Opinión

¿Trump o Biden? O la historia como aprendizaje

Julián González

Julián González

Doctor en filosofía iberoamericana. Catedrático del Departamento de Filosofía de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas. Autor del libro La escuela sin Dios. Apuntes para una historia de la educación laica (2014).

¿Será que no volverá esa época de amplias movilizaciones sociales, de lucha y de protesta, de reivindicación de la dignidad humana y de los derechos humanos? ¿Será posible hacer estallar la división imaginaria entre “frentudos”, “areneros” y “golondrinos” y lanzarnos a forjar otra noción de país y de praxis política?

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Julián González*

Afirmar que para El Salvador da igual Donald Trump o Joe Biden es simplista, corto de miras y desatinado. La opinión simplista dice más del letargo de la sociedad civil salvadoreña, de la ciudadanía “facebookera”, que de la elección del presidente de los Estados Unidos. Una vez más, la historia sirve. Y mucho.

En su libro El alborotador de Centroamérica, el historiador Héctor Lindo Fuentes explica cómo en el año 1912 una amplia crítica social (compuesta por la prensa, estudiantes, obreros, artesanos) le plantó cara al presidente salvadoreño Manuel Enrique Araujo y al presidente de los Estados Unidos, William Howard Taft. Denunciaban la injerencia imperialista en Nicaragua y la amenaza para toda Centroamérica. Reivindicaban la soberanía de los pueblos de América. Durante la administración de Carlos Meléndez (sucesor de Araujo tras el magnicidio de este) continuaron las denuncias contra la amenaza imperialista, así como las acciones de solidaridad con Nicaragua. 

En otro libro, publicado también en el 2019, titulado La sombra del martinato, el historiador Gerardo Monterrosa demuestra cómo la circulación de las ideas de la Carta del Atlántico, firmada por Franklin D. Roosevelt y Winston Churchill, fue un factor relevante para la movilización social, en abril y mayo de 1944, en contra de la reelección del general Maximiliano Hernández Martínez. El general renunció, aunque su sombra pervivió, como apunta el autor. Es la sombra del autoritarismo.

La promoción de la democracia (soberanía política, elecciones libres, alternabilidad) era hipócrita e interesada. Hipócrita, porque en esa época Estados Unidos trabajaba, sin líos mayores, con gobiernos dictatoriales en Guatemala (Jorge Ubico), Nicaragua (Anastasio Somoza), Honduras (Tiburcio Carías) y en el mismo El Salvador. Interesada, porque Estados Unidos y el Reino Unido, además de preparar cañones y soldados para abrir otro frente en contra de las tropas alemanas, en la Segunda Guerra Mundial, necesitaban propagar ideas en contra del fascismo. El baño del discurso democrático era favorable a sus intereses políticos y económicos. Estudiantes, profesionales, trabajadores, obreros, y muchos más, aprovecharon la coyuntura y consiguieron la renuncia del general Martínez.

Volviendo al presente, las elecciones estadounidenses asolaron el altar de Nayib Bukele. El presidente se quedó sin su fetiche matón y bravucón más preciado: Donald Trump. El mismo que nos trató como un lugar de mierda. Bien podríamos tomar nota y no permitir que el autoritarismo de Bukele (con sus ministros, policías y chafarotes) continúe serruchando los principios democráticos que le permitieron llegar a la presidencia de la República.

Las preguntas que quisiera plantear son: ¿cómo reaccionaría la sociedad civil, los movimientos sociales, los partidos políticos, los trabajadores, los estudiantes, los profesionales y los intelectuales? ¿Será que no volverá esa época de amplias movilizaciones sociales, de lucha y de protesta, de reivindicación de la dignidad humana y de los derechos humanos? ¿Será posible hacer estallar la división imaginaria entre “frentudos”, “areneros” y “golondrinos” y lanzarnos a forjar otra noción de país y de praxis política? ¿Podríamos aprender alguna cosa de Chile y llevarla a la práctica?

Si no se fortalece la oposición y la movilización ciudadana, si nos quedamos solo de espectadores viendo cómo el gobierno de Bukele ataca y hostiga a periodistas, cómo se rehúsa a rendir cuentas, cómo debilita y manipula la poca institucionalidad democrática, cómo desprecia y humilla a habitantes de Nueva Trinidad y Arcatao, San Fernando y San Ignacio (Chalatenango)... 

Tras el silencio y la indiferencia de la sociedad civil puede que mañana no haya mucho que hacer o cambiar por medio de elecciones, legislativas o presidenciales. Quizás hasta entonces suenen y vibren las calles de nuevo.

Julián González

Julián González

*Doctor en filosofía iberoamericana. Catedrático del Departamento de Filosofía de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas. Autor del libro La escuela sin Dios. Apuntes para una historia de la educación laica (2014).

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