Nota

Las mujeres que se quedan en el Corredor seco

El Corredor Seco hace que la vida sea insostenible. Por eso, agricultores salvadoreños abandonan todo y siguen la ruta migrante para encontrar mejores oportunidades para sus familias en Estados Unidos. En su mayoría, son los hombres los que se van, mientras que las mujeres se quedan para cuidar los hijos y trabajar las tierras en temperaturas extremas. 

Por Gloria Olivares

Por Gloria Olivares

Estas 12 mujeres agricultoras no tienen otra opción. Están obligadas a abandonar por un rato la parcela comunitaria en la que cultivan maíz, maicillo y sandías. Su verdugo es el sol de las 12:00 del mediodía, que quema la piel, aquí en el cantón El Aceituno de Intipucá, La Unión, y los 33°C son tan asfixiantes que parece el infierno centroamericano. Por si eso fuera poco, la situación puede empeorar en verano; pero por ahora es diciembre de 2021, la época más fresca del año. Aún así, el calor es tan abrasador que las mujeres ya no pueden seguir limpiando el terreno y se refugian en sus casas, donde el trabajo como cuidadoras de sus hijos y otros familiares no se detiene, mientras esperan a que la temperatura baje para volver y sacar las parras de tomate y pepino que no pudieron cultivar el verano pasado porque se llenó de plaga y fue imposible controlarla.

El municipio de Intipucá, La Unión, es de los más afectados dentro del Corredor Seco salvadoreño. Foto/Emerson Flores

La mayoría de estas mujeres, según relataron a GatoEncerrado, tienen varias cosas en común, pero la más importante es que ya experimentaron la separación de su familia, o la sufren actualmente. Todo por culpa de la crisis climática que cada año hace que esta parte del Corredor Seco centroamericano sea más caliente, tenga menos agua disponible en los ríos y se cultive menos. Consecuentemente, las familias padecen más hambre en medio del calor insoportable y la única forma de sobrevivir,  que ven viable es la separación familiar, a través de alguno de sus miembros que decide migrar hacia Estados Unidos en busca de trabajo. Usualmente es el padre quien migra y las mujeres se quedan para cuidar a \los hijos y el hogar.

“Esta experiencia nunca creí vivirla, porque yo nunca me imaginé llegar a vivir una situación así por la pobreza. Eso nos lleva a tomar una decisión así (separación familiar para migrar). Trabajar y no cosechar nada es duro. Y más sin tener un apoyo de alguien, porque aquí nosotros no tenemos apoyo de nadie”, dice Lucía Perez, una de las 12 mujeres que esperan una temperatura ambiente menos agresiva para regresar a trabajar la tierra. Pero las horas pasan y, aunque el sol empieza a esconderse, el calor agotador sigue presente.

Como es diciembre, las mujeres no pueden dejar pasar mucho tiempo para remover la tierra, sembrar de nuevo y esperar que esta vez el cultivo sí logre adaptarse a las condiciones del territorio. Deben probar suerte en medio de esta tierra que ahora parece más un desierto.

Para enfrentar la crisis climática y sobrevivir en este territorio del Corredor Seco, las mujeres de El Aceituno, específicamente las que viven en el caserío Santa Lucía, han conformado una organización de trabajo colaborativo, a través de la que se han repartido un terreno comunitario para cultivar. 

Una de esas agricultoras de Santa Lucía es María Pérez, de 33 años. Hablar de lo que ha vivido en su familia, como relató a esta revista, le ayuda a superarlo y tomar fuerzas para enfrentar la hostilidad del Corredor Seco. Expresar lo que siente, según su experiencia, también es una forma de terapia para enfrentar lo que venga. 

María es madre de dos hijos y practica la agricultura de subsistencia. Junto a su compañero de vida cultivan maíz, maicillo y, si se da la oportunidad, también sandía en una parcela de una manzana. Este siempre ha sido su fuente de sustento, es la base de su dieta alimenticia y el excedente es vendido para obtener ingresos.

En los últimos años, la cosecha no ha sido suficiente para mantener a la familia, las sequías han sido constantes y el porcentaje de pérdida aumentó. Antes, si el invierno era bueno, lograba cultivar hasta 20 sacos de maíz, pero con el desgaste de los ecosistemas y los constantes períodos de sequía durante el invierno, la producción familiar bajó a 12 sacos de maíz. En 2016 y 2017, la familia de María no pudo recuperar los ingresos invertidos para la producción de esos años. 

