Opinión

De la sartén de la posguerra a las brasas de la posdemocracia

Carlos Iván Orellana

Carlos Iván Orellana

Doctor en Ciencias Sociales por la FLACSO-Centroamérica. Investigador y profesor de la Universidad Don Bosco (UDB) de El Salvador. Co-Director del programa de Doctorado y Maestría en Ciencias Sociales, cotitulado UCA-UDB. Cuenta con diversas publicaciones en temas como violencia e inseguridad, migración irregular hacia los Estados Unidos, autoritarismo, anomia, prejuicio y la psicología de los crímenes de odio.

La posdemocracia es retrógrada porque instaura aspectos predemocráticos en su funcionamiento, tales como la consolidación de privilegios de élites y grupos de poder, refuerza el estado policial, profundiza la desigualdad entre ricos y pobres y exacerba el culto a la personalidad del líder.

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Por Carlos Iván Orellana*

Una vez alcanzada la presidencia de la República, Nayib Bukele proclamó que la posguerra había finalizado y ahora sí podíamos ver hacia el futuro. Claro, no se refería con ello a que las causas o las rémoras político-institucionales del conflicto armado estaban superadas. Más parecía enfatizar –una vez más– que había vapuleado en las urnas a los dos partidos que, ciertamente, habían sido actores estelares durante la guerra y después de la firma de los Acuerdos de Paz de 1992. 

Aún si ese pedacito de la postguerra quedó atrás, aspectos como el renovado protagonismo de la fuerza armada en la vida nacional comprueban que la superación de prácticas y períodos oscuros del pasado van más allá de meros decires triunfalistas. El caso es que, pandemia mediante, gracias a que las crisis ponen en cámara rápida los procesos históricos, parece que nos hemos dado de bruces en el futuro que avizoraba el presidente y este se parece mucho a una posdemocracia. 

El sociólogo británico, Colin Crouch, caracteriza la posdemocracia en su libro homónimo como un régimen político con votaciones libres, pero, en tanto que realidad devaluada o “pos”, se ve marcado por la frustración ciudadana, el empobrecimiento del debate y la espectacularización publicitaria de la política. La política “real” se produce entre el gobierno y ciertas elites mientras las personas manifiestan pasividad, desencanto o reaccionan a agendas diseñadas para tal fin. 

La posdemocracia es retrógrada porque instaura aspectos predemocráticos en su funcionamiento, tales como la consolidación de privilegios de élites y grupos de poder, refuerza el estado policial, profundiza la desigualdad entre ricos y pobres y exacerba el culto a la personalidad del líder como ocurre con monarcas o dictadores. 

Según Crouch, la “ciudadanía positiva” cede ante el predomino del “activismo negativo”, es decir, que la gente se manifiesta solo ante problemas, controversias o para sumarse al linchamiento de políticos. Como en las películas medievales, “el pueblo” se convierte en una especie de chusma quejumbrosa que termina siendo utilizada como arma arrojadiza contra quienes se consideran causantes de problemas. La política partidaria se vuelve insípida y vacía argumentalmente. La discusión y el debate son reemplazados por el esfuerzo constante de persuasión publicitaria. Y todas estas condiciones propician la emergencia de partidos posdemocráticos: una casta que se reproduce lejana a las necesidades de sus bases, pero cercana a intereses económicos particulares.       

La noción de posdemocracia converge con otras que capturan la mala salud de la democracia en el país, como régimen híbrido, deslizamiento autoritario o, como he propuesto en otra parte, Pluralismo incompetente, una categoría de Thomas Carothers: una democracia electoral pero con ciudadanos que se activan solo para votar, élites corruptas e inefectivas, alternancia en el poder que nunca supera los grandes problemas nacionales, desafección ciudadana, vida política decadente y un estado débil cuyas políticas económicas son mal ejecutadas y no generan crecimiento. 

Hablamos de situaciones regresivas donde la democracia se ve corroída por dentro hasta exhibir rasgos propios de una época de gran inmadurez democrática sino es que de abierto autoritarismo. En estas condiciones, la gente asiste impotente a un desconcierto generalizado y la degradación de sus condiciones de existencia y, en palabras de Carothers, “es muy infeliz respecto a la vida política del país”. 

Sería ingenuo pensar que se trata de un problema doméstico y exclusivamente político. Los países menos democráticos pierden credibilidad ante organismos financieros y la comunidad internacional en general. Asimismo, la falta de democracia instiga la conflictividad social y la migración, incluyendo la migración de talentos. Quien vota por que nos gobiernen niñatos que se arropan con mantitas verde olivo, amanece en democracias que vuelven a mojar la cama de todos.

Carlos Iván Orellana

Carlos Iván Orellana

Doctor en Ciencias Sociales por la FLACSO-Centroamérica. Investigador y profesor de la Universidad Don Bosco (UDB) de El Salvador. Co-Director del programa de Doctorado y Maestría en Ciencias Sociales, cotitulado UCA-UDB. Cuenta con diversas publicaciones en temas como violencia e inseguridad, migración irregular hacia los Estados Unidos, autoritarismo, anomia, prejuicio y la psicología de los crímenes de odio.

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