Opinión - REDIA

Después del coronavirus: cinco discusiones

Óscar González

Óscar González

Comunicador, periodista e investigador social.

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Óscar González

Óscar González

Comunicador, periodista e investigador social.

La pandemia finalizará en algún momento, aunque no sin haber trastocado la vida de muchas personas, ya sea solo porque tuvieron que cambiar sus hábitos por el encierro o porque perdieron seres queridos. Pero pasará. Las dinámicas irán, a su ritmo, retomando su curso. Hay quienes piensan que la humanidad realizará cambios fundamentales a partir de lo experimentado por el COVID-19, pero otros piensan que no y que volveremos a ser los mismos, a hacer lo mismo. No quiero posicionarme de un lado ni de otro, más bien quisiera plantear cinco puntos que, me parece, serán claves en la realidad social posterior a la pandemia.

1. Pobreza y desigualdad. Según un informe de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), el efecto global del coronavirus será “devastador”. Solo en Centroamérica proyectan que se perderán 3 millones de empleos. La CEPAL advirtió, además, que el impacto económico agudizará la problemática de la pobreza extrema ($3.20 por persona por día), aumentando la cifra de personas que se ubican en esta categoría. El Banco Mundial estima que, a raíz de la pandemia, la economía salvadoreña se podría contraer en un -4.3 % en 2020.

Estas cifras, por supuesto, son tentativas y se encuentran en constante movimiento, pero lo que sí es claro es que habrá más pobreza en un país tan desigual como El Salvador, donde muchas familias no cuentan con los ingresos mínimos requeridos para satisfacer sus necesidades básicas, mientras que una minoría concentra la riqueza del país: en 2014, por ejemplo, Oxfam El Salvador presentó un informe en el que establecía que el 20% de la población concentraba el 48.4% del ingreso nacional.

Con la deuda externa, el préstamo de emergencia por el coronavirus y la reactivación de las dinámicas económicas, sumada al aumento de la pobreza en el país, el panorama posterior se presenta crítico en un país habituado a reproducir desigualdades.

2. Elecciones. Aunque la pandemia termine, una de sus secuelas será en materia político-electoral. Para 2021, habrá elecciones legislativas y municipales en El Salvador y, sin duda, las decisiones asumidas durante la pandemia se posicionarán en el debate público. En el cálculo político, todos buscarán beneficiarse de la situación actual. Unos pondrán todo su esfuerzo por posicionar a su favor las acciones tomadas para hacer frente a la pandemia, mientras que otros buscarán cuestionar las mismas.

No será el único tema que se inscribirá en el debate. Otro, por supuesto, será el de seguridad, el cual ha sido una de las grandes apuestas de esta administración. La implementación del plan de seguridad, así como sus resultados, serán blanco de elogios por parte de algunos y de críticas por otros.

Pero no solo los políticos intentarán colocar en la discusión temas, sino que también la sociedad civil y las organizaciones sociales. En el debate público entrará, sin duda, la Ley de Agua. La última vez que esta discusión fue postergada ocurrió en 2019, cuando los diputados decidieron derogar el acuerdo por los primeros 14 artículos de la ley. Los políticos han hecho todo por evadirla, pero se debe actuar para comprometerlos a aprobarla. Continuar presionando, una vez que asuman sus curules, por lograrlo.

En este aspecto se trata de dos puntos. Uno es que no se debatan de forma superflua los primeros dos temas, sino que se profundice en ellos: para mejorar los sistemas de salud o tomar más medidas para reducir la desigualdad, por ejemplo. Y segundo para que no sean los políticos quienes decidan qué temas tratar, sino que la ciudadanía ejerza mayor actividad en el debate político (este punto lo retomaré en el punto sobre la democracia).

3. Sistemas de salud. El personal de salud con su arduo trabajo ha sido fundamental para hacer frente al coronavirus. Esta pandemia volvió a recordarnos cuán importante es tener sistemas de salud fortalecidos, personal preparado y condiciones para hacer frente a crisis sanitarias.

