Desplazamiento forzado

Ruth huye de la MS-13 en una caravana

Ruth tenía nueve años cuando unos pandilleros le dispararon en la cabeza, mientras le exigían dinero a su padre. Como sobrevivió y tres de los atacantes fueron condenados a 30 años de prisión, es buscada por la Mara Salvatrucha. Su padre, para protegerla, decidió llevarla en una caravana migrante hacia los Estados Unidos.

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Por Wendy Hernández y Ezequiel Barrera

02 de mayo, 2019

Los seis adolescentes armados rodearon la vivienda rural de los Pérez. Se refugiaron en el silencio y en la oscuridad de una noche de octubre de 2013, para observar entre los árboles. O mejor dicho: acechar. Adentro, era la hora de la cena familiar y ver televisión al mismo tiempo. Ruth, la más pequeña de la familia con nueve años, estaba sentada en el suelo, con un plato de frijoles y queso en las manos. A su lado estaba su hermana, de 14 años, y detrás estaban su padre Luis y su madre.

“Cuando escuché un ruido, salí a ver al patio de la casa. Miré por un árbol, desde el que nos estaban vigilando, y me apuntaron. Cuando vi, todos eran unos cipotillos (adolescentes) y comenzaron a disparar (…) A la niña le pegaron un balazo en el mero cerebro y a mí en el pecho”, relata Luis, cinco años después, mientras espera a que esta noche de diciembre de 2018 acabe para unirse, junto a su familia, a la caravana migrante que iniciará su peregrinaje desde la plaza Salvador del Mundo hacia los Estados Unidos.

“Por la gracia de Dios estamos vivos. No sé cómo, pero aquí estamos y hay que ver cómo sobrevivimos. Y si para sobrevivir hay que irse del país hacia el norte (Estados Unidos), lo vamos a hacer”, dice Luis, sorprendido de ser supervivientes, con su hija Ruth, de la violencia que dejó a 240 personas asesinadas en ese mes y a 2,513 víctimas de homicidio en todo ese año, según datos del Instituto de Medicina Legal (IML).

Esta noche llegó aquí, a la plaza Salvador del Mundo, después del ataque y de cinco años de huir de las constantes amenazas que los pandilleros hicieron a la familia de Ruth. Sin conocer a nadie de los que se han congregado para viajar hacia los Estados Unidos, Luis convenció a su esposa, a Ruth y a su otra hija a que se unieran en la travesía de la caravana.

“Me enteré por la televisión, por los noticieros. Vi que había muchas personas que venían aquí (al Salvador del Mundo) para irse todos juntos hacia el norte. Así que le dije a mi esposa y a las niñas que teníamos que venir y unirnos a la caravana. No conocemos a nadie, solo nos dejamos venir. Ya en el camino vamos a hacer amigos, para que nos guíen. Esperamos que al llegar, se acabe esta angustia de andar huyendo de lugar en lugar”, explica Luis.

La desdicha y desplazamiento forzado de la familia de Ruth comenzó cuando, dos días antes del ataque armado, los pandilleros de la Mara Salvatrucha (MS-13) se enteraron de que Luis recibió el dinero de una herencia que le dejó su padre, y  que “en realidad no era mucho”. Así que lo buscaron y le dijeron que lo querían. Luis se negó. Era todo lo que tenía para arreglar su vivienda e invertir en sus dos lotes de tierra para cultivar más maíz y frijoles, después de malas cosechas. Los pandilleros se enojaron y lo amenazaron. Le dijeron que por no entregarles el dinero lo iban a matar a él y a alguna de sus hijas.

“Yo lo tomé así, como una amenaza que no iban a cumplir. Pues sí, como ya soy un hombre entrado en años, que no se mete con nadie, pensé que no lo iban a hacer. Pero sí, llegaron y nos dispararon. Desde entonces nosotros andamos de aquí para allá y de allá para acá. Si le digo que nos hemos trasladado quince veces, es poquito. Ya no hallamos para dónde irnos”, detalla Luis, con un aire de quien ha probado todo y nada le ha funcionado para escapar.

Por el desplazamiento forzado que han enfrentado de forma continua durante los últimos cinco años, luego del ataque armado, Ruth no ha logrado seguir estudiando. Se estancó en el primer grado de primaria. Desplazarse de un municipio a otro, de departamento a departamento e incluso de El Salvador a Guatemala y Belice, ha hecho imposible que Ruth pueda asistir a una escuela durante todo un año escolar.

