo que interesan son los negocios, la apropiación de recursos como el petróleo, o sea, los intereses gringos, pero no la justicia. 

Lo que el liberalismo no quiere reconocer es que, como nos dice Katz (2024), el deterioro hegemónico viene gestándose antes de Trump, y ninguna de las estrategias de contención han servido para detenerlo: el globalismo Clinton, expansionismo Bush, neoliberalismo Obama, proteccionismo Trump ni el intento de neokeynesianismo Biden. Trump es más un producto de estos fracasos acumulados de contención de la regresión hegemónica, no el causante de la misma. La tesis que nos plantea Katz (2026) es que la escalada de las acciones militares de Occidente, lideradas por Estados Unidos son una forma de contrarrestar su declive económico y de Europa. El núcleo de la problemática de Occidente se encuentra, entonces, en la crisis del sistema capitalista mundial, que al tener como protector a Estados Unidos, es este el que recibe muchos de los efectos adversos de sus propias crisis, haciendo que su dominio se tambalee. Es imposible separar la crisis del hegemón mundial de la crisis de este modo de producción y régimen social de clases, varios analistas conectan estos factores con la crisis ambiental y el aumento de la desigualdad mundial, todas tragedias relacionadas con la explotación y dominación capitalista colonial. 

El beneficio de culpar a Trump de todos los males, es que se pueden atribuir todos los problemas a unas cuantas “manzanas podridas”, lo que lleva a que la resolución de estos problemas es simplemente extraer estas ovejas descarriadas y que el show continúe, business as usual. Con esto, evitan examinar la estructura histórica económico-política que subyace a todas las problemáticas que se perciben actualmente. Su objetivo, cuando se llega a circunstancias críticas, es cambiar las cosas sin que cambie nada, cambiar actores sin cambiar el guión. Culpar a Trump permite que el orden económico político no sea criticado y de esa forma, solo requieren un nuevo actor impoluto que venga a restaurar lo perdido, como Telémaco, el niño dorado que será nuestra salvación.

A principios de septiembre, Donald Trump aseguró que, durante los 19 meses desde que regresó al poder, ha logrado más que cualquier otra administración en los Estados Unidos. Foto/X de la Casa Blanca.

El reduccionismo moral aplicado por Nolan al análisis de la causa, se conecta con el restauracionismo neoconservador que aplica a la solución. Si la causa son acciones individuales moralmente reprochables como la codicia, la astucia y el engaño, la solución que nos propone Nolan, también es en la dimensión moral: la confesión de nuestros pecados y la penitencia. En otras palabras, elegir el autoexilio y seguir la línea de sucesión monárquica.

En el mundo real, y esto es algo que a los liberales como Nolan les cuesta ver, nos encontramos en un tiempo de transición marcado por un conjunto de crisis y cambios. La principal crisis que ordena el panorama contemporáneo es la crisis del capitalismo neoliberal (globalizado y financiarizado), las crisis inevitables de este sistema económico se concentran en Estados Unidos, que desde los años 70 viene soportando una crisis tras otra, lo que le ha llevado a una regresión económica que es ya imparable, por más guerras que se invente para intentar mantener su primacía global. Esta situación le lleva a una “frivolidad belicosa” propia de los “imperios seniles”, provocando además una crisis geopolítica mundial. De la crisis del capitalismo también se deriva la crisis ecológica planetaria que pone en riesgo la vida en su totalidad, ya sea humana o no humana. Los límites planetarios que hacen que la vida sea posible están sobregirados (calentamiento global, crisis de agua dulce, extinción de especies, contaminación generalizada, microplásticos, etc.) y estamos en un punto de difícil reversión. 

Por si fuera poco, también se deriva de la crisis del modo de acumulación capitalista neoliberal, que funciona como principio ordenador de las demás crisis, una crisis de legitimidad y del lazo social. Las poblaciones, principalmente los sectores populares y clases medias, experimentan la degradación de la calidad de vida y de las condiciones de convivencia colectiva. Esto lleva a que haya una pérdida de confianza en los gobernantes, las instituciones y los sistemas políticos modernos, así como todas las instituciones intermedias como los partidos, sindicatos, movimientos sociales. Los Estados modernos han perdido capacidad para resolver los problemas de las mayorías populares porque responden casi exclusivamente a las necesidades del gran capital global, pero ideológicamente, los medios de comunicación tradicionales y redes sociales construyen narrativas que crean chivos expiatorios, como los inmigrantes, los musulmanes, la izquierda y los progresismos, los feminismos, etc. todos son demonizados como los causantes de los problemas internos y externos. 

En este panorama surgen diversas formaciones políticas de la ultraderecha, que en América Latina son un intento de restauración de un neoliberalismo zombie. Han venido a infligir una derrota a los movimientos sociales y sectores populares, borrando todos los derechos sociales, políticos y culturales que los ciclos de luchas populares y democráticas anteriores habían intentado mejorar. En resumen, hay una delegación de la soberanía estatal nacional en la tecnocracia supranacional (FMI, BM, UE) que genera una respuesta de escepticismo, antiestatismo o autoritarismo securitario. La reproducción material de nuestras sociedades depende de un proceso mundializado que no puede ser controlado por los Estados Nación.

