Bitácora COVID-19

Vivencias de un ciudadano en un centro de contención

Este es un texto íntegro de una persona que estuvo en un centro de contención, instalado en el hotel Kartagus. El texto fue compartido a GatoEncerrado para explicar lo que vivió esa persona durante el confinamiento y las arbitrariedades de quien estaba encargado del centro. 

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El día 16 de marzo de 2020, todos los salvadoreños que entramos al país, ya sea por vía aérea, terrestre o marítima, tuvimos que pasar un proceso de cuarentena obligatoria bajo un supuesto de 30 días. Esto por un decreto impuesto por el Órgano Ejecutivo, lo cual implicó que después de salir del avión nos llevaron a seguir una fila para que nos tomaran la temperatura, nos apartaron del grupo y luego nos escoltaron a una zona de aislamiento, donde se nos hizo esperar una media hora para luego ser atendidos por oficiales de migración, quienes nos llenaron los datos de ingreso a El Salvador.

Después de esto, pasamos con personal del ministerio de salud, quienes nos tomaron nuevamente la temperatura y llenaron una hoja con nuestros datos explicándonos que estaríamos 30 días en cuarentena en un centro de contención –llamado popularmente albergue–, donde seríamos trasladados ese mismo día.

Todavía en el aeropuerto, se nos dio algo de comer. El lugar estaba rodeado por autoridades de Salud, Migración, Policía Nacional Civil y Ejército. Esperamos una hora más para ser llamados por nombre. Un grupo de 10 personas hicimos fila, acompañados de alguien del personal del Gobierno, para salir a la pista del aeropuerto, recoger nuestras maletas y abordar un bus que nos trasladó a un hotel ubicado en la capital.

Al llegar al lugar asignado, se nos dieron algunas instrucciones en la entrada, por parte del médico encargado del centro. Íbamos 3 mujeres –2 de ellas profesionales de la salud: médico y enfermera graduada–,7 hombres, una mujer que acababa de ser operada y un hombre con síntomas provocados por una descompensación alcohólica. A estos últimos se les atendió con prioridad. Al entrar, se nos dijo que siguiéramos a un mayor del Ejército, quien nos indicó por dónde subir llevando nuestras maletas. Debíamos caminar sin tocar las paredes del lugar, debido a que las habitaciones que se nos asignaron estaban ubicadas en la segunda planta.

Llegamos a un patio que estaba techado hasta la mitad y ahí se nos dieron algunas indicaciones. Volvieron a tomarnos los datos a cada uno, la hoja que nos brindó el personal de Salud en el aeropuerto se la quedaron y volvieron a decirnos que estaríamos durante un mes ahí, en una habitación con capacidad para 8 personas para los hombres y una habitación para 3 personas donde se ubicaron a las mujeres del grupo.

Cuando entramos, cada quien se estableció en la cama que mejor le pareció. Pero casi de inmediato, el hombre que estaba en un estado de descompensación alcohólica se desmayó y convulsionó. Lo cual notificamos de inmediato al personal de Salud asignado en ese momento, quienes tomaron la decisión de sacarlo de emergencia y hospitalizarlo. Es así como de nuestro grupo quedamos 9 personas.

El médico encargado del centro llegó a decirnos que necesitaba que eligiéramos un representante del grupo. Esa responsabilidad se la delegamos al hombre con mayor edad. Esto también ocurrió en la habitación de mujeres. Al estar ubicados, algunos nos presentamos y compartimos de dónde veníamos: la mayoría procedente de Estados Unidos, uno de España y uno de Ecuador. Nuestras edades oscilaban entre 18 a 54 años, personas trabajadoras y honradas. Ese día no se nos dio almuerzo, comimos hasta el tiempo de cena.

Con mucha tristeza e indignación nos dimos cuenta que el representante del grupo era una especie de informante del encargado del centro de contención. Incluso intentaba mantener comunicación con otro grupo más grande, además de que en su momento él tenía una especie de trato especial en cuanto a la alimentación o cualquier cosa que solicitaba. Al mismo tiempo supimos que mantenía comunicación vía telefónica con el encargado para ponerle al día de lo que había visto y escuchado diariamente. ¡Eran acciones mezquinas, cargadas de egoísmo, utilitarismo e ignorancia!

