Opinión

Fraude, teorías conspirativas y vacunas

Carlos Iván Orellana

Carlos Iván Orellana

Doctor en Ciencias Sociales por la FLACSO-Centroamérica. Investigador y profesor de la Universidad Don Bosco (UDB) de El Salvador. Co-Director del programa de Doctorado y Maestría en Ciencias Sociales, cotitulado UCA-UDB. Cuenta con diversas publicaciones en temas como violencia e inseguridad, migración irregular hacia los Estados Unidos, autoritarismo, anomia, prejuicio y la psicología de los crímenes de odio.

Necesitamos información veraz y oportuna, y vacunarnos desde ya contra el fraude y quienes lo reditúan.

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Por Carlos Iván Orellana*

Como ya lo hiciera antes de las elecciones presidenciales de 2019, el presidente Bukele ahora alerta, de la nada, sobre un posible fraude en las elecciones de febrero 2021. En un sistema político y una sociedad en la que predomina la desconfianza, este tipo de afirmaciones no son inocentes ni inofensivas. 

En febrero de 2018, antes de las elecciones legislativas y municipales de marzo, el IUDOP reveló que 53.1 % de la población creía que habría fraude. Pasadas las elecciones, un nuevo sondeo reportó en mayo que el 54 % de la población sostenía que en las elecciones pasadas se había producido fraude y el 66.4 % afirmó que el fallo sufrido por el sistema contratado por el TSE constituyó “un fraude para favorecer a ciertos candidatos”. Los simpatizantes del entonces partido en formación Nuevas Ideas fueron quienes presentaron los porcentajes de acuerdo más alto con ambas afirmaciones (67.8 % y 76.3 %, respectivamente).

Jugar la carta del fraude califica como teoría conspirativa cuando se lanza en presencia de explicaciones más simples o careciendo de pruebas. Por lo mismo es tan fácil afirmar que el coronavirus es un arma biológica o que una raza reptiliana controla al mundo. Apelar a conspiraciones satisface necesidades psicológicas (e.g., explica el mundo de forma pseudo-sofisticada) y sociales (e.g., crea comunidad, entretiene), pero también cumple funciones políticas: aleja responsabilidades, crea enemigos convenientemente difusos, minimiza la importancia de las evidencias y, al justificar una postura victimista, busca empatía y cohesión de grupo. 

La ya familiar retórica alarmista presidencial, ahora con el peligro del fraude por delante, busca reforzar conspirativamente la connotación de maldad de esa categoría de “los mismos de siempre”. De señalar políticos corruptos ahora aplica a cualquiera que critique al gobierno. Los mismos de siempre han devenido en un anonymus tropicalizado que desde la sombra busca sabotear el plan redentor gubernamental. De fondo, el efecto diferenciador de la categoría de “los mismos de siempre”, como recurso propagandístico, está agotado a base de vulgarización y de realidad. El gobierno cuenta con figuras con pasado político deshonroso y no es mejor que administraciones anteriores. Antes bien, ha conducido al país a barrancos morales, financieros y antidemocráticos inéditos. 

Aludir al fraude a estas alturas confirma un estilo berrinchudo de gobernar y anticipa –teme– que la realidad del resultado de las elecciones contravenga el triunfalismo propiciado por las encuestas. Igualmente, el presidente ha creado una trampa argumental: si el sistema electoral salvadoreño es corruptible y Nuevas Ideas arrasa en las elecciones, ¿lo habrá hecho gracias a un fraude que nada menos que el presidente afirmó que era posible? Convendría tener presente que después toca dar explicaciones y aprender del penoso espectáculo del equipo legal de Trump intentado “probar” de forma delirante el supuesto fraude sufrido que habría dado el triunfo a Joe Biden.

A propósito de vacunas y conspiraciones, hace falta saber cuánto costará todo el proceso de acceso a las vacunas anunciado por el presidente. También hay que reconocer que no son los gobiernos los que definen los tiempos o la disponibilidad final de las vacunas, y evitar la acostumbrada grandilocuencia que pueda conducir irresponsablemente a hablar de “el fin de la pandemia”. Asimismo, es menester informar adecuadamente a la población sobre los pormenores y controversias de las vacunas y deben ser especialistas en salud los que comanden el esfuerzo logístico implicado. Si las personas creen que las vacunas son perjudiciales se resisten más a vacunarse, experimentan sentimientos de impotencia y desilusión y desconfían más de las autoridades.

Necesitamos información veraz y oportuna, y vacunarnos desde ya contra el fraude y quienes lo reditúan. Si no, al paso que vamos, por disposición oficial, tendremos que asistir a votar con DUI en mano, mascarilla en el rostro, ojo de venado contra el mal de ojo en la muñeca y gorro de papel aluminio en la cabeza para evitar que George Soros controle nuestros pensamientos.

Carlos Iván Orellana

Carlos Iván Orellana

*Doctor en Ciencias Sociales por la FLACSO-Centroamérica. Investigador y profesor de la Universidad Don Bosco (UDB) de El Salvador. Co-Director del programa de Doctorado y Maestría en Ciencias Sociales, cotitulado UCA-UDB. Cuenta con diversas publicaciones en temas como violencia e inseguridad, migración irregular hacia los Estados Unidos, autoritarismo, anomia, prejuicio y la psicología de los crímenes de odio.

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