Foto/Emerson Flores/Leonel Pacas

La revitalización de la cultura nahua

Expertos consultados por GatoEncerrado afirmaron que la cosmovisión de los pueblos nahuas, en Sonsonate, sufrió una interrupción después del etnocidio de 1932. Sin embargo, en la actualidad, existe una revitalización de su cultura y prácticas ligada a la defensa de los bienes naturales. Los nahuas de Sonsonate buscan recuperar la lengua, sus métodos para cultivar la tierra, el derecho que tienen sobre las tierras de sus antepasados y todo lo que les fue arrebatado.

Por Emerson Flores

Por Emerson Flores

En otros países del mundo, los pueblos indígenas pueden identificarse visualmente a través del traje tradicional y la lengua vernácula, pero este no es el caso de El Salvador. Según el documento titulado “El perfil de los pueblos indígenas en El Salvador”, publicado en 2003, estos rasgos identitarios han desaparecido por al menos tres razones:  El levantamiento indígena de 1932 seguido del etnocidio que llevó a la muerte de aproximadamente 30,000 personas, la estrechez del territorio nacional que propició el mestizaje salvadoreño y el desconocimiento y la negación hacia los pueblos indígenas. 

Según el antropólogo Iván Villatoro, existió un proceso sistemático impulsado por los gobernantes hasta el punto de abolir las tierras ejidales y comunales que buscaba deshacer la cohesión étnica de los pueblos indígenas: “Era una forma de desarticularlos, desmontarlos. Es lo más triste, porque hubo un proceso que cortó con la transmisión generacional, no desde 1932 sino desde la independencia, que se gestó con un conjunto de políticas y prácticas que tenían en su base la eliminación de lo indígena por considerarlos un atraso para el progreso”. 

El tata Francisco Pulque relata que durante el etnocidio de 1932, las madres cavaban fosas para esconder a sus hijos, las cubrían con madera y se sentaban encima a hacer petates. También vestían a los niños con ropa que usaban comúnmente las niñas y los ponían a barrer debido a los roles tradicionales de género. De esta forma los protegían de ser asesinados, según el testimonio de los habitantes de Sisimitepec.

Teodora Juárez elabora un petate de tule en el patio en su casa ubicada en Sisimitepec. Durante el etnocidio de 1932 las mujeres del lugar ocultaban a sus esposos e hijos debajo de los petates para librarles de ser asesinados por el ejército salvadoreño que seguía las órdenes de Maximiliado Hernández Martínez. Así salvaron muchas vidas. Foto/Emerson Flores.

Hugo Díaz dijo a GatoEncerrado que el rol que las mujeres han tenido para conservar la cosmovisión y los etnoconocimientos del pueblo nahua, se debe a que durante la masacre de 1932 la orden que había recibido el ejército era matar a hombres y niños. Según el académico, lo ocurrido durante el etnocidio de 1932 provocó una interrupción en la tradición oral de los pueblos indígenas. La gente que sobrevivió tenía temor de hablar sobre lo ocurrido, la mejor forma de guardar la vida era ocultarse, algunas personas hasta dejaron de usar sus apellidos indígenas, debido a la represión que sus antepasados habían sufrido. “Ellos optaron por esconder sus conocimientos, por eso la tradición oral perdió fuerza y dejó de transmitirse a las nuevas generaciones de forma fluida o contaban poco y de mala gana. No hemos logrado dimensionar los daños que la interrupción de la tradición oral ha tenido sobre la población salvadoreña a tal grado que personajes mitológicos vinculados a la protección del patrimonio como la Siguanaba o el Sisimite ahora son ridiculizados y vistos como leyendas provenientes de las sociedades recientes y no como vínculos entre el presente y el pasado mesoamericano”, explicó. 

Sofía reconoce que hubo una interrupción en cuanto a la transmisión de todos esos saberes que eran importantes para el pueblo nahua de Nahuizalco, sin embargo, considera que es algo que todavía se puede recuperar y se está logrando en Sisimitepec: “Mi familia no me habló del 32, porque nuestros abuelos tenían miedo. A ellos los obligaron a que dejaran su lengua, su religión. No solo el Estado tiene una deuda con nosotros, también la Iglesia Católica por habernos robado esa forma de relacionarnos con el Creador y formador de la vida. Ahora estamos tratando rescatar nuestra cultura, porque es algo que quiero heredar a mis hijos”, explicó.

Para las reformas del artículo 63 de la Constitución en junio de 2014 el Consejo Coordinador Nacional Indígena de El Salvador (CCNIS) propuso un capítulo con 20 artículos sobre derechos de los pueblos indígenas. Al final, solo se admitió un inciso. “Como CCNIS hicimos el planteamiento de todo un capítulo donde había 20 artículos. Poco a poco nos fueron quitando hasta dejar un inciso. Hay que seguir en la lucha”, afirmó Jesús Amadeo Martínez, miembro del equipo jurídico de CCNIS y Consejero Mayor del CICA (Consejo Indígena de Centroamérica). 