De alguna manera encontrábamos el espacio para conocernos y conversar acerca de nuestro trasfondo familiar, dónde vivimos, a lo que nos dedicamos, detalles personales. Esto según se iba desarrollando la confianza entre nosotros. Eso también ocurrió con el grupo de las mujeres, hacia quienes nos dirigimos con respeto y en algún momento coincidimos y charlamos de algunas cosas.

La rutina diaria durante ese tiempo regularmente fue la siguiente:

Nos despertábamos entre 5:00 y 7:00 a. m. Generalmente, la mayoría tomamos un baño, realizamos actividades variadas como leer las Sagradas Escrituras, meditar, orar, hacer ejercicio, hablar con alguien por teléfono. Esto antes de que nos llevaran el desayuno.

Después desayunábamos, nos lavábamos los dientes, lavábamos nuestra ropa. Algunos leíamos algún libro o noticias, escuchábamos música, hablábamos por teléfono con alguien o jugábamos con el teléfono.

Seguidamente nos llevaban el almuerzo, nos lavábamos los dientes, veíamos noticias, ya sea de forma digital o en la televisión que teníamos en la habitación.

Según los intereses de cada quien, por la tarde hacíamos actividades como: escribir, leer, hablar, caminar, ver televisión, conversar y otras actividades.

De 6:00 p. m. en adelante nos tomaban la temperatura, luego nos llevaban la cena, cenábamos, nos lavábamos los dientes y nos comunicábamos por teléfono con familiares y amigos o veíamos televisión, para luego apagar todo y descansar, aunque algunos nos quedábamos hablando o jugando por medio del celular.

El personal de salud de turno que nos atendían, que por lo general fueron personas muy amables, nos tocaban la puerta de la habitación 3 veces al día, lo cual coincidía con los tiempos de alimentación. Saludaban, nos tomaban la temperatura –antes del desayuno o la cena o según el criterio de quienes estuvieran de turno– nos proporcionaban los alimentos u otras cosas que necesitábamos o solicitábamos. Cuando nos tomaban la temperatura, nos preguntan el nombre y anotaban el dato en una tabla de control. También nos atendió el personal empleado del lugar vía telefónica. Donde estábamos, se mantenían representantes de la PNC y el Ejército.

En algún momento se nos dieron unos números para que solicitáremos asistencia psicológica, lo cual en más de alguna ocasión ocurrió. En cierta ocasión, nos pusimos de acuerdo para hacer una llamada colectiva con los amigos del grupo de la habitación. En la llamada, expresamos todos que nuestra salud mental dependía en ese momento única y exclusivamente del regreso a cada uno de nuestros hogares, lo cual la psicóloga que nos atendió nos dijo que teníamos la razón.

Hubo un momento en que me permitieron pedirle a un amigo que me comprara tratamiento para una infección que me dio en una muela y luego que me la llevara. Después, ahí me dieron medicamento que solicité para un dolor que tuve en un oído. Me llamó la atención que a dos de los amigos de la habitación que son diabéticos, y uno de ellos padece de la presión arterial, les realizaron los exámenes de la glucosa y tomaron la presión arterial en varias ocasiones, al mismo tiempo les dieron los medicamentos respectivos que tenían a la disposición, también a otra persona le dieron medicamento para el dolor de oídos y a otros les proporcionaron crema antimicóticos.

En cuanto al tema de salud física también hubo personas que podían solicitar a familiares o amigos que les llevaran medicamentos prescritos y nos los hacían llegar en el centro.

También nos dimos cuenta que tres señoras más adultas en el centro pedían algunas cosas que necesitaban, ya que por el estado de salud de cada una de ellas necesitaban una dieta distinta a la regular y algunos medicamentos prescritos. Además, tanto a ellas como a nosotros nos permitieron llevar una cafetera y al mismo tiempo nos proporcionaron café, algunas galletas y pan dulce. Lo cual consideramos hasta ese momento que todo iba bien.