Así que, para resolver y sobrevivir, su esposo decidió migrar hacia los Estados Unidos a inicios de 2018: “No sé cómo explicarle, porque es un dolor grande tener que migrar por necesidad, pero más poniendo en riesgo su vida y con el temor de no volverlo a ver nunca”, explica María. 

María es agricultora de subsistencia que habita en el Corredor Seco salvadoreño. Debido al desgaste de los ecosistemas de este territorio, las cosechas de los últimos años dejaron más pérdidas que ganancias. Foto/Emerson Flores

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La psicóloga y directora de Investigación en Derechos Humanos de Cristosal, Rina Monti, explicó a GatoEncerrado que la situación es tan grave en La Unión que las familias deben elegir, con urgencia, entre morir de hambre en el calor del Corredor Seco o separarse para que un miembro se vaya a los Estados Unidos con el riesgo de morir en el camino.

“La migración, que es un derecho, en este caso está siendo impuesta por razones ajenas a su voluntad y lo segundo es porque tiene un enorme costo, no solo económico, sino que también es salvaguardar la vida porque es evidente. Las personas saben, pero saben que tienen dos opciones: o mueren acá o mueren en la ruta y tienes que tomar una decisión” explica Monti. 

El informe de Movilidad Humana: Derecho Humano y Justicia Climática, de la Heinrich Boll, muestra que el caso de la familia de María es una constante en la región centroamericana: “Esta región se vuelve terreno fértil para la movilidad humana forzada como sinónimo de sobrevivencia”. 

En el Corredor Seco centroamericano es imposible vivir y por eso cada año hay más personas que deciden abandonar todo y migrar. Permanecer en este lugar es aceptar la condena de contar con menos agua y menos comida cada año.

“Una persona que ha sido forzada a dejar su hogar, o su país, a raíz de los efectos severos de eventos climáticos, que le expone a la percepción de inseguridad y les fuerza a buscar asilo en otras regiones o países, se convierte en un refugiado climático”, asegura la investigadora Issa Berchin.

Mientras su esposo intentaba llegar a los Estados Unidos, María se convirtió en el único pilar de su hogar: “Él me dejó dinero que había ahorrado, poquito a poquito, y me había dejado la cosecha para sacar más ingresos”. 

Los ahorros familiares, como era de esperar, solo alcanzaron para tres meses y luego María tuvo que sostener sola a sus hijos: “Fue difícil para mí, una no está acostumbrada. Fue difícil para mí, porque me faltaba la presencia de él y el dinero”.

María, sin saberlo, se había convertido en una mujer cuidadora, que es el término que Rina Monti utiliza para nombrar a las mujeres que se quedan en los territorios cuidando y procurando ingresos para alimentar a su familia, mientras sus compañeros de vida emprenden el viaje turbulento de la migración.

El trabajo productivo y el trabajo de los cuidados

Tras agotarse los ahorros en tres meses, el hogar de María ya no contaba con efectivo, pero sí tenía una pequeña reserva de maíz de la cosecha de 2017. Así que María tuvo que tomar una importante decisión: racionalizar la comida, porque el maíz era el único insumo que tenía para sobrevivir, y vender una parte. 

Su madre también fue un gran apoyo para sobrellevar esos momentos. La llevó a su venta de punches para que María pudiera sacar un ingreso extra: “No voy a mentir, yo no tenía trabajo, lo que hacía era a veces ayudarle a mi mamá para ir a vender y a veces me encargaban tortillas, así que yo palmeaba para vender, pero en la casa”, recuerda María.

Como ya quedó claro, su caso no es el único. Aquí, en El Aceituno, estos casos abundan. Doris Saraí Blanco, por ejemplo, es otra mujer cuidadora. Tiene 26 años, es madre de tres hijos y también es agricultora en la parcela comunitaria. Su historia es parecida a la de María, ya que su esposo también decidió migrar.

El viaje del esposo de Doris duró siete meses. En ese tiempo, se quedó sola con sus tres hijos y sin un empleo formal para asegurar la supervivencia de la familia: “Para una mujer sola, sin ninguna entrada de dinero, es complicado. Las preocupaciones mías eran muchas, porque había que pagar la energía, el agua y lo de los niños día a día, pues los niños deben llevar algo a la escuela”. 