“De igual forma, Martínez, como representante de CCNIS insistió en la Asamblea Legislativa en aprobar el Convenio 169 de la OIT sobre la devolución de las tierras ejidles y comunales, pero siempre obtuvo una negativa por parte de los diputados. Eso fue en años anteriores, sin embargo, el abogado menciona que las cosas no han cambiado con el actual gobierno: “Con el actual gobierno ustedes ya vieron que la misma Canciller Alexandra Hill Tinoco está pidiendo indemnización por tierras que ellos mismos le quitaron a los pueblos indígenas”, expresó.

Martínez también menciona que los pueblos indígenas tienen que buscar su autodeterminación y que el Estado tiene que respetar sus formas de organización: “La autodeterminación tiene que ver con que no tengamos imposiciones. A veces hasta nos quieren imponer la forma cómo deben organizarse nuestras comunidades, cuando nosotros tenemos que tener nuestra propia forma de organización, nuestra propia estructura social”, explicó. La tierra representa uno de los elementos cosmogónicos más fuertes para los pueblos indígenas, porque está ligada al desarrollo de sus etnoconocimientos y su cosmovisión. Sin embargo, El Salvador al igual que Belice son los únicos países de la región que no han reconocido el derecho a la tierra de los pueblos indígenas. 

El Diagnóstico de Pueblos Indígenas del Departamento de Sonsonate de 2007 afirma los principales problemas socio-ambientales que enfrenta el departamento son: desequilibrios territoriales y sectoriales, desarticulación institucional, degradación acelerada y agotamiento de los recursos naturales renovables, deterioro progresivo de condiciones de vida de amplios sectores de la población urbana y rural. “La base de muchos de estos problemas está ligada a la tensa relación entre las políticas públicas, el deterioro de los recursos naturales, el mercado y la propia sobrevivencia de su población, que cuenta con una expansión de asentamientos humanos inadecuados que convergen en el deterioro del hábitat territorial”.

El arqueólogo Hugo Díaz menciona que se intentó borrar a los pueblos indígenas durante la masacre del 32, pero que sus derechos siguen siendo violados y siguen siendo invisibilizados hasta la fecha: “La nación del criollo surgió a partir del extractivismo. Esa nación se fundamenta a partir de la usurpación hacia los pueblos originarios, a tal grado que niega e invisibiliza sus aportes a la sociedad salvadoreña. El actual gobierno tiene una visión mercantilista en torno a los territorios de los pueblos indígenas y no solo los invisibiliza, sino que está usando todos los elementos del pasado de forma folclórica para legitimar esa patria del criollo”, expresó Hugo Díaz. Ha habido un intento de borrar sistemáticamente a los pueblos originarios en el país, desde la invasión española hasta la fecha.

El despertar de la identidad

Teresa Aguilar, habitante de Sisimitepec, contó a GatoEncerrado cómo la comunidad sembró en ella la inquietud por querer conocer sus orígenes y su historia. Ella escuchaba a sus padres hablar en nahuat en secreto y se preguntaba por qué sus padres ocultaban su lengua materna: “Yo no entendía todas estas cosas, porque no me educaron de esa manera. Fue en la comunidad donde me orientaron en estos temas, a saber de dónde vengo, quién soy y cómo debo ser”. Sus abuelos también hablaban la lengua, pero por protegerla nunca quisieron enseñarle: “Es que a la gente que hablaba el idioma la mataban en 1932”, explicó.

Teodora Juárez elabora un petate de tule en el patio en su casa ubicada en Sisimitepec. Durante el etnocidio de 1932 las mujeres del lugar ocultaban a sus esposos e hijos debajo de los petates para librarles de ser asesinados por el ejército salvadoreño que seguía las órdenes de Maximiliado Hernández Martínez. Así salvaron muchas vidas. Foto/Emerson Flores.

La importancia de la organización ha sido tal que empezó a despertar el autoreconocimiento como parte de los pueblos indígenas. “Nosotras nos reconocemos como mujeres indígenas por nuestros rasgos y porque nacimos en este lugar. No me da vergüenza ser de aquí y le enseño a mis hijos lo mismo”, expresó Sofía, quien no solo lucha por el río, también por el derecho a la tierra, por el reconocimiento de la cosmovisión y la reivindicación de los pueblos indígenas como defensores de los bienes naturales.

El Comité de los Derechos del Niño de las Naciones Unidas expresó en 2010 su preocupación por la “invisibilidad cultural de la población indígena en el Estado salvadoreño que se traduce en la ausencia de políticas públicas específicas para fomentar el desarrollo y el bienestar de los niños indígenas, las disparidades en el nivel de vida de los indígenas ( más del 38 % vive en situación de extrema pobreza) y el fuerte aumento de la emigración de los adolescentes indígenas. También le preocupa la falta de suficientes oportunidades para la expresión de la cultura y las prácticas indígenas, incluida la educación intercultural y bilingüe, así como la discriminación en la vida cotidiana de que son víctimas los indígenas y sus hijos”. 