Nuestro malestar comenzó cuando no nos daban mayor información sobre las respuestas de las pruebas para detectar COVID-19 –las que fueron administradas inicialmente a cinco personas de las 37 que estábamos albergadas en ese lugar–. Eso también ocurrió cuando preguntábamos acerca de nuestra salida al acercarse la fecha o pasados los días que nos habían mencionado en la hoja que firmamos al inicio y que ellos conservaban.

En la segunda semana se dio un pequeño desacuerdo entre dos de los amigos que compartíamos la habitación –uno de ellos era el representante del grupo–. Esto hizo que subiera el encargado del centro de contención, quien de forma amenazante nos dijo que al momento de entrar ahí habíamos perdido nuestras derechos y garantías constitucionales. ¡Lo cual no era cierto! Ninguno de nosotros había cometido algún delito. Como consecuencia del desacuerdo, se nos sancionó para que no saliéramos al patio ya sea a tomar el sol, caminar, leer, hacer ejercicio. El encargado fue bien enfático en que solamente podíamos salir a tender y recoger nuestra ropa cuando la laváramos. Y nos preguntamos: ¿acaso estábamos en una especie de sistema penitenciario?

 

A partir de ese día, cada ocasión que llegaba el encargado era un momento de alta tensión para nosotros. ¡Quedábamos mucho más cargados emocionalmente! El encargado hacía alarde de su poder y aparente superioridad, diciéndonos la supuesta etimología de la palabra cuarentena –sacado improvisadamente de Wikipedia–. Nos decía que puede ser un tiempo indefinido de hasta dos años si él así lo decidía. ¡Lo cual era completamente falso en términos tanto etimológicos como médicos!

Cuando nos dimos cuenta de que no éramos escuchados empezamos a ver qué medios de comunicación y organizaciones que velan por los derechos humanos nos podían apoyar con alguna nota, comunicado, inspección u otro recurso jurídico-legal que nos pudiera amparar ante los atropellos que estábamos viviendo para entonces. Así fue que de varias de las puertas que tocamos nos atendieron algunos medios de comunicación y algunas instancias que podían ayudarnos, en cuanto a proceder en base a nuestras leyes y exigir de forma no violenta nuestros derechos. Lo cual así sucedió, ya que algunos medios y organizaciones pusieron atención a nuestra situación, de tal forma que publicaron y apoyaron nuestro caso.

Había un grupo más grande de 28 personas, que llegó un día antes que nosotros. Ellos estaban albergados en un lugar un poco más amplio, que tenía vista hacia la calle, todos venían procedentes de Honduras por una actividad religiosa, quienes en su momento se mantenían en una actitud demasiado sumisa, enajenada e intimidada por las autoridades del centro de contención. Quisimos como grupo establecer un dialogo, pero ellos decían que solamente teníamos que pedirle a Dios que nos sacara… ¿Acaso Dios no ama la justicia y el derecho como se menciona en las Sagradas Escrituras?, ¿es un Dios que ordena que le sobemos las manos a quienes nos oprimen?, ¿avala Dios las injusticias de forma tácita?, ¿acaso la fe sin obras está muerta?

Cuando ya teníamos 38 días de cuarentena, el encargado llegó a decirnos que podíamos salir en el momento que quisiéramos, que él no iba a detener a nadie, solamente que la persona que saliera le firmaría un documento y el no entregaría la hoja que hace constar que esa persona saldría dada de alta y que dicha persona caería en una ilegalidad, lo cual implica que en su momento a esta persona la llegarían a traer a su casa o donde estuviera para ser procesada como un delincuente. Es decir, ¡iría a la cárcel! Ese día, el encargado también actuó de forma sarcástica preguntándo a los dos amigos más jóvenes del grupo si conocían Mariona. Les dijo que en ese lugar, donde estuvimos, las condiciones son mucho más cómodas que ese conocido centro penitenciario. ¡Lo cual fue completamente indignante y repulsivo escucharlo viniendo de un supuesto profesional de la salud!

Una de las señoras dijo al encargado del centro que ya había iniciado un proceso jurídico-legal en su contra, por las irregularidades y abusos de su parte. Eso lo puso en alerta e intuimos que fue la causa principal por la que se nos sacó de ese centro.

