Las voces que ignoran los diseñadores de la Ley de Reconciliación

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La cuenta regresiva para que la Asamblea Legislativa apruebe la Ley de Reconciliación nacional está a punto de acabar. Los diputados tienen hasta el 28 de febrero para elaborar una ley que cumpla con los principios de verdad, justicia, reparación y garantías de no repetición, como establece la sentencia de la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia (CSJ).

La Mesa Contra la Impunidad ha denunciado que la Comisión Política de la Asamblea Legislativa sigue ignorando a las víctimas.

Solo en enero, los diputados de la comisión realizaron siete foros para conseguir insumos y elaborar la ley, pero esos espacios no tenían una metodología a seguir y no eran abiertos a todas las víctimas, según la Mesa Contra la Impunidad. 

Algunas de las voces ignoradas, en el proceso de aprobación de la ley, hablaron con GatoEncerrado y estas son sus historias.

Carlota Ramírez perdió a su padre el 10 de mayo de 1982. Se lo llevaron los escuadrones de la muerte. También se llevaron a sus sobrinos y a su cuñado: “Ese mismo día asesinaron a mi hermano mayor y a mi hermana menor. Otro de mis hermanos estaba desaparecido. Yo salí a buscarlo. Cuando llegué a donde mi papá, encontré los cuerpos. A partir de ese día salimos sin rumbo, mi madre, mi hijo y yo. A los dos meses desaparece mi otro hermano (padecía epilepsia). Fuimos perseguidos por ser parte de comunidades de base. Por seguir el legado de Monseñor Romero”.
Sofía Hernández denuncia que, a la fecha, no conoce el paradero de los restos de sus familiares: El 23 de marzo de 1980, un día antes que mataran a Monseñor Romero, entraron al cantón en el que vivía más de 300 guardias y mataron a su cuñado y a su sobrinos, quienes estaban yugando unos bueyes para ir a trabajar. "Después desapareció mi hermano, el 2 de mayo del 80. Tenía 41 años. Se llamaba Juan Francisco Hernández. Después desapareció el hijo de mi hermano, sé que se llamaba Andrés. Y mi hermano menor desapareció en el propio pueblo cuando iba a comprar frijoles. Hasta ahorita no sabemos del paradero de mi hermano. Ese es un dolor que nunca pasa, ese dolor de estar pensando en lo que hicieron con ellos, en dónde los dejaron. Cuando otro mío hermano fue a pedir al juez de Verapaz que fuera a reconocer a mi cuñado, le dijeron que los que mataba la Guardia y que no tenía derecho a ser reconocido”.
Dorila Márquez perdió a su padre, madre, a sus dos hermanas (una de ellas estaba embarazada) y a cuatro sobrinos menores de edad. Es testigo de la masacre de El Mozote, Morazán. “Yo no quisiera que se volviera a repetir la amnistía en ninguna ley. Queremos que la ley sea en favor de las víctimas. Yo estuve en el momento de la masacre, hasta le dieron un balazo a mi hijo. A mi esposo también le masacraron cinco familiares. No me han contado, lo viví en carne propia”.
Teresa Menjívar Peña viuda de Chavarría fue víctima de la Guardia Nacional en Nueva Trinidad, Chalatenango. Junto a otras mujeres colaboraba con la preparación de comida para los guardias, como manera de sobrevivencia, pero esto no las libró de sufrir abuso físico y sexual, por parte de los militares. Su esposo fue asesinado y ella tuvo que huir con sus hijos: “Yo a mi marido lo encontré muerto, al papá de mis hijos. Me he quedado a luchar por mí. Nosotros no éramos malas, porque nosotros íbamos a ayudarles al comedor para que ellos mismos comieran. Como nos miraban solas, y no solo yo, todas las mujeres solas, hacían lo que querían. Nosotras nos encaramábamos en unos palos de marañones, para que no nos agarraran”.
Elvira Espinoza huyó de los soldados en mayo de 1980. Ella y su familia se escondieron en montarrales y quebradas, para ocultarse de sus perseguidores: “Salí con mis dos niñas, mi mamá, mi papá. Nos fuimos para un cantón que le dicen San Antonio Chanmico. De ahí nos vinimos para San Salvador, porque nos avisaron que no llegáramos, porque habían quemado la casa. Lo hicieron los de la Guardia Nacional. Sacaron todo, se llevaron al ganado, vaciaron los graneros de maíz y de frijoles. Eran bastantes. A mi hermano lo mataron ahí”.
María Cecilia Abarca es familiar de víctimas de la masacre El Calabozo, San Vicente. Su familia se desintegró durante una de las muchas guindas, ella sobrevivió al huir con su abuela: “Yo perdí a mis padres. Cuando fue la masacre tenía un año y medio. Fue mi abuela la que me crió, tuve que crecer sin ellos. A mi mamá la conocí por una foto y de mi papá no tengo memoria. Perdí a muchos primos, primas, tíos”.

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