Opinión

Los derechos y deberes de habitar la ciudad en tiempos de COVID

Verónica Montes

Verónica Montes

Economista, actual directora General de TECHO en El Salvador, con experiencia de trabajo en organizaciones no gubernamentales en la implementación de programas y coordinación de evaluaciones asociadas al desarrollo comunitario con enfoque educativo y económico a través del trabajo con niñez y juventud.

La apuesta es clara: fortalecer los procesos comunitarios a través de sus líderes y lideresas como eje primario para la promoción de la ciudadanía.

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Por Verónica Montes*

Existen dos conceptos que parecieran haber quedado congelados en el tiempo en estos días. Me refiero a la ciudadanía y al ejercicio de la democracia; y mientras escribo me percato que pareciera ser que también están de cuarentena, al menos, en la mayoría de lugares. 

La ciudadanía y la democracia son palabras que se han relacionado con la participación y el ejercicio de la vida pública. La primera nos evoca a la cualidad y derecho de ser ciudadano o ciudadana y de habitar las ciudades. En ese sentido, partimos del supuesto que existe una ciudad que habitar. En América Latina, el 80 % de la población vive en las ciudades y se estima que de esas, el 67 % han sido autoconstruidas por sus pobladores (Fuente: HIC), lo que se conoce académicamente como Producción Social del Hábitat.

Por otro lado, no se puede ser ciudadano de manera individual: se requiere de manera imprescindible la función social de otros con quienes la ciudad tome forma y razón de ser. Ejercer ciudadanía también implica saber cuál es el comportamiento propio o esperado y tiene que ver con las formas en que nos relacionamos en sociedad.

En tiempos de COVID-19, el cómo ser ciudadano ha tomado varios significados que probablemente dan un giro a lo que modernamente habíamos concebido como ciudadanía. Ser ciudadano entonces, como varios otros ejes de la vida diaria, ha sido y seguirá siendo reformulado. Hoy, ejercer ciudadanía también significa hacer nuestra parte para prevenir y paliar la mencionada curva de contagios, ser autónomo y consciente para poder cuidarme y de quienes son cercanos a mí, mis familiares, mis amigos, compañeros de trabajo o vecinos. Sabiendo que esas decisiones también tienen un impacto que, aunque no visible, sí medible en las estadísticas que llenan los griparios de las unidades de salud y los hospitales. 

Hay lugares en donde ser vecino y ciudadano cobró mucho más sentido en medio de la pandemia, cuando el llamado principal era el distanciamiento social y a quedarse en casa.

Desde marzo, a través del acompañamiento que TECHO da a más de 25 comunidades en al menos nueve municipios, nos llegaron un sinfín de gratificantes historias de personas organizadas para hacer llegar información pronta y oportuna a su comunidad, para quienes la brecha de la conectividad digital es evidente. Vecinos que se organizaron a través de la preparación de cazuelas comunitarias para atender las principales necesidades de alimentos de aquellos que se vieron más afectados por la imposibilidad de salir a trabajar y obtener ingresos o que se vieron afectados por la tormenta que arrasaba a los cultivos y precarizaba a las ya golpeadas actividades económicas.

Otros grupos se organizaban para realizar la desinfección de proveedores de servicios o tiendas para que estos pudieran ingresar de manera segura y mantener un buen abastecimiento, tan necesario y pertinente para poder atender las medidas de prevención.

Fue ese mismo liderazgo y determinación, movido en muchos casos por la genuina solidaridad, que permitió entregar más de 1,800 kits de alimentación e higiene básica y la instalación y funcionamiento de lavamanos comunitarios, que aportan de manera directa a la prevención de contagios. Acciones que marcan la diferencia entre la sobrevivencia y la precariedad en tiempos de COVID.

La apuesta es clara: fortalecer los procesos comunitarios a través de sus líderes y lideresas como eje primario para la promoción de la ciudadanía. Desde hace mucho tiempo son estos liderazgos quienes abanderan la participación y con ello el ejercicio de la ciudadanía y la democracia desde la base de la convivencia comunitaria, incidiendo en la generación de acciones que impactan de manera directa en las condiciones de vida de sus vecinos. A través de estas experiencias, hemos reafirmado la importancia y urgencia de fortalecer las capacidades de liderazgo desde la comunidad, que es aquella que sostiene y hace posible los cambios de más largo plazo.

La incertidumbre por la capacidad de los líderes democráticamente electos crece y cuenta con retos importantes para resolver problemáticas arraigadas como la pobreza, la desigualdad, la violencia, la corrupción y falta de transparencia. Pero se pone en evidencia que podemos seguir influyendo en la vida pública y comunitaria en esa tarea de seguir ejerciendo y construyendo ciudad en tiempos donde emerge la fragilidad de las libertades políticas y la necesidad de imaginar nuevas formas de mejorar la vida.

*Verónica Montes

*Verónica Montes

Economista, actual directora General de TECHO en El Salvador, con experiencia de trabajo en organizaciones no gubernamentales en la implementación de programas y coordinación de evaluaciones asociadas al desarrollo comunitario con enfoque educativo y económico a través del trabajo con niñez y juventud.

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