Opinión

En el 2020, nos visitaron los fantasmas de las 200 navidades pasadas

Michelle Molina

Michelle Molina

Economista investigadora para El Salvador y Honduras, con especialización en herramientas de políticas fiscal por la Universidad Rafael Landívar, tiene un máster en Política Fiscal para el Desarrollo por la misma universidad. Se incorporó al equipo del Instituto Centroamericano de Estudios Fiscales (Icefi) en 2017 como consultora para trabajar en el área de Gestión Pública, despúes de realizar su Práctica Profesional.

El final de un año calendario, así como de un año fiscal, es el cierre de un ciclo que da paso a uno nuevo, y ese nuevo comienzo, aunque sea sobretodo imaginario, es una oportunidad para hacernos preguntas, reflexionar, organizar prioridades y experimentar con nuevas maneras de pensar y participar.

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Por Michelle Molina*

Tras una pandemia, una crisis económica, varios huracanes y todo tipo de emergencia, este ha sido un año de grandes lecciones, que nos golpeó a nivel social, económico y político, pero posiblemente también en lo emocional a nivel personal; que, sin darnos opción, nos obligó a abrir los ojos a la vulnerabilidad propia y ajena, así como a lo fugaz de la vida, al despedirnos de conocidos, amigos o familia más pronto de lo deseado. Y aunque sabemos que no es gran cosa, y que da un poco igual que se acabe otro año, porque los desafíos que trajo el 2020 no tienen fecha de vencimiento y no desaparecerán el 31 de diciembre; el final de un año calendario, así como de un año fiscal, es el cierre de un ciclo que da paso a uno nuevo, y ese nuevo comienzo, aunque sea sobretodo imaginario, es una oportunidad para hacernos preguntas, reflexionar, organizar prioridades y experimentar con nuevas maneras de pensar y participar.

A vísperas de los 200 años de la independencia y “libertad” de los países centroamericanos, se mantiene la herencia de la exclusión y la precariedad de las condiciones de vida de los habitantes: La población está altamente empobrecida. Y quienes no son pobres, son altamente vulnerables. Es imposible pensar en las siguientes seis lecciones del 2020, y no darnos cuenta como estas no son para nada nuevas, sino que este año nos trajo a fantasmas de las últimas 200 navidades; y son un recordatorio más de profundos problemas que seguimos sin solventar. 

La despiadada desigualdad social: La latente y creciente desigualdad es un lastre de carácter estructural en nuestras sociedades y no se debe tolerar. Acarrea una amplia gama de efectos secundarios tóxicos adicionales, muchos de los cuales la pandemia de COVID-19 ha evidenciado, al punto que ya no puede ignorarse. Por ejemplo, sobre cómo la desigualdad ha alimentado las muertes por la COVID-19 gracias a la exclusión de servicios de salud. Conclusión que no es exclusiva de la pandemia, ya que en cualquier contexto, la exclusión de servicios básicos así como de oportunidades de desarrollo y de movilidad social, condena a condiciones precarias de vida a una amplia proporción de la población. 

Este problema estructural no obedece a fronteras, y pese a divergencias entre los países, son compartidos. Y por si los argumentos que apelan a la empatía y a la humanidad no fuesen suficiente, la desigualdad también condiciona el crecimiento económico actual y potencial de un país, al caracterizar también su productividad. Además, según el Nobel de Economía, Jeffree Sachs, la desigualdad socava la cohesión social, erosiona la confianza pública y profundiza la polarización política, afectando negativamente la gobernabilidad, y a su vez, la capacidad y disposición de los gobiernos para responder a las crisis.

La ausente protección social: Ante dicha precariedad y la incertidumbre generada en contextos como el actual, cada vez hay mayor consenso sobre las bondades de los esquemas de protección social y sus aportes a la igualdad e inclusión; por ejemplo, para proteger a las personas de quedar atrapadas en la pobreza, empoderarlas para aprovechar oportunidades. Sin embargo, la mayoría de países centroamericanos tienen sistemas de protección social débiles, y son más bien las remesas que sirven y han servido históricamente como una fuente informal de protección social.

