Opinión

Farsa es hablar de un tema del que no se sabe

Denni Portillo

Denni Portillo

Periodista de la sección Política de LA PRENSA GRÁFICA

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Por Denni Portillo*

Escribir sobre los Acuerdos de Paz es difícil. Y no es que quisiera que fuera fácil. Hacerlo debe implicar detenerse e intentar entender qué es lo que uno tiene en sus manos cuando reportea y, sobre todo, cuando decide comenzar a convertir en un texto eso que alguien más decidió compartir y volverlo público.

Hablar, escribir, opinar sobre el conflicto armado y sobre los Acuerdos de Paz no debería tratarse sobre la interpretación que hacemos de las historias que nos llegan y cómo decidimos presentarlas, sino sobre lo que significan para la gente que lleva más de 30 años cargando con ellas, esperando encontrar las respuestas a sus preguntas y la justicia a las violaciones sufridas.

Hace varios años, una persona me dijo: “quiero contarle unas cosas que me pasaron en la guerra y quiero que me escriba algo sobre ellas”. No tuve valor. Creo que escribir sobre el dolor de otras personas es un ejercicio demasiado íntimo para el cual ningún respeto será suficiente. Mi eterno respeto para quienes trabajan, sin detenerse, las historias del conflicto armado y en visibilizar todas estas para que se conozcan y concientizar que no vuelvan a ocurrir. Yo no puedo.

Por eso es que el mensaje que el presidente Nayib Bukele ha decidido enarbolar y vender es tan chocante e indignante. Porque no toma en lo más mínimo en cuenta a las víctimas del conflicto armado, sino solo su visión envenenada y cargada de odio sobre el tema. 

Al presidente no le importa que, producto de los Acuerdos de Paz, los salvadoreños, independientemente fuerza armada o guerrilla, dejaron de matarse tras doce años de conflicto; o que las elecciones por fin pudieron ser libres y no meros trámites antes del fraude de turno; o que pusieron fin a las violaciones de derechos humanos por parte de la FAES solo porque esta se sentía intocable y suprema por sobre toda la sociedad; o que la gente ganó el derecho a expresarse sin que eso provocara que no viera la luz del sol al siguiente día. 

Como bien apuntó en estos días Óscar Santamaría,firmante de los Acuerdos de Paz, estos no fueron el punto de llegada y fin de las injusticias; sino el punto de partida a partir del cual había que sentar las bases para que las cosas fueran diferentes. Con todo y los problemas que los gobiernos no pudieron --o no quisieron-- resolver, los salvadoreños dejamos de matarnos solo por pensar diferente. Y eso, para un presidente que lleva todo su gobierno diciendo que lo más importante es “salvaguardar la vida de los salvadoreños” debería tener su peso.

Creo que tenemos ya asumido y entendido que las redes sociales son capaces de sacar lo peor de cada persona, cuando las utilizamos como el canal de desahogo de frustraciones, inseguridades, inmadurez y prejuicios que cargamos y no tenemos el valor de mostrar a la cara de quienes nos rodean. Si a eso le agregamos una mal entendida superioridad moral por hablar mal de cualquier cosa, el cóctel es mortal. Ser tóxico creo que es la definición que se le da.

Y en este país, nadie es más tóxico que el presidente de la república. Y él no solo lo sabe sino que lo disfruta. Por alguna razón que solo la psicología --o quizá la psiquiatría-- podrán explicar, Bukele piensa que insultar a quien sea o lo que sea lo muestra como alguien inteligente, que se da cuenta de cosas que el resto de la población no ha visto. Pero no: repartir odio no es ser inteligente. Es ser ignorante.

Quisiera creer que la primera vez que Bukele mencionó que los Acuerdos no sirvieron para nada lo dijo como parte de sus ocurrencias de “voy a decir algo que suene bien y que se vea chivo en Twitter”. Y que producto de los retuits de sus acólitos, incapaces de corregirle las sandeces o de sugerirle que se pasó de la raya, no reflexionó en lo grave de sus palabras. Más viniendo de un presidente de la república. 

Sin embargo, aunque así fuera, el presidente no va a corregir la plana. Primero, porque la expresión “aceptar un error” no existe en su vida; y segundo, porque desde que asumió el poder, Bukele dejó de hablarle a los salvadoreños y pasó a vivir en un mitín eterno en el que lo único que vale es decir cosas que reflejen no solo sus frustraciones, inseguridades, inmadureces y prejuicios sino que sean similares o representativas de quienes le siguen y solo le aplauden.

Por eso es que, creo que, en realidad, la opinión de Bukele sobre los Acuerdos de Paz es irrelevante. Por mucho que sea el presidente de la república. Repartir mentiras, tergiversar hechos y manipular datos no es libertad de expresión. Es ser antidemócrata. En términos de memoria histórica, Bukele no está a la altura de las preguntas y las respuestas que el país necesita. 

Y lo anterior no significa que no haya que exigirle. Sí, hay que hacerlo. Exigirle que abra los archivos de la Fuerza Armada, que respete la memoria de las víctimas del conflicto armado, que deje de mentirle a las víctimas de El Mozote, que agarre un libro --pero que lo lea--, que deje de calificar de farsa la guerra y los Acuerdos de Paz. Porque no fueron una farsa las razones del conflicto armado, las víctimas, las violaciones a derechos humanos, las torturas, los atentados; ni la creación de la PNC, la participación de la guerrilla en la vida política, el desmontaje de los represivos cuerpos de seguridad, ni la pérdida del poder político que la FAES había ostentado de manera dictatorial durante décadas.  Farsa es hablar de un tema del que no se sabe.

Denni Portillo

Denni Portillo

Periodista de la sección Política de LA PRENSA GRÁFICA

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