Para enfrentar la situación, Doris comenzó a trabajar como cocinera en un restaurante. Pero como eso no era suficiente para asegurar la comida de la familia, tuvo que trabajar por las tardes en la parcela comunitaria bajo el sol infernal del Corredor Seco. Por si eso fuera poco, al llegar a su casa tenía que retomar sus labores de cuidadora de la familia. 

Así todos los días, sin descanso, y solo encontrando un poco de comprensión y apoyo en las demás mujeres de la comunidad; como María, con quien compartía la preocupación e incertidumbre del viaje turbulento de sus esposos hacia Estados Unidos.

Doris es una de las lideresas que trabajan en el huerto colectivo de la comunidad de Santa Lucía El Aceituno, Intipucá. Es una mujer cuidadora y su esposo tuvo que migrar en 2021 debido a la crisis de sostenibilidad de la vida en el Corredor Seco. Las flores que acompañan el retrato fueron sembradas por Doris para mejorar los ánimos de sus compañeras en los días difíciles. Foto/Emerson Flores

El desgaste de la salud de mujeres cuidadoras 

Durante los primeros seis meses de transitar por la ruta migrante, el esposo de María logró comunicarse con ella y sus hijos para contarles que a pesar de las dificultades del viaje, se encontraba bien. Pero llegó un momento, en junio de 2018, cuando María dejó de ser contactada por su esposo.

“Yo tenía una desesperación grande, porque no me podía comunicar con él y hay bastantes personas que se van y no regresan nunca, ni el cuerpo tan siquiera. Ese era el temor que yo tenía. Yo no dormía, no comía, yo me puse bien pechita. Yo llegué a una depresión”, dice María, para describir cómo la angustia de no saber nada sobre el paradero de su compañero de vida la afectó mental y físicamente.

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Monti, psicóloga de Cristosal, asegura que desde las investigaciones y los casos que ha podido sistematizar, las afectaciones en la salud de las mujeres cuidadoras se repiten a diario en toda la región: “Las mujeres normalmente hablan de que padecen de nervios, insomnio y demás, pero en realidad lo que tienen a la base han sido más problemas cardiovasculares y se han agravado otro tipo de problemas congénitos que puedan tener”. 

Este tipo de problemas en la salud física y mental de las mujeres cuidadoras también se extiende a los demás integrantes de la familia. En el hogar de María, por ejemplo, el hijo mayor se resintió porque su padre tuvo que migrar y sintió culpa por no haber sido él quien se fuera a los Estados Unidos, para que su madre y hermanos más pequeños no se sintieran solos. La hija menor mostró un cuadro de depresión, ya que pasaba largos periodos de tristeza y extrañando a su padre. La niña no sabía cómo expresar lo que sentía, solo lloraba constantemente, según recuerda María sobre esa época.

Para Monti, a nivel psicológico, la movilidad es devastadora para las personas que se quedan, sobre todo en niñas y niños: “Ellos desarrollan depresiones profundas porque están enfrentando la ruptura familiar, pero también la incertidumbre de no saber dónde están sus padres o madres”.

Vulnerabilidad de los niños que se quedan 

La investigadora también resalta que muchas veces ambos padres se ven en la necesidad de migrar y dejan a sus hijos al cuidado de familiares que no tienen el mismo amor, compromiso y responsabilidad. Hay casos peores, en los que los niños quedan al cuidado de amistades o vecinos: “Esto evidentemente va a causar que los niños y niñas que se quedan pueden sufrir hechos de violencia”.

Ruth Osorio es representante del Instituto de Investigación, Capacitación y Desarrollo de la Mujer (IMU) y ejecutora de proyectos sobre educación integral de la sexualidad en 17 municipios afectados por el Corredor Seco en Usulután. Según Ruth, en este territorio los problemas no solo se limitan a la insostenibilidad de la vida, también llama la atención que es la porción del territorio salvadoreño donde más embarazos en niñas y adolescentes se registran. Desde 2017, Osorio viene trabajando estos procesos en este territorio, con el objetivo de dar a conocer los derechos sexuales reproductivos y la prevención de la violencia sexual. 

