
Los premios Óscar de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood están próximos a cumplir 100 años. En el camino han enfrentado diversidad de retos que cerca han estado de hundirlos, pero han sabido sobreponerse y reinventarse para seguir siendo los premios más prestigiosos en el mundo del cine. La nonagésima octava ceremonia de este galardón fue prueba de ello y una señal de que este arte, al menos de momento, sigue vivo.
Crítico de cine | Marzo 18, 2026
Nuestro entrañable tío Óscar tiene ya 97 años edad. Lleva muchas caídas desde su nacimiento en mayo de 1929. Muchas caídas. Hablemos sin tapujos. Han sido, con intención o no, empujones para tirar al suelo a esta bella y digan lo que digan, aún codiciada y casi centenaria estatuilla bañada en oro, sueños y lágrimas.
Tranquilos Bobbys, tranquilos. Don´t get selfish. No hablo solo de ustedes. No se crean que han sido (ni serán) el primer revólver en la sien de la estatuilla de la Academia; apologistas del entusiasmo y la adulación. Efímeros. Minúsculos en su grandeza. Mortífagos de la insatisfacción. O haters por generación espontánea.
Descascaradores descarados y chocarreros de la estatuilla y de hacer del cine un divertimento de pantalla chica. Tampoco son (ni serán) los últimos en tratar de derribarla. Mucho antes, en los años 50, lo intentó la llegada de la televisión.
El cine debió innovar en experiencias sensoriales pariendo a Cinemascope, Vista Vision, Smell-O-Vision y a Sensurround. Era de hacer que la audiencia se despegara de la caja idiota y regresara a las salas de cine.
El cine fue un gato panza arriba.
Se arreció con la petite crisis de los noventa; con el alba de la internet que ascendió a los cielos con todas sus burbujas. Miles de alegres burbujas punto com se desinflaron en especulaciones antes de que lo hiciera el cine y los Oscars, que siguen en resistencia.
El cine se puso a parir buenos muchachos. Pulp Fiction, Heat, Ghost; a la Agente Sterling, a Lecter y a La Matrix. Se encerró el cine como gato panza llena de Sexo, mentiras y videocintas.
Claro, en los últimos tiempos el bombardeo ha sido descomunal. Y sí, les concedo eso. Ustedes, junto a Netflix con su terco rencor corporativo, a las redes sociales con su dispersión, a Tik Tok con su elipsis a la nada y a #FilmTwitter (sí. Twitter, Elon) con su megalomanía antropófaga e insaciable, también forman parte de una especie de bufona tríada de asesinos de oropel.
Mercenarios de las press junkets y alfombras rojas banales que les tiran como carnadas en mínimos estrenos locales para que aprendan a lamer tuxedos.
—En el futuro todo tuitero tendrá quince me gusta de fama, my precious.
Saltaron los críticos de cine, esos con cursivas y siempre en minúsculas, aunque inicien la oración. Agoreros que en orgías de autocomplacencia y culto al clickbait profetizaban en júbilo la muerte misma del Séptimo Arte.
Son toda una pandemia. Muchos celebraron con eyaculación precoz que ese viejo terco decrépito y de brillo perdido se enfilara por fin —contra su voluntad— camino al cementerio de elefantes. Donde creían que merecía morir en el más profundo olvido.
Y como si eso no fuera suficiente, llegó de sopapo la inteligencia artificial con sus cantos de sirena aspirando convertirse en Artista Artificial de Verdad (ARA por sus siglas en inglés).
El cine es un
gato panza arriba.
—¡The old man is crazy!
El tío Óscar
sigue con nosotros.
Impávido. Silente.
Como siempre.
Espada en manos.
Los viejos tercos
saben levantarse y seguir.
A veces, hasta con glamour.
¿A que tanto galimatías?
Porque todo lo anterior es lo que está matando al cine y estrangulando al tío Óscar.
Los que amamos a ambos, los que por décadas hemos entregado con pasión nuestro afecto a este tío irascible y caprichoso, tenemos razón para amarlo en algarabía. A pesar de todo lo sufrido, ambos dieron la noche de la ceremonia, señales de vigor. Por el momento.
La nonagésima octava ceremonia de entrega de los premios de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood fue la fuente de la juventud que el cine en cine y el tío Óscar necesitaban. Y lograron beber de ella a tiempo.