Haber estado en ese centro nos hizo constatar que tanto el presidente de la República, el ministro de Salud y el encargado del centro, manejaban una versión distinta de lo que ocurre en el interior de los centros de contención. Este variedad de discursos tendía a ser una maniobra que intentaba confundirnos, causando más tristeza, enojo, sentido de impotencia, angustia y estrés al no tener la información correspondiente, la cual cuando se brindaba era vaga, ambigua o incluso dudosa, ¡una manera demagógica de manejar el asunto! Hasta el momento, por lo visto en los medios disponibles, la situación ha empeorado, la situación con acciones que paulatinamente se han vuelto más represivas y violentas tanto dentro como fuera de los centros de contención, avalando el uso de la fuerza y coerción por parte de los cuerpos de seguridad oficiales.

Salimos el 23 de abril de 2020, ¡39 días después de haber ingresado! Antes habíamos realizado algunas gestiones desde dentro hacia afuera para dar a conocer nuestro caso a entidades y medios ¡que sí nos escucharon! El día que salimos, por la mañana, todo parecía que iba a ser igual, pero de forma inesperada y más o menos a la mitad de la mañana escuchamos un grito de alegría desde el otro lado: ¡nos vamos! Luego se nos avisó por parte del encargado que ese era el día de nuestra liberación, ¡por fin!, ¡libres al fin!, ¡qué Buena Noticia! En Mi caso había iniciado a lavar mi ropa, pero prácticamente tenía todo listo, solo arreglar algunos detalles de mi equipaje, ¡algo muy esperado e inesperado a la vez!

Al llegar a este punto es sumamente importante y hasta concluyente hacer destacar lo siguiente:

Las medidas adoptadas por el gobierno de nuestro país, tienen su origen en la valiosa asesoría de Carlos Garzón y su equipo, quienes son representantes de la OMS –Organización Mundial de la Salud– en El Salvador. Esto es importante recalcarlo sin fanatismos religiosos e ideológico-políticos de ningún tipo, ya que si lo vemos desde el punto de vista de la fe, Dios los trajo a nuestro país para llevar a cabo todas las disposiciones y políticas que ahora vemos en cuanto a salud, las cuales han sido bastante acertadas ¡y hubieran sido acatadas independientemente por cualquier gobierno que estuviera de turno en nuestro país!

Sin embargo, una cosa es la asesoría y otra es la operatividad de lo reflejado en las estrategias de salud y protocolos escritos hasta ahora, ya que una de las falencias es que a los profesionales de la salud, sí se les capacita pero no se les brindan en algunos casos los implementos y condiciones de infraestructura necesarias para que ejerzan con mayor efectividad su valiosa y destacada labor. Por el momento se continúa improvisando con nuestras vidas. ¿Es justo eso?

La información en los centros de contención la manejan y monopolizan los encargados y no profesionales de la salud de turno, quienes atienden directamente a las personas que están cumpliendo su tiempo de cuarentena. Esto es desconcertante, ya que toda persona tiene derecho a saber cómo está mientras es paciente de quienes le atienden más aún en un estado de emergencia sanitaria como el que estamos viviendo a nivel nacional y mundial. Además, al personal de salud de turno no se les brinda la información necesaria de los estados de salud, expedientes, exámenes y pruebas de cada paciente del centro de contención.

El uso de maniobras violentas que involucran miedo, terror, intimidación, amenazas, uso de la fuerza y sanciones de más días de confinamiento en los centros de contención son completamente contraproducente, ya que todo eso atenta contra la salud integral y especialmente psicológica de quienes están pasando el tiempo de cuarentena en dichos centros, además también involucra y afecta de forma directa a las familias, amigos y comunidad de origen de las personas que salen de los centros de contención.

En el marco jurídico-legal, al proceder de esta manera se han dado graves violaciones a la constitución de la República de El Salvador, específicamente en sus artículos 1, 2, 35, 51, 65-70, además de derechos humanos que se ven cruelmente vulnerados al no brindar la información puntual acerca de la salud, exámenes o resultados de pruebas a las personas que acatan la cuarentena, dando espacio para la apelación del recurso ante la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia (CSJ) que todo ciudadano tiene de un hábeas corpus.

