Otros investigadores están estudiando el quitosano, un material derivado de las conchas de crustáceos e insectos y de las paredes celulares de los hongos. El quitosano es fácil de trabajar y no requiere productos químicos agresivos; ya se encuentra en algunos productos para el cabello como agente protector del calor y de peinado, afirma Eduardo Guzmán, físico-químico de la Universidad Complutense de Madrid, en España. Para evitar dañar a los animales, es preferible utilizar fuentes fúngicas de quitosano, pero las moléculas de quitosano derivadas de hongos son demasiado pequeñas para depositarse bien en el cabello. Por ello, Guzmán y sus colegas están trabajando para encontrar las formulaciones adecuadas —por ejemplo, variando las cantidades de sal o ajustando el pH de la solución— con el fin de aumentar la deposición de quitosano.
Los científicos también están buscando sustitutos de los sulfatos, que dan a los champús su espuma y son fundamentales para eliminar el sudor, la grasa, la suciedad y los residuos de productos. Las largas colas hidrófobas de estas moléculas son atraídas por las grasas y forman pequeñas capas esféricas alrededor de la suciedad y la grasa, atrapándolas. Las cabezas con carga negativa de las moléculas permiten que el agua elimine fácilmente la capa llena de suciedad.
Los sulfatos tienen mala reputación porque pueden ser irritantes para algunos consumidores; ya hay muchos champús sin sulfatos en las estanterías de las farmacias. Entre ellos se encuentran los tensioactivos llamados sophorolípidos, que se obtienen de hongos, limpian suavemente y se utilizan en algunos champús para bebés. Otros sustitutos de los sulfatos son los alquilpoliglucósidos —moléculas almidonadas y grasas derivadas de plantas como el aceite de coco y el aceite de palma, y la glucosa del maíz y las papas—.
Los champús y acondicionadores pueden contener docenas de ingredientes, y la forma en que estos interactúan influye en la eficacia de los productos, por lo que los investigadores no pueden simplemente sustituir una molécula por otra. Sin embargo, dado que los productos para el cuidado del cabello se utilizan con tanta frecuencia, los cambios que los hacen más respetuosos con el ambiente podrían sumar. Al fin y al cabo, dice Varela, “todo el mundo se lava el pelo”.
Aun así, Friedman, del Environmental Working Group, advierte que es difícil saber cuán ecológico es un producto, ya que hay poca responsabilidad por las afirmaciones sobre los distintos productos. (El Environmental Working Group tiene un programa verificado para productos de cuidado personal que intenta aportar más transparencia). E incluso si un producto utiliza materiales de origen biológico procedentes de fuentes renovables, puede seguir dañando el ambiente: las plantaciones de palma que se cultivan en lugares donde se ha talado el bosque, por ejemplo, dañan hábitats importantes y pueden aumentar las emisiones de carbono.
Aunque los consumidores puedan buscar alternativas más ecológicas, el criterio más importante para ellos sigue siendo si un producto funciona. “Lo primero es el rendimiento”, afirma Cavaco-Paulo. “Eso es lo que busca la gente”. Los científicos también lo buscan en esos estanques turbios, bosques y hongos.
Artículo traducido por Debbie Ponchner.