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Análisis

Los abusos de ICE podrían costarle caro a Trump

Las acciones de ICE parecen ser apenas el comienzo de una campaña no solo para afectar los resultados de las elecciones y con ello la democracia, sino para hacer una limpieza étnica sin precedentes. Panorama de un proceso que afecta en primer lugar a millones de latinoamericanos que residen allá.

Por Robert Valencia | Connectas

Febrero 19, 2026

A mediados de julio de 2024, durante la Convención Nacional Republicana, miles de asistentes sostenían carteles con la frase “Deportaciones Masivas Ahora”. Era evidente que la presidencia de Donald Trump abrazaría esa consigna unos meses después al regresar a la Casa Blanca. Pero nadie imaginaba que llegaría a los extremos actuales. A poco más de un año de mandato, no solo sus detractores sino incluso algunos de sus seguidores han visto con estupor hasta donde ha llegado el recrudecimiento de sus políticas anti-inmigratorias.

Desde el momento en que Trump saltó a la palestra política en 2015, su lenguaje peyorativo hacia los mexicanos ya daba indicios de su acercamiento al tema migratorio. Su primera administración estuvo plagada de crueles medidas en ese tema, como la separación de familias bajo la premisa “cero tolerancia”, cuando envió a muchos niños a campamentos a miles de kilómetros de sus padres. Entre otras medidas controversiales, implantó la llamada “Quédate en México”, por la que obligó a miles de migrantes a vivir en peligrosas ciudades de la frontera mientras esperaban un proceso de asilo, en ocasiones atascado en las ya saturadas cortes migratorias.

Pero en esta segunda administración, Trump y su equipo llegaron más preparados. Esta vez, decidieron aplicar sus medidas anti-migratorias mediante una agencia federal a la que le multiplicaron exponencialmente sus recursos: el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas, conocido por sus siglas en inglés como ICE. Creada en marzo de 2003 como producto de los ataques del 11 de septiembre de 2001, ICE suplantó al Servicio de Naturalización e Inmigración (INS por sus siglas en inglés), que operó bajo el Departamento de Justicia entre 1940 y 2003. Ante la magnitud de los ataques del 9/11, y su enorme impacto en la opinión pública, la administración de George W. Bush decidió crear el Departamento de Seguridad Nacional (DHS, por sus siglas en inglés), con la idea de que el país estaba bajo una permanente amenaza existencial.

Como lo señalan algunos críticos, el DHS se fue convirtiendo en un Frankenstein que agruparía una enorme cantidad de agencias, desde ICE, hasta el Servicio Secreto, la Administración de Seguridad en el Transporte y hasta la Agencia Federal de Gestión de Emergencias (FEMA, por sus siglas en inglés), pero con un ADN en particular: instalar en la psiquis estadounidense una latente amenaza externa, aprender a convivir con la “Guerra contra el Terror” y comenzar a instalar campañas de contrainsurgencia, vigilancia masiva mediante equipos militares a nivel nacional —desde drones hasta vehículos blindados— independientemente de si las amenazas eran reales o no.

Pero desde 2001, Estados Unidos no volvió a experimentar un ataque de fuerzas externas, lo que obligó al DHS a justificar su existencia. Y qué mejor excusa que enfilar esfuerzos, por medio de ICE, contra la inmigración irregular. Durante los años de Obama fracasaron los esfuerzos bipartidistas por aprobar una reforma migratoria que permitiera legalizar y naturalizar a muchos migrantes. Y mientras tanto, silenciosamente, ICE comenzaba a crear sofisticados programas militares y a iniciar campañas de reclutamiento dirigidas veladamente a activistas del supremacismo blanco, miembros de milicias rurales armadas y veteranos de las guerras en Irak y Afganistán.

Ya bajo la presidencia de Trump, entró en escena su asesor Stephen Miller, el verdadero arquitecto de esta campaña contra los migrantes, quien se encargó de potencializar a ICE hasta convertirla en una verdadera fuerza de choque. Sus detractores lo señalan de basar su carrera en la intolerancia frente a comunidades de color mucho antes de convertirse en la mano derecha de Trump. Cuando trabajaba bajo el entonces senador republicano Jeff Sessions, Miller impulsaba políticas para debilitar programas a favor de grupos desfavorecidos, como personas racializadas, LGBT+ e inmigrantes.