Lo que ha sucedido a Ruth es una muestra de lo que suele ocurrir con la niñez víctima del desplazamiento forzado. Save The Children publicó en junio de 2018 un informe denominado “Las múltiples caras de la exclusión”, en el que revelan que la desersión escolar pasó en los últimos cinco años del 10.1 % al 18.4 %. La directora de programas de Save The Children dijo, en esa ocasión, que “un niño, una niña que se va hacia otro sector del país llega no a inscribirse en la escuela ni a accesar a los servicios de salud, llega a estar en una situación de confinamiento”.

Luis, ante estas circunstancias, explica que ha preferido sacrificar la educación para proteger la vida de Ruth y su familia. “Por gracia de Dios está viva, mi niña”, dice mientras esta noche la sienta sobre sus piernas, abajo del monumento Salvador del Mundo y acaricia su cabello.

“Mi hija estuvo tres meses inconsciente, en coma pues. En el hospital me la pelonearon todita. Pero peloncita, peloncita me la dejaron. Y viera que, cuando yo estuve internado en el hospital, después del ataque, los pandilleros llegaron. No sé cómo hicieron, pero me llegaron preguntando si yo había conocido a los que me dispararon a mí y a la niña. Yo les dije que no, para que se tranquilizaran. Luego me preguntaron si la niña los había conocido y les dije que no. Después me preguntaron si ella estaba muerta y yo les dije que sí, que había fallecido. Antes de irse me dijeron: ‘vaya, vamos a regresar en la tarde’. Así que yo inmediatamente pedí el alta (…) Y eso que me dio un derrame por el balazo que me dieron”, recuerda Luis.

Una mujer, enviada por la pandilla, también llegó al hospital Benjamín Bloom, preguntando por Ruth. Como no supo responder cuando le preguntaron si era familiar, los doctores no le dijeron nada y se fue. La madre de Ruth, quien estaba en el hospital, dijo que a esa mujer nunca la había visto antes.

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Ruth es el rostro del desplazamiento forzado en El Salvador. Las estadísticas más recientes sobre el fenómeno indican que en 2018 el 54 % de las víctimas fueron  mujeres. Ellas, según los datos recopilados por la organización Cristosal, tuvieron que abandonar sus viviendas por alguna razón relacionada con inseguridad, violencia sexual y economía.

 

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Mujeres fueron víctimas de desplazamiento forzado en 2018

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Para evitar otro ataque armado, la familia de Ruth decidió refugiarse en casas de sus familiares. Pero a donde sea que iban, colaboradores de los pandilleros los encontraban. Una de esas ocasiones fue cuando, en un municipio de San Salvador, una persona desconocida se acercó a Luis y le dijo que alguien le llamaba por el celular. Luis tomó el teléfono y del otro lado un pandillero le dijo que ya sabía dónde se estaba escondiendo. Así que decidió llevarse a la familia hacia Belice. Su estancia en ese país fue breve, pues le costó encontrar empleo. Cuando al fin halló trabajo, fue de cuidar una finca.

“El problema fue que no me habían dicho que en invierno nadie quería ir a cuidar esos terrenos porque se inundan, y las personas se escapan a morir ahogadas. Una vez así nos tocó. Llovió tanto que se nos inundó la casita que nos habían dado para cuidar los terrenos. Como encontré una balsa, subí a las niñas y a mi esposa y bajo la lluvia naufragamos”, narra Luis, usando sus manos para explicar que el agua probablemente subió hasta los tres metros de altura y que Ruth hubiera muerto ahogada si no fuera por la balsa.

Luego de esa experiencia decidió regresar con su familia a El Salvador. Buscó a tres primos, quienes eran muy cercanos y que habían ayudado a Ruth mientras estaba en recuperación. Pero no los encontró. Otros familiares le contaron que los tres primos fueron privados de libertad por pandilleros.