La salud es un derecho humano básico, fundamental y elemental en cualquier parte del mundo, teniendo implicaciones políticas, educativas, económicas y medioambientales, mas no es un tema de seguridad pública donde se empodere en exceso a los cuerpos de seguridad para imponer y ejercer el uso abusivo de la fuerza para con el pueblo.

Es sumamente importante que el gobierno de nuestro país sepa realizar su labor democrática con sabiduría, ya que hasta el momento ha ocurrido completamente lo contrario. Además de un desgaste con distintos sectores de la sociedad civil organizada, los políticos, los juristas, la empresa privada e incluso instancias internacionales que son garantes de los derechos humanos, para lo cual hay que manejar las cosas de manera presencial y prudente y no desde las redes que ha sido la palestra de desahogo venenoso, capricho, arbitrariedad, demagogia, desacreditar y denigrar de manera oficial a quienes piensan de forma distinta y a adversarios políticos, además de desprestigiar y tratar de manera intolerante a personas, instancias locales e internacionales que velan por los derechos humanos.

La selección y administración de los actuales centros de contención, debe ser asumida y desempeñada por profesionales capaces y calificados que manejen con humildad, humanidad, sabiduría, prudencia, destreza y transparencia en dichas instancias. Este perfil que es sumamente útil y necesario en estos momentos, al mismo tiempo que no responda a intereses político-partidarios y económicos, sino acorde a su juramento hipocrático y la Constitución de la República y al Código de Salud de nuestro país.

La cuarentena dentro y fuera de los centros de contención ha generado serios problemas relacionados a la violencia intrafamiliar, los cuales no se mencionan y se ocultan desde el oficialismo. Esto es sumamente preocupante debido a que no se está atendiendo como parte de una problemática e incluso no se tiene un plan integral de salud pública real y acorde a nuestro país.

Es sumamente necesario y ¡urgente! que reconozcamos que como pueblo salvadoreño debemos apoyarnos, tener compasión, ser empáticos y solidarios. Es completamente inadecuado, falaz y denota un alto nivel de ignorancia el hecho que denigremos con insultos, desprecio y calumnias a nuestros hermanos salvadoreños que están en un centro de contención o que han sido llevados ahí de forma injusta por el endurecimiento de las leyes o decretos que atentan y abusan violentamente de nosotros como pueblo.

En un pasado inmediato y actualmente continuar haciendo alarde de orgullo, soberbia y prepotencia desde el poder es algo que denota aún mucha más ignorancia y sobre todo inmadurez, ya que al usar un lenguaje vulgar e indigno y frases peyorativas para referirse al pueblo que se preside es algo de lo que como pueblo tenemos que estar atentos y vigilantes, ya que estas acciones han tenido graves repercusiones en discusiones y debates estériles, propios de conductas maquiavélicas que lejos de unirnos nos han enfrentado, cumpliendo el objetivo perverso de fragmentarnos y evitar organizarnos para la unidad.

Se han radicalizado más las cosas. Al parecer desde un inicio de este periodo presidencial se está en una especie de campaña electoral disfrazada y envuelta por medios inoportunos que han erosionado el tejido social por estar en desacuerdo con el oficialismo. Esto se ha transmitido incluso a través de los medios popularmente usados por ciudadanos que no tienen algunas veces ni la más mínima idea de qué está ocurriendo, en cuanto a validar un sistema opresor que vulnera de forma oficial los derechos humanos y constitucionales de nosotros los salvadoreños.

Finalmente, cada una de las 37 personas del centro de contención, fuimos llevadas hasta la puerta de nuestras casas, después de 39 días de estar en cuarentena: ¡9 días después del tiempo que había impuesto por decreto ejecutivo! Entre los nuevos amigos más cercanos hemos mantenido comunicación diariamente, muy agradecidos con Dios por estar de vuelta en nuestros respectivos hogares, en cuarentena domiciliar, ¡pero en casa con quienes amamos!

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