Asimismo, a Miller le atribuyen vínculos con grupos supremacistas blancos, de acuerdo con algunos emails revelados por medios estadounidenses. Según ellos, Miller ha mantenido conversaciones con extremistas de la ultraderecha, particularmente el grupo el “Campo de los Santos”, notoriamente anti-inmigrante y racista. A pesar de que 100 congresistas pidieron su renuncia, Trump no cedió a las presiones y el funcionario sigue desempeñando su cargo en Washington.

De hecho, a mediados de 2025, Miller presionó a agentes de ICE a realizar, al menos, 3 mil arrestos por día, sin importar si se trataba de residentes legales o incluso ciudadanos naturalizados o nacidos en el país. Incluso en algún momento les dijo que podían hacer todo lo que quisieran porque tendrían inmunidad absoluta.

Y por recursos no tenían que preocuparse, pues el famoso “grande y hermoso proyecto de ley” de presupuesto de Trump le otorgó a ICE 85 mil millones de dólares – cuando hace 10 años apenas tenía un presupuesto de 6 mil millones. Con esta cantidad, ICE se ha convertido en la agencia con la mayor financiación federal hasta la fecha.

Como si lo anterior fuera poco, un fallo de la Corte Suprema de Justicia en septiembre de 2025 les permite a agentes de ICE arrestar a cualquiera que, según su perfil racial, parezca un inmigrante. Como lo han señalado algunos expertos, el fallo afecta particularmente a los latinos, con efectos adversos a su bienestar, e incluso, a la salud.

En el papel, ICE solo debe arrestar a personas “con un récord criminal”, pero de acuerdo a un artículo de CBS News, ese requisito no se ha cumplido en más del 70 por ciento de las 400 mil personas aprehendidas durante el primer año del segundo gobierno de Trump. Eso tampoco ha impedido que ICE cree lo que críticos llaman verdaderos campos de concentración: un reporte de Bloomberg encontró que la agencia ha comprado megainstalaciones que no están acondicionadas para actividades humanas. Hasta la fecha, ICE ha invertido 172 millones de dólares en adquirir estos centros, que pueden recibir entre 8.500 camas, y según ese medio, planea comprar otras 23 grandes bodegas alrededor del país.

Sin embargo, nada sacudió la conciencia de Estados Unidos como el asesinato a sangre fría, en episodios separados, de Renee Good y Alex Pretti. Las muertes de esos activistas de raza blanca parecieron impresionar más al público que las de las 32 personas, mayoritariamente hispanas, que murieron en 2025 bajo custodia de ICE.

Y esa violencia extrema que despliegan los agentes de ICE no solo muestra su casi absoluta falta de entrenamiento. Además, con ella el Gobierno está tratando de influir en las elecciones de medio término. En una especie de chantaje, Pam Bondi, la fiscal general, le propuso al gobernador de Minnesota, Tim Waltz, sacar a ICE de Mineápolis a cambio de la entrega de las listas de votantes. Incluso, no se descarta que la administración Trump despliegue fuerzas de ICE en centros de votación en noviembre próximo, algo que los demócratas han venido señalando por días.

Las acciones de ICE, cada vez más violentas, no han pasado desapercibidas. Hoy, dos tercios de los estadounidenses –y uno de cada cinco republicanos– consideran que han llegado “demasiado lejos”. Mientras tanto, Trump enfrenta sus mayores niveles de desaprobación en lo que va corrido de mandato. Un promedio de varias encuestadoras señala que apenas el 36 por ciento de los estadounidenses respalda su gestión.

El tiempo dirá si eventualmente los llamados para abolir ICE se harán realidad, aunque será difícil que esto suceda con un Congreso obsecuente con Trump y una Corte Suprema que le permite prácticamente cualquier cosa. Por ello, el presidente entiende la importancia de ganar las elecciones de noviembre a como dé lugar. Si los demócratas se hacen a la mayoría del Congreso, tanto su presidencia como la existencia de ICE podrían enfrentar su mayor prueba.