Lo ideal sería que los médicos supieran cómo suena habitualmente un paciente para detectar si su forma de hablar ha cambiado. Pero recopilar esos datos de referencia implicaría identificar a las personas con alto riesgo de esquizofrenia, grabar sus llamadas, pedirles que utilicen una aplicación a diario o llevar un registro de las entrevistas clínicas —incluso si actualmente no presentan síntomas—.

Hacerlo plantea delicadas cuestiones éticas en torno a la privacidad y la seguridad. “Se trata de un problema realmente complicado”, afirma Brita Elvevåg, neurocientífica cognitiva de la UiT, la Universidad Ártica de Noruega, que lleva casi 30 años estudiando los patrones del habla. “¿Cómo podemos preservar la privacidad personal ahora que estamos empezando a utilizar la tecnología? Me preocupa que la gente no tenga necesariamente eso en cuenta”.

Debido a todas estas limitaciones, los investigadores no creen que la IA vaya a convertirse en un diagnosticador de esquizofrenia a corto plazo. “Es una herramienta, no una panacea”, afirma Vijay Mittal, investigador y psicólogo clínico de la Universidad Northwestern de Illinois. “Estamos en una fase inicial y hay mucho entusiasmo, [pero] hay que actuar con mucha cautela”.

Artículo traducido por Debbie Ponchner