El artículo 63 de la Constitución de la República afirma que “El Salvador reconoce a los pueblos indígenas y adoptará políticas a fin de mantener y desarrollar su identidad étnica y cultural, cosmovisión, valores y espiritualidad”. Sin embargo, a lo largo de la historia han existido violaciones a los derechos de los pueblos indígenas, sus lugares sagrados, sus formas de organización y su espiritualidad. En la práctica, casos como el de Tacushcalco y el hecho de que en 2019 el Ministerio de Cultura revalidara la factibilidad dada en 2006 para la construcción de la Central Hidroeléctrica Nuevo Nahuizalco II a pesar de que esta intervención destruiría lugares que para los pueblos indígenas de la zona son sagrados, son un claro mensaje sobre la poca importancia que los derechos y la cosmovisión indígena tiene para el actual gobierno. 

Los habitantes de Sisimitepec quieren ser reconocidos por el Estado y que se creen políticas públicas que los favorezcan, como la entrega de tierras y su autonomía: “Si no se reconoce nuestro derecho a la tierra, al menos que se nos reconozcan como guardianes de estos territorios y que cuando venga un proyecto que afecte nuestros lugares sagrados, nos consulten a nosotros”, expresó Sofía Morán. Los miembros del pueblo nahua de esta zona afirman estar dispuestos a llegar hasta las últimas consecuencias para defender el río y su identidad. También aseguran que esta lucha no la libran en soledad, sino que “hay seres espirituales que han despertado para acompañarlos” y eso les da fuerza para seguir con sus prácticas ancestrales relacionadas a la tierra.

La agroecología y las prácticas ancestrales

Los pueblos indígenas son originarios de las tierras en las que viven, pero ya no son dueños de las mismas. Por eso una de las demandas de los pueblos indígenas en Sisimitepec es que el Estado les dé tierras, ya que el 75% de sus habitantes tiene que arrendar tierras para cultivarlas (Leda Peretti, 2002). Para Enrique Carías, líder indígena y miembro del Comité Indígena para la Defensa de los Bienes Naturales de Nahuizalco la mejor forma de ayudar a los pueblos indígenas sería otorgándoles tierras: “Yo creo que la mejor manera de ayudarnos sería apoyar nuestras prácticas de vida, pero muchos campesinos no tienen tierra que trabajar, tienen que alquilarla a los terratenientes”, explicó.

José Pulque tiene un huerto en su casa, en donde cultiva su propio alimento. Los pueblos indígenas son muy conscientes de la necesidad de construir soberanía alimentaria. Foto/Emerson Flores.

Además, Carías menciona la importancia de reconocer y respetar las prácticas agrícolas de los pueblos originarios relacionadas al uso de la tierra: “El mercado nos ha dicho que hay que comprar la semilla mejorada, pero esto afecta la economía del campesino, afecta la salud y daña la tierra. Nos han llevado a abandonar las prácticas de nuestros abuelos”.

Existe una gran reverencia hacia la tierra. Líderes indígenas mencionan que la milpa es un ejemplo de pertinencia cultural para los pueblos originarios, porque la tierra se cultiva con el propósito de cuidar los ecosistemas, ya que los pueblos indígenas promueven el cultivo de todo tipo de semilla en la tierra y se oponen al monocultivo, aunque el Estado y algunas organizaciones quieran imponen proyectos inadecuados para la tierra, según Amadeo Martínez. 

“Para agradar a Dios hay que respetar todo lo que él ha creado. Por ejemplo, una de las enseñanzas de los abuelos era que si yo quiero talar un árbol, tengo que hablar con él y pedirle permiso. Si voy a quitarle sus cáscaras medicinales, debo hablar con él. Si yo cortó una hierba para curarme a mí mismo o a mi familia, hablo con ella. Eso me transmitieron mi abuelo y mi padre”, expresó José Francisco Pulque.

La gente de la comunidad de Sisimitepec no quiere cultivar su espiritualidad y cosmovisión a las futuras generaciones. Ellos esperan revitalizar esta cultura con el fin de seguir protegiendo los bienes naturales en el futuro. Foto/Emerson Flores.

Los pueblos indígenas manifiestan que en cuestión de derechos han sufrido un retroceso durante este gobierno, con relación a lo que habían ganado. El camino hacia la autodeterminación se ha complicado, sin embargo, no renuncian a la esperanza de un mejor futuro para ellos y sus descendientes. Marta Alicia Pulque tiene la esperanza de seguir construyendo conocimientos a partir de la organización de la gente en Sisimitepec: “Yo sueño con que estemos organizadas, con compartir el conocimiento y la cultura. Que recuperemos la lengua, la vestimenta y nos devuelvan lo que nos fue arrebatado”. 

Noemí Morán, por su parte, anhela que sus hijos puedan vivir libres: “Yo quiero que nuestros niños sean libres, que nos dejen vivir como indígenas. Los ricos no solo se apoderan de las tierras, sino también de nuestros bienes como el río, eso es algo que no les pertenece y que puede ser un legado para nuestros hijos. Tenemos el derecho a disfrutar de la naturaleza. Yo me imagino a mis hijos bañándose en el río libremente, con una vida sana, una tranquilidad como la tuvieron nuestros antepasados”.