Opinión

Aniversarios bélicos

Virginia Lemus

Virginia Lemus

Columnista. Ha escrito artículos de opinión sobre diversidad sexual y derechos humanos en El Salvador y el Triángulo Norte para medios nacionales e internacionales.

Casi veinte años han pasado desde 2003. Miles de muchachos que han nacido desde entonces crecen en un El Salvador donde ir al instituto que ofrece bachiller técnico en computación les puede costar la vida porque queda en el lado incorrecto de la calle. Miles de muchachas han crecido y crecen bajo la amenaza de la esclavitud sexual, de ser reclamadas como pareja so amenaza de alguna estructura criminal.

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Por Virginia Lemus*

Hace unos días, el 23 de julio, pasó sin pena ni gloria la fecha más importante de El Salvador en democracia: se cumplieron 18 años desde que Francisco Flores, entonces presidente de la República, anunciara frente a un placazo en la Colonia Dina el lanzamiento del Plan Mano Dura. Flanqueado por el entonces director de la PNC, quien luego sería vinculado con el narcotráfico, y el ministro de defensa, Flores declaró una guerra cuyo fin no logró ver y quizá nosotrxs tampoco.

En aquel entonces, en 2003, yo tenía quince años y ninguna consciencia de que esa guerra se me estaba declarando a mí. En mi mente, en mi casa, en la vida de mis tatas y en la mía propia no lograba salirse aún de la guerra anterior, la que durante años condicionó adónde estudiábamos, la fe que se profesaba, bajo qué nombre nos llamábamos, a quiénes considerábamos gente de confianza y a quiénes no, es cierto, pero también en cuál bolsillo se cargan los documentos y qué colores se visten cuando se va a votar. 

Durante esos años en que era consciente de estar inmersa en una sociedad aturdida por décadas de masacres estuve obsesionada por reconstruir la cotidianidad del horror pasado. Oía relatos de bailes y verbenas, de juegos mecánicos y batallas de breakdance en el Centro y mi cerebro adolescente se preguntaba atónito cómo esa gente podía pensar en bailar, en comprar cassettes o traducir las letras de canciones de los Bee Gees cuando alrededor era todo tan apremiante, tan terrible. ¿Cómo podía unx no estar consciente de la barbarie alrededor?

La juventud, resulta ser, es puro escupir para arriba. La yo de 2021 puede estar sentada en su oficina horrorizada porque el actual ministro de Defensa considera ridículo que haya quien prefiera que haya 20 mil ingenieros a 20 mil soldados. La yo de 2021 puede ver en el Francisco Flores de 2003 el anuncio aciago de dos décadas de una escalada de violencia abismal e hiperpersonal muy lucrativa para al menos cuatro gestiones presidenciales y las agencias de seguridad privadas, pero la yo de 2003, francamente, solo pensaba en ahorrar dinero para poder completar su colección de discos de U2.

De esa guerra, la de Flores, escapé por dos líneas de edificios y una calle polvosa. Es eso lo que separaba el apartamento de mi familia del asentamiento marginal más cercano. El siglo XXI salvadoreño está plagado de fronteras invisibles y asesinas que no empezaron con el Plan Mano Dura, sino antes, en los ochenta, cuando mis tatas a media guerra estuvieron en posición de asumir una deuda de vivienda y no llegar a San Salvador desplazadxs y hambrientxs, con canastos e hijxs a cuestas, huyendo de bombardeos y masacres perpetradas en nombre del anticomunismo. Quizá haya empezado incluso antes, en los sesenta, cuando sus familias de pescadores, de comerciantes, decidieron que valía la pena hacer que sus cipotxs fueran a la escuela, no a pescar ni a vender, al costo que fuera. 