Tío Óscar tiene ahora la oportunidad de llegar a soplar las velas del pastel de su cumpleaños número cien, dentro de dos años. Esa ceremonia puede llegar a ser espectacular.
La de este año tuvo fallos y pecados, pero fue linda.
—No nos pongamos tiquismiquis, camaradas Josh.
Para los sofistas del streaming, fetichistas de la calificación con estrellas sin sustento, les facilito y acorto la lectura. La ceremonia es un siete y medio u ocho raso. Listo, vayan a tuitear.
Pero eso no es lo que importa.
La primera ceremonia de premios Óscar demoró quince minutos. Los ganadores fueron anunciados a los medios tres meses antes de la noche en la que se entregaron quince estatuillas en doce categorías diferentes. La primera ceremonia transmitida por la radio fue en 1930. Los Oscars llegaron a la televisión en 1953.
Ahora existen veinticuatro categorías, contando la de mejor elenco que se estrenó en esta edición —la primer categoría nueva en veinticinco años desde que se introdujera en 2002 la de mejor película de animación—. Una más, mejor diseño de acrobacias se unirá a la familia en 2028.
En 2029 los Oscars dejarán la caja idiota, la televisión abierta y pasarán a ser vistos por YouTube. Cambia, todo cambia.
Celebro hoy porque después de crecer viendo ininterrumpidamente la transmisión televisiva desde 1977, en esta de 2026, por fin, ¡por fin!, después de años a la deriva ante el tsunami de la revolución digital, una ceremonia recordó a quien se debe: a los ganadores primero y, luego, a los que de verdad aman al cine. Y no fue perfecta. Pero en ese sentido, lo fue.
Esta ceremonia volvió a ser esa ventana de antaño que daba al Olimpo de unos titanes inalcanzables llamados estrellas de cine y que una vez al año se abría para que nosotros, mortales, les pudiéramos atisbar.
No necesitaba ser perfecta. Solo dejar al margen a los influencers y sus opiniones sofistas de autoayuda y validación emocional. Ver cine con el prisma de las emociones, mata al cine que debe verse observando fotograma tras fotograma. El plano.
No fue perfecta. Tuvo errores técnicos y un par de bostezos.
El programa siguió arrodillándose ante los patrocinadores a costa de la única oportunidad que muchos de los ganadores de las consideradas categorías menores o técnicas —¿existen en verdad categorías menores?— tienen para hablar de su éxito. O de lo que quisieran. ¡Era su noche, carajo!; ¡quien se aburra, que se duerma!, quien se ofenda, ¡que se chupe el dedo! pero no se vale que les atropellen con un trombón en medio de sus palabras. Algunos ni siquiera pudieron comenzar su discurso de aceptación. Mejor hubiera sido que les dieran de nalgadas con las palas de ping pong de Timothée Chalamet.
El anfitrión fue el comediante Conan O’Brien. Su segunda luego del éxito de audiencia del año pasado. Moderado en el tono de una ceremonia que se esperaba plataforma política ante la guerra Epstein. Y lo fue, pero sutil; hablaron más los gestos, como saludar a España en castellano, por ejemplo. El mundo vio que la nuestra no es una lengua maldita.
La gala arrancó con su estructura conocida. Con una introducción previamente filmada en la cual tradicionalmente se hace mofa de las candidatas a mejor película. Conan se transformó a golpe de maquillaje en tía Gladys, la bruja de la cinta de terror Weapons, a la cual terminó pontificándola para la posteridad como ícono pop. Bien pudo ser Doña Sebastiana, personaje de la candidata a mejor película internacional por Brasil, El agente secreto. Pero este es un show gringo y Amy Madigan, tía Gladys, era candidata a mejor actriz de reparto. Madigan se alzó con la estatuilla cuarenta años después de su primera candidatura en 1985 por Twice in a lifetime.
Conan gustó, pero aún no llega a lo que hacía Billy Crystal cuando El Silencio de los inocentes y Danza con lobos. Tiene tiempo antes de ser el presentador del centenario de pulir el bronce, el oro y el estaño.
La línea gráfica —cortinas, transiciones— fue impecable como lo fue el diseño de la iluminación que buscó emular la famosa Hora Dorada, esa mágica luz tras la que van los verdaderos cineastas y que pocos logran alcanzar; Terrence Mallick de la mano de Néstor Almendros y Alejandro González Iñárritu con Emmanuel “El Chivo” Lubezki.