Fortalecer el nuestro debe ser una discusión vital. Con el Covid-19, surgió el riesgo de que el sistema de salud nacional colapsara (este riesgo sigue latente). El sistema de salud presentaba desde antes problemáticas, fragilidades y carencias que deben solventarse. Una vez pasada la pandemia, hay que invertir aún más en salud tanto en la reestructuración y mejoramiento las condiciones de los hospitales (esto incluye tener equipo suficiente y adecuado), profundizar más en el conocimiento y capacidades del personal médico, a la vez que se mejoran sus condiciones laborales. De hecho, inmediatamente, tras la pandemia hay que tomar medidas para apoyar al personal de salud, ya que estará agotado.

Asimismo, deben revisarse y actualizarse los protocolos de salud y reflexionarse sobre las visiones que se tienen en esta materia. Esto implica también la apuesta por el crecimiento en áreas científicas, a fin de incrementar las capacidades adaptativas a nuevos escenarios que podrían darse a futuro.

Por otro lado, la apuesta de salud debe también pensar en los pacientes. Al concentrarnos tanto en el coronavirus, no sabemos aún qué circunstancias encontraremos respecto a la salud de personas que padecen otras enfermedades. A posterior, también es necesario repensar temas como el servicio y la atención a los pacientes, la cobertura, el abastecimiento de medicamentos, etc.

Hay diferentes elementos que han configurado el impacto de la pandemia en el país. Es muy limitado comparar los sistemas de salud solo por la cantidad de personas infectadas o fallecidas por COVID-19, ya que se conjugan una serie de factores. Todos estos aspectos deberán revisarse para detectar las fortalezas y las deficiencias que existen en nuestro sistema.

4. El entorno. El coronavirus demostró que es posible cambiar, modificar o alterar al menos un poco nuestros hábitos para responder a problemáticas. La pandemia se planteó como un asunto urgente, que requería que se actuara de inmediato.

Sin embargo, hay otras situaciones que también requieren acciones tanto políticas como ciudadanas. Una que debe ser primordial es el replanteamiento de la relación del hombre con la naturaleza. Una de las ideas generales que se tiene es que “la naturaleza debe ser dominada” o que esta y sus recursos pueden ser explotados para beneficio de la humanidad, bajo la concepción del “desarrollo”. Es decir, se promueve una visión utilitaria y mercantilista que es nociva para el entorno.

La contaminación, el cambio climático, la crisis hídrica son temas que deberían ser tratados con la misma urgencia que el COVID-19; no actuando, por supuesto, sin reflexionar, pero tomando decisiones. Los escenarios que podrían presentarse pueden ser incluso más críticos que con la pandemia.

Anteriormente mencioné que hay diversos factores que influyen en cómo impacta una pandemia en una sociedad; pues el estado de los ecosistemas es uno de ellos, y uno de los principales. Por ejemplo, la pérdida de biodiversidad, aseguran expertos, aumenta el riesgo de enfermedades infecciosas. La naturaleza presenta grandes beneficios para la salud en muchos aspectos. Además, funciona como barrera ante algunos virus y enfermedades.

5. La democracia y ciudadanía. Previo al contexto actual aconteció una situación delicada en materia democrática, cuando el presidente de la República Nayib Bukele irrumpió en la Asamblea Legislativa acompañado de militares… Durante la pandemia, se dan también muchas circunstancias que han generado mucha controversia, pero ante la emergencia sanitaria ciertos aspectos son complicados de evaluar. Para lo que sí hay que prepararse es para el contexto tras la pandemia, plantearse en qué estado se encuentra la democracia salvadoreña y qué hay que hacer para que no sea tan frágil.

Dentro de la tendencia de la cool-ture, donde pesa más lo popular que los argumentos, es de ser muy precavidos con respecto a la cuestión democrática. Me parece que, más allá de simpatizar o no con políticos, hay que fomentar una ciudadanía crítica y responsable. No crítica en un sentido de decir lo que se quiera y cómo se quiera porque puede, sino una capaz de cuestionar las decisiones y acciones de sus mandatarios. Pero también crítica de la ciudadanía consigo misma, que solo espera respuestas de sus representantes, sino que debe participar y actuar más para defender sus derechos. Esto también requiere de mucha responsabilidad de la misma, con respecto a lo que dice y hace, a lo que permite y limita.

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