Opinión

Llorar quedito

Virginia Lemus

Virginia Lemus

Columnista. Ha escrito artículos de opinión sobre diversidad sexual y derechos humanos en El Salvador y el Triángulo Norte para medios nacionales e internacionales

Son, en su mayoría, las madres quienes buscan, quienes claman, quienes gritan. Quienes responden al terror. Quienes piden explicaciones cuando la sangre ha dejado de correr.

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Por Virginia Lemus* 

Hay una toma en Pulgarcito (FAPU-Paul Leduc, 1980) que ha de perseguirme hasta el fin de mis días: un grupo de mujeres de diversas edades está frente a una manta roja que reza «Comité de Madres en su tercer año de lucha». Sentadas en pupitres universitarios, sus miradas están perdidas en tristeza, viendo hacia la nada. Todas menos una. La única que mira fijo, que nos devuelve la mirada, carga una bebé. Segundos después, ellas narran a quiénes buscan: una anciana tiene cuatro hijos desaparecidos. Hermanos, hijos, nietos son nombrados uno a uno, doña tras doña, en una letanía de muertos sin tumba, sin duelo, sin voces quebrantadas. Sin llanto a cuadro. 

Una de las primeras cosas que aprendés cuando trabajás temas de derechos humanos es que el luto en realidad es un lujo. El teatro de la muerte, de los alaridos ante un asesinato, del casi enloquecer de dolor en la vía pública, es algo solo costeable desde la ignorancia del riesgo en que se encontraba la víctima, mismo que quizá alcance a quien llora si no tiene cuidado, o desde el azar, como en los accidentes de tránsito. Tanto durante la guerra como durante este abismo de sangre on demand en que El Salvador lleva sumido ya veinte años sin nombrar su barbarie, el derecho al luto es lo primero que el terror nos arrebató.

La segunda cosa que aprendés cuando trabajás temas de derechos humanos es que el verdadero horror es fácilmente reconocible por su consecuencia más brutal y dolorosa: el llanto en silencio. Durante la guerra, en las guindas, madres desesperadas por callar el llanto de sus bebés hambrientxs y asustadxs callaban con teta, con bolas de algodón que recogían en los campos. Ser escuchadxs implicaba la masacre. Asfixiar accidentalmente a una criatura con algodón para salvar la vida de todo tu caserío era, a veces, inevitable. ¿Qué vida le podías garantizar? ¿Cómo llorás el dolor tremendo de ver a tus familiares, a la sangre de tu sangre, destrozada porque sí, porque en este país es y ha sido delito siempre reclamar con rabia la dignidad de la vida humana? ¿Cómo llorás al bebé que pariste hace tres días y se te murió a media guinda, enterrado sin cruz en medio del algodonal, en medio de tanto, tantísimo horror? No podés. En los caseríos, en los campamentos de refugiados, en los tribunales simbólicos de justicia restaurativa y en el silencio de las casas que a cuarenta años de aquello todavía no se apaga la luz de la calle por si la persona desaparecida vuelve, la gente lloraba y sigue llorando en silencio.

Z. era un niño que desapareció hace unos meses en el sitio en el que crecí. En realidad lo asesinaron y su familia sabe adónde está su cuerpo, pero no puede enterrarlo, llorarle ni buscarle so pena de acabar en la misma quebrada.  Su abuela, una señora que desde que la conozco grita a viva voz todo el día, susurra su destino entre la gente de confianza.  No llora. No en público. No puede.

Al costado de la guardería donde temblé de miedo a los cuatro años porque un Policía de Hacienda, fusil al hombro, metió la mano por la malla ciclón para ofrecernos una mandarina y yo reconocí su uniforme, una mara ha escrito «Ver, oír y callar». Han pasado treinta años desde el policía y la mandarina y caigo en cuenta ahora, en 2021, de que el lema era el mismo desde entonces, quizá desde antes. Ese día de 1991 estallé de llanto y de miedo apenas llegué a mi cuarto. Lo hice sobre la almohada para que nadie me escuchara, como me enseñaron mis tatas.

Llorar quedito. 

Esa es nuestra herencia.

Incluso cuando, por suerte, no nos han matado a nadie. Aún.

Es 9 de noviembre de 2021 e Ivette Toledo está sentada flanqueada de abogadxs. Su peregrinar era, hasta el día anterior, el mismo solitario de todas las madres de las últimas dos décadas: silente, de fotos y nombres impresos a blanco y negro porque la fotocopia a color es demasiado cara. De postes de luz llenos de anuncios de culto de avivamiento y adoración y datos de gente muerta hace ratos pero que no puede ser llorada porque no hay cuerpo, tumba, respuesta. 

Recordar políticamente, eso que damos por llamar memoria histórica, es desde siempre un asunto netamente femenino por un asunto bien sexista: para las sociedades patriarcales, los hombres van a la guerra y son asesinados. Son mano de obra y carne de cañón. Las mujeres y personas de otros géneros, incluso cuando también van a la guerra y además de asesinadas son violadas a mansalva, lo hacen «engañadas» o siguiendo al marido. Violados también son los hombres, pero ni siquiera en la muerte violenta logran librarse de la interminable barbarie que es el machismo. Son, en su mayoría, las madres quienes buscan, quienes claman, quienes gritan. Quienes responden al terror. Quienes piden explicaciones cuando la sangre ha dejado de correr.

COMADRES tenía tres años de fundada cuando el FAPU (Frente de Acción Popular Unificada, adscrito a la Resistencia Nacional, una de las cinco fuerzas fundadoras del FMLN) grabó Pulgarcito. Para entonces, algunas de las madres que bajo el mayor riesgo imaginable se sentaron en una UES recién ocupada para decir en voz alta los nombres de sus parientes desaparecidos, llevaban cinco años buscándoles en solitario, diciendo sus nombres, rogando en las puertas de cuarteles y arzobispados. «Aquí no tenemos a nadie, madrecita» era el pregón usual. Condescendiente, machista, asesino. «Quizá tuvo malas juntas. Quizá se hizo drogadicto». Siguieron buscando. Dejaron de hacerlo solas porque en el camino reconocieron en otras el mismo callar. Buscaron en grupo. Juntas, hablaron de su luto que no podía ser en voz alta. A raíz de ello las torturaron, las violaron, las obligaron a ver cómo sus hijos eran torturados.  Ellas siguieron buscando.

Ivette Toledo lloró brevemente. Lo hizo sola, a cuadro, porque un día antes el ministro de Seguridad se atrevió a decir sin penas que eran narcotraficantes, que por eso sus hijxs le fueron arrebatadxs sin anuncio y sin restos, que era descuido suyo. Vio fijo a la cámara y desmintió. Sola. No gritó. No se arrancó el pelo del dolor, como en la Biblia. Solo lloró quedito. 

A cuadro, en esa conferencia de prensa, la tercera cosa que aprendés cuando trabajás temas de derechos humanos: las películas de miedo mienten. Cuando el terror es obsceno y llega a tu puerta, no hay gritos, no hay golpes, no hay arrebato ni rabia, solo un llanto que nadie puede escuchar.

Virginia Lemus

Virginia Lemus

Columnista. Ha escrito artículos de opinión sobre diversidad sexual y derechos humanos en El Salvador y el Triángulo Norte para medios nacionales e internacionales

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