Con la experiencia que ha adquirido en el territorio, Osorio concuerda con Rina Monti y asegura que la migración de ambos padres, por razones climáticas, deja en una condición de vulnerabilidad a los hijos, pero sobre todo a las niñas: “Son abusados sexualmente por miembros del hogar (que supuestamente tienen la responsabilidad de cuidarlos), como sus tíos, primos, hermanos, algún familiar. Entonces se podría decir que no hay un ambiente seguro, sino que es de desconfiar de todo”. 

A pesar de todo ese panorama, la hija de María no tuvo que vivir el calvario de muchas niñas cuando ambos padres se ven obligados a migrar, ya que su madre la acompañó en el proceso. 

En el tiempo en que María no fue contactada por su esposo y estaba con incertidumbre de lo que había pasado con él, una prima que vive en Estados Unidos sí logró comunicarse con las autoridades de migración, quienes le informaron que fue detenido por agentes de migración y estaba esperando su deportación. 

Marco internacional de movilidad climática 

Según la Cepal, para el 2030, los países de la región centroamericana aumentarán el nivel de vulnerabilidad frente a múltiples amenazas y el riesgo de desastres, así como los efectos del cambio climático. Eso provocará que más personas afectadas por la crisis climática, como los esposos de María y Doris, se vean obligados a migrar internamente o hacia el exterior para buscar soluciones.

Vulnerabilidad climática*

País
2010
2030
Guatemala
Moderado
Alto
Belice
Agudo
Agudo
El Salvador
Severo
Agudo
Honduras
Severo
Agudo
Nicaragua
Moderado
Alto
Costa Rica
Moderado
Alto
Panamá
Moderado
Severo

Fuente: Cepal 2015

*Según las evaluaciones realizadas por la CEPAL, en 2010 los niveles de vulnerabilidad de la región centroamericana eran preocupantes, sobre todo para Belice, El Salvador, Honduras y República Dominicana. En las proyecciones para 2030 el panorama es más grave. 

Los esposos de María y Doris ya encajan en la categoría de refugiados climáticos. El problema es que a pesar de las personas que migran por razones climáticas, aún no hay garantías de conseguir refugio. El informe de Movilidad Humana: Derecho Humano y Justicia Climática, concluye que ninguno de los esfuerzos hechos por distintas instancias han logrado garantizar la protección para los migrantes por razones climáticas. Esto se debe a que el tema de movilidad forzada por cambio climático aún no ha sido abordado de manera integral. 

En 1985, se introdujo la discusión del término de refugio ambiental en la Organización de la Naciones Unidas (ONU), con el objetivo de garantizar un estatus duradero de protección para personas forzadas a mirar por los impactos del cambio climático en sus territorios. 37 años después, todavía no hay reconocimiento legal internacional de este término, pues ha sido sistemáticamente rechazado por actores internacionales.

DATO

Propuesta

La propuesta de refugio climático va orientada a garantizar protección a través de tres categorías o perfiles de migrantes:

a) Quienes han sido desplazados temporalmente y regresarán a su hogar cuando haya sido rehabilitado.

b) Quienes han sido desplazados permanentemente y se han asentado en otra parte a raíz de un cambio permanente. 

c) Quienes han emigrado para buscar una mejor calidad de vida a raíz de la degradación del ambiente.

La falta de un instrumento internacional que aborde este tema causa un vacío en la protección de las personas migrantes por causas climáticas. Este hecho traslada la responsabilidad climática a las naciones en las cuales la solución solo queda en prevenir la movilidad. Mientras esta situación no cambie, familias como las de María o Doris van a continuar siendo forzadas a migrar y a padecer el sufrimiento que implica este proceso. 

***

Una noche de enero de 2019, alguien llamó a la puerta de la casa de María. Era un hombre escuálido, sin mucho color en el rostro y con una voz débil: “Tuve temor de abrir la puerta, yo no lo creía, pero cuando abrí la puerta y lo vi, me sentí tan feliz que lloré. Los niños se despertaron. Fue un momento de mucha alegría”, cuenta María. 

Después de 45 minutos de narrar las dificultades que tuvo que vivir por la migración de su esposo por razones climáticas, María retoma la limpieza de su parcela en la tierra comunitaria, con la esperanza de que en esta cosecha haya menos pérdidas. La familia de Lucía ha decido que nadie más va a migrar, porque los riesgos son demasiados y no existen garantías de protección. Ahora solo queda esperar que las técnicas agroecológicas funcionen para cultivar en medio del Corredor Seco.

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