“Cuando vine a El Salvador, mis otros familiares me preguntaron que por qué me había regresado. ‘Aquí la cosa está seria. Mataron a Medardo y a Benarbé, y a José no lo hallan’ (le dijeron). Cuando yo escuché eso, dije: ‘¡Hay, Dios mío!’. En una finca dicen que los dejaron. ¡Qué duro es esto!”, exclama Luis, llevándose sus manos al rostro para limpiar las lágrimas que han brotado. “Ya ve por qué me quiero ir con mi familia. Ya no podemos vivir aquí. Ya decidimos y preferimos ir a morir por allá, en vez de que nos maten aquí”.

Después de unos días de haber regresado de Belice y mientras se refugiaban en casa de unos amigos, Luis recibió una llamada en su celular. Como era un número desconocido, le dijo a una de sus hijas que se preparara para grabar la llamada. Cuando contestó, el pandillero que le llamaba le dijo que ya sabía que estaba de regreso en El Salvador y que no se le había olvidado que aún le “debía” el dinero de la herencia.

Con la grabación, y por consejo de unos amigos, fue a la Fiscalía General de la República (FGR) a denunciar todo lo que había ocurrido.

“Yo no sé cómo es que hacen para conseguir mi número de teléfono. La cosa es que la niña grabó la llamada y eso ayudó mucho a que la policía capturara a tres de los que nos atacaron. Los tres ya fueron condenados a 30 años en la cárcel. Los otros tres todavía andan afuera y esos son los que han estado buscando”, relata.

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El Salvador ocupa la casilla diez de los países que reportan más víctimas por desplazamiento forzado interno en el mundo, según el Centro de Monitoreo de Desplazamiento Interno (IDMC). El estudio de la IDMC detalla que alrededor de 296,000 familias se desplazaron en 2017, a causa de la violencia generalizada. El Salvador es la única nación del continente americano que figura en este top. Países como Siria, Sudán del Sur y Etiopía, que tienen conflictos armados internos, encabezan el mismo ranking en que está nuestro país.

En octubre del año pasado, un fenómeno centroamericano se desató: familias, niños, jóvenes y adultos huían de sus países por falta de oportunidades y problemas sociales, como el desempleo y la violencia. Todo empezó en Honduras con un éxodo en el que 20,000 hondureños decidieron dejar su país. 

Esta caravana fue el inicio de peregrinaciones que provendrían también de Guatemala y El Salvador, todas con rumbo a los Estados Unidos. El origen del problema seguía siendo el mismo: la pobreza y la violencia generalizada, según testimonios de migrantes a medios internacionales. Migrar en grupo se volvió la opción más viable para estas miles de personas que buscaban un mejor futuro y no contaban con los medios para pagar un viaje seguro y legal con visa.

El Estado salvadoreño ha reconocido “tímidamente” el desplazamiento forzado interno, luego de negarlo y minimizar un problema llamándolo “movilidad interna”. El gobierno del FMLN se retractó a través de su ministro de justicia y seguridad pública, Mauricio Ramírez Landaverde, quien el 8 de abril de 2019 entregó a la Asamblea Legislativa un documento que contempla Estándares Mínimos para la atención de las víctimas, según los parámetros de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y  la sentencia emitida por la Sala de Constitucional en 2018, que exige reconocer y crear políticas públicas a favor de los desplazados.

Félix Ulloa, vicepresidente electo, dijo que el gobierno saliente tiene la oportunidad de  “reconocer” y “trabajar” en la problemática, en lo que resta de su mandato. De no ser así, prometió que el gobierno de Nayib Bukele “retomará” las recomendaciones que organizaciones de la sociedad civil hacen sobre el desplazamiento forzado interno.

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El futuro de Ruth y su familia es incierto. Desde que la caravana migrante partió, GatoEncerrado perdió contacto con la familia. Luis dijo que antes de tomar la decisión de unirse a la caravana, fue a la embajada de los Estados Unidos en El Salvador para pedir asilo. El personal de la embajada le dijo que no era posible, pero que le recomendaban ir a los Estados Unidos por cuenta propia y dejarse capturar por agentes de migración.

“Ahorita no hay asilo político en los Estados Unidos, me dijo. Tú lo que tienes que hacer es dejarte agarrar en los Estados Unidos. Ahí es cuando debes hablar y presentar las denuncias que hiciste en la fiscalía. Y que hable la niña (Ruth)”, relata Luis, sobre lo que le dijeron en la embajada, días antes de irse en la caravana.

Los nombres de Ruth y Luis fueron modificados por su seguridad*


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