Pero en 2003 yo no pensaba en eso. Cuando no quería pensar en nada me montaba en un bus cualquiera solo para ver hacia dónde iba. Me pienso ahora, 18 años más vieja, y me digo que una de cipota es abusiva: hacer eso en 2021 es impensable. Quiérase o no, las dos filas de edificios y la calle polvosa que me separaban de la marginal me permitían tener una adolescencia a los 15, no ser considerada criminal por el Estado nomás por mi aspecto y la zona en la que vivía. 

Casi veinte años han pasado desde 2003. Miles de muchachos que han nacido desde entonces  crecen en un El Salvador donde ir al instituto que ofrece bachiller técnico en computación les puede costar la vida porque queda en el lado incorrecto de la calle. Miles de muchachas han crecido y crecen bajo la amenaza de la esclavitud sexual, de ser reclamadas como pareja so amenaza de alguna estructura criminal. A pesar de haber sido, al menos así se dijo públicamente, impulsada por la falsa guía de la protección de la sociedad salvadoreña, ni la militarización de facto de la seguridad pública, ni los planes Mano Dura, Súper Mano Dura, menos la derogada Ley antipandillas han hecho nada por prevenir el crecimiento de las pandillas, ni mucho menos proteger o dignificar la vida de nadie que viva en este país. 

Así como era imposible para quien  tenía 15 años en 2003 el dimensionar la magnitud de la fractura social que se desataría tras una cadena nacional de radio y televisión, quienes ahora hemos visto cómo las dos décadas pasadas han sido para El Salvador unas de creciente hostilidad y la consolidación de un populismo más autoritario, no podemos aún imaginar el impacto a largo plazo que estas formas de criminalizar de facto a todo un grupo poblacional por sus características socioeconómicas vaya a tener en las décadas siguientes, pero sí hay anuncios a los cuales debemos prestar atención.

Si algo ha sido evidente a partir de la gestión Funes es que la existencia de las pandillas es política y financieramente redituable para algunos sectores de la sociedad. Mientras se les ofrece represión en lo público, en lo privado se gestiona con ellas ejercicios de poder paralelos al Estado que impactan desde qué marca de agua embotellada se vende en una comunidad, hasta si las personas asesinadas aparecen en la vía pública o si son desaparecidas. Esta dinámica ha sido parte de los modos que desde el gobierno central se gestiona el poder en los territorios y la imagen pública del aparato estatal durante al menos doce años. Ha funcionado, para quien ejerce el poder desde el gobierno central con intención de lucrarse de él, bastante bien.

No sé si la declaratoria del Plan Mano Dura en 2003 previó el lucrativo negocio que es tener por enemigos declarados a grupos tan flexibles como las pandillas. Sé, eso sí, que el Estado no es un negocio y su fin no es el enriquecimiento de quienes en él trabajan, sino la administración de la vida de quienes habitan su territorio. En 2021 no hay planes Mano Dura ni leyes antipandillas, pero sí millones de personas que malviven con la perpetua amenaza de un supuesto enemigo violentísimo y amorfo que ora es pandillero, ora trabaja en las fuerzas de seguridad, maneja el único microbús que entra a la colonia o reclama le entregués a tu hija de diez años como tributo. 

Nada de eso se solventará al corto plazo. Nada de eso está resuelto ahora. Nada de esto terminará hasta que se vea en el pandillero a sus abuelxs, a sus tatas, llegando a habitar descampados y quebradas huyendo de la miseria, el reclutamiento forzoso o los bombardeos. Nada terminará mientras quienes dirijan al gobierno central crean que a esos puestos unx llega a componerse. Flores, con sus sacos llenos de dinero, sus toneladas de arroz robadas de las bodegas del gobierno mismo y reaparecidas en las de un agroservicio privado, no sobrevivió su propia guerra. Nosotrxs, quizá, tampoco.

Virginia Lemus

Virginia Lemus

Columnista. Ha escrito artículos de opinión sobre diversidad sexual y derechos humanos en El Salvador y el Triángulo Norte para medios nacionales e internacionales.

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