Salir de la impotencia Occidental

Si algo le hemos de conceder, es que La Odisea intenta representar el momento actual que vivimos. A pesar de estar bastante gastada, la idea del interregno que acuñó Gramsci es bastante acertada para describir nuestra época: lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer, estamos en un interregno donde aparecen monstruos. Álvaro García Linera (2025) le llama tiempo liminal a esta situación intermedia de transición en la que un orden viejo se corroe, pierde fuerza y liderazgo, pero sin que surja algo nuevo, abriendo este periodo de desencanto, confusión, angustia, escepticismo y falsas promesas. En un ambiente de crisis multidimensional, abierto por la crisis del ciclo de acumulación capitalista neoliberal, nos surgen dudas sobre cómo ubicarnos en un tiempo tan caótico, y además, ¿cómo transformarlo por un tiempo más pacífico y con más justicia colectiva? 

La película de Nolan es la enésima confirmación de que el pensamiento moderno occidental no tiene nada que aportarnos a las periferias y al Sur Global. Algunos se mantienen ciegos ante el declive del imperio estadounidense y el mundo Occidental, los pocos que lo reconocen lo hacen a medias o secretamente esperando el resurgimiento de su liderazgo. En esta línea parece ubicarse Nolan, que lo único que nos puede ofrecer es la esperanza por la restauración de un orden hipócritamente respetuoso. El liberalismo cree que cuando la institucionalidad dañada se restablezca, la hegemonía ideológica y autoridad moral serán recuperadas por Estados Unidos. Pero como vimos, si el respeto occidental regresa, tocará mantener las posiciones de alerta y prepararse para más imperialismo, pues incluso bajo el viejo orden “basado en reglas”, existieron innumerables guerras, invasiones y agresiones imperialistas por parte del honorable imperio. 

Teóricamente, Occidente no se encuentra preparado para pensar la realidad de las guerras, ni para una consideración de sus causas y las posibilidades que se abren en este tiempo histórico. Occidente carece de los conceptos y afectos necesarios para pensar la realidad de la crisis múltiple, la confrontación de clase y los conflictos internacionales. La ausencia de categorías como Imperialismo, Guerras y Acumulación Originaria ha provocado la incomprensión del capital, el Estado y la relación entre estos. Es decir, Occidente no tiene respuestas ni para ellos mismos. Por lo tanto, dejemos que Nolan, y los liberales, lloren la caída de su civilización, porque, como dijo Emily Wilson (2026), no tiene nada interesante que proponer sobre el tiempo, la historia, la guerra, las relaciones sociales, etc. 

Proponer salidas político estratégicas no es el objetivo de este artículo, pero no queremos terminar sin dejar algunas notas indicadas. Como hemos visto anteriormente, la crisis multidimensional y sobredeterminada constituye el marco dentro del cual se va a llevar a cabo la acción política. Uno de los primeros pasos es, entonces, comprender la crisis en curso y trabajar con este factor como horizonte temporal que no es reversible a corto plazo. Debemos pensar la política más allá de la estabilidad sistémica, pues las crisis mencionadas solo parecen profundizarse. Sin caer en posiciones de un catastrofismo apocalíptico, debemos mantener y construir un realismo crítico liberador con un fuerte componente antiimperialista. 

Por otra parte, en una época de luchas, disputas, alianzas y antagonismos, las clases trabajadoras populares necesitan más que nunca un proyecto propio nacional, que priorice la integración a nivel regional, continental e internacional, pero desde abajo. Liberarnos del proyecto civilizatorio moderno occidental requerirá construir un proyecto emancipatorio propio que solo puede emerger de aprendizajes, estrategias y alianzas que surjan de los procesos de lucha, resistencia y rebelión de los pueblos de las periferias. 

Ante la incapacidad de Occidente, las periferias y el Sur Global tenemos que volver siempre a nuestros conocimientos propios, por ejemplo la teoría feminista, que ha elaborado desarrollos sobre la reproduccion social, la deuda, la guerra y la violencia, así como la proposicion de salidas desde la defensa de los comunes, el territorio y la autodefensa de las distintas corporalidades. Según Federici y Gago, (2023) las luchas y teorías feministas tienen como objetivo, además de mejorar las condiciones de vida de las mujeres y de las personas disidentes de la heteronorma, cambiar el mundo y las subjetividades. Es desde allí, en conjunto con nuestros saberes ancestrales, desde donde podemos encontrar las formas de organización, los lenguajes, las tradiciones y las imágenes de futuro que nos ayuden a salir de la impotencia, hacia otros mundos más justos para todos y todas, lo que ya no es solo una posibilidad, sino una necesidad primordial.