El error de basarse en un modelo fallido de expulsión y exclusión: Existe una creciente dependencia en las remesas, tanto a nivel macroeconómico por la balanza de pagos y el ingreso de divisas, como a nivel microeconómico para el bienestar de los hogares. Los países se basan en un modelo económico y social injusto y exclusivo, que condena a la miseria a su población, obligándolos a buscar mejores oportunidades en el exterior; paradójicamente, produciendo con su fracaso, uno de los mayores pilares que sostienen las economías centroamericanas: la exportación de personas y las redes de apoyo solidario que mantienen estas personas migrantes con sus familias. A pesar de ello, las autoridades suelen dar los anuncios sobre el crecimiento de las remesas con orgullo, como si el éxodo de personas sobre todo de El Salvador, Honduras y Guatemala, fuera gracias al efecto positivo de las políticas públicas del gobierno, y no justamente lo contrario. Este no puede ser nuestro motor ni a lo que aspiramos.

El importante rol del Estado: Sobretodo con la pandemia, se ha evidenciado que es fundamental el papel que juega el Estado en la búsqueda del bienestar social; así también, su rol será crucial para que en el centro de las políticas de provisión de las vacunas contra la COVID-19 estén las personas, no para el lucro. Aunque es más fácil ver ahora como los Estados tienen el deber de que los intereses privados y hasta internacionales no triunfen sobre el principio de justicia sanitaria para garantizar la vida de la población, este mismo principio es aplicable a todos los derechos humanos fuera del contexto de la pandemia también. 

La debilidad y desconexión del Estado es innegable, luego de  un año que demandó una y otra vez de la acción gubernamental ante cada emergencia que azotaba al territorio. Tampoco puede obviarse  la importancia de mejorar la efectividad y eficiencia de las políticas públicas. Todo esto es importante no solo para proteger a la población, sino para subir la moral tributaria y poder fortalecer legítimamente al Estado. El precio de la inacción se agrava con el tiempo en forma no solo de una mayor desigualdad, sino también de una creciente frustración y malestar social.

Fragilidad de las democracias: Aunque el economista guatemalteco Enrique  Godoy lo dijo refiriéndose a Guatemala, en realidad en la mayoría de Centroamérica se «opera con el hardware de la democracia, el software del autoritarismo y el virus de la pistocracia»; refiriéndose a la amenaza del despotismo pero también a la corrupción y la búsqueda del lucro como un elemento central. En distintos niveles, hemos visto este año como se siguen desafiando a la mayoría de democracias con actitudes y acciones autoritarias que atentan muchas veces contra el Estado de Derecho y hasta de las libertades individuales, sociales y políticas que deberían estar garantizar; alimentadas de demagogia, nacionalismos baratos y ambición, y acuerpados con las fuerzas armadas. Es importante lucharlo en las urnas, ahora que están en la puerta de El Salvador y Honduras, pero también en defenderlas en todos los países en todo momento.

Impostergable priorizar el cuidado del medio ambiente: la pandemia y los desastres naturales que vivimos, nos enseñan lo urgente e inaplazable de encaminarnos hacia políticas públicas que permitan democratizar el acceso a recursos naturales vitales, a la vez que se garantice un mayor equilibrio dentro de límites de la naturaleza y que gestionen riesgos. No podemos seguir jugando con la naturaleza como si fuera un banco ilimitado de recursos: explotando, extrayendo, ergo reduciendo la diversidad y la resiliencia de los ecosistemas de los que nosotros también dependemos, por lo que cuidar al medio ambiente es también cuidarnos a nosotros mismos.

El 2020 fue duro para todos, y para unos fue peor. Las experiencias y hasta las pérdidas que tuvimos, deberían de servirnos para reflexionar sobre  lo que viene y dar forma, de manera colectiva, a un futuro más justo para todas y todos. Si bien la vacunación masiva, que en estos trópicos esperamos hasta a finales de 2021 y 2022, apunta al fin de la pandemia de COVID-19, no brinda inmunidad contra los duraderos daños económicos y sociales de largo plazo, además de los desafíos del futuro y de la persiste vulnerabilidad del istmo al cambio climático. No existen respuestas y soluciones definitivas. Pero sí es importante que estas atiendan a lo que el 2020 nos enseñó que es verdaderamente relevante y que nos involucremos, para que no nos sigan espantando los mismos fantasmas de siempre.

Michelle Molina

Michelle Molina

*Economista investigadora para El Salvador y Honduras, con especialización en herramientas de políticas fiscal por la Universidad Rafael Landívar, tiene un máster en Política Fiscal para el Desarrollo por la misma universidad. Se incorporó al equipo del Instituto Centroamericano de Estudios Fiscales (Icefi) en 2017 como consultora para trabajar en el área de Gestión Pública, despúes de realizar su Práctica Profesional.

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