El escenario destacó materiales con remembranza a lo humano; a lo natural. La esencia del todo. En apariencia lució monumental para dar entrada a tanta celebridad con holgura, pero con el transcurso de la noche fue luciendo cada vez más y más demasiado ordinario. Hasta que llegó el anuncio de la última categoría. Con imponentes imágenes del tío Óscar en plenitud asomando por entre los espacios, Ewan McGregor junto a Nicole Kidman cantando All you need is love del film Moulin Rouge, el escenario volvió a ser grande, enorme. Apropiado para recibir a todo el elenco de Una batalla tras otra. Ahí, Paul Thomas Anderson, el auteur de la noche, coronó a la heredera del reino de los sueños, Chase Infiniti como la nueva American Girl.
Se critica mucho que los Oscars ahora son plataforma política. La excusa para que muera el show. Y el cine.
—No me gusta esta comida preparada en woke. Prefiero mi hamburguer tradicional.
Es mentira. Siempre lo han sido.
1940. Hattie McDaniel, contra todo pronóstico, ganó como Mejor actriz de reparto por Lo que el viento se llevó. La primera afrodescendiente en ganar un Óscar. Se le obligó a sentarse separada cumpliendo leyes raciales. Nadie dijo nada en el escenario. ¿Ven? La ceremonia no era un púlpito político.
—Psst… Ante las injusticias callar es el más cobarde acto político.
1971. George C. Scott rechazó el Óscar por considerar la ceremonia un “desfile de carne”.
La ausencia es política.
En 1973, Marlon Brando rechazó el Oscar por El padrino; y en su lugar Sacheen Littlefeather subió al escenario para denunciar el trato a los nativos en Hollywood y la situación en Wounded Knee. Fue abucheada por parte del público.
La ausencia es política. Abuchear también es política.
En 1975, Bert Schneider al ganar el Oscar por Hearts and Minds, documental sobre la Guerra del Vietnam, leyó un telegrama del Viet Cong agradeciendo al movimiento pacifista estadounidense.
En 1978 la actriz Vanessa Redgrave ganó el Oscar por su papel en Julia y defendió su documental pro palestino The Palestinian. Denunció a los “matones sionistas” provocando protestas fuera y dentro del teatro.
Ambos lados tuvieron sus quince minutos de política.
En 1985, el actor Richard Gere denunció la ocupación china del Tíbet. Fue vetado durante años como presentador en la ceremonia.
Vetar también es un acto político.
En 1999 cuando Elia Kazan recibió un Oscar honorífico, muchos asistentes se negaron a aplaudir por su papel en el macartismo. Entre ellos, Amy Madigan y Ed Harris, para la historia, tótems de ese gesto político.
En 2003, el documentalista Michael Moore, quien ganó el Oscar por Bowling for Columbine, criticó al presidente George W. Bush y la guerra de Irak. “Vivimos en tiempos ficticios con una guerra ficticia”, dijo. Frase que tuvo eco la noche del domingo. La política a tope; en tiempos de topes políticos.
También han estado siempre presentes los fascistas con esa manía tiquismiquis de callar a los demás. No dicen nada; su arte es mandar a cerrar el hocico. Si ellos deciden ser avestruces, perfecto.
Mandar a callar. El más fascista de los actos políticos.
Ahora volvamos a la tibieza política de los Oscars 2026 que llamaré sutileza. Créanme. Lo requería la noche. Ocupada con maestría, la sutileza, es más poderosa que la espada.
“Hay algunos países cuyos líderes no apoyan la libertad de prensa”, dijo el presentador y comediante Jimmy Kimmel previo a dar a conocer al ganador en la categoría de mejor documental, “como Corea del norte y la cadena de televisión CBS”, selló.
Por fin alguien se lanzó a las aguas en lo que iba de la noche. La audiencia estalló.
Contexto curioso. Tiene que ver con mi país y los ahora ya expuestos crímenes de lesa humanidad.
Bari Weiss, nombrada redactora jefe de CBS News por David Ellison, hijo del mega donante de Trump, Larry Ellison, retiró un reportaje sobre migrantes venezolanos torturados en la prisión CECOT de El Salvador dos horas antes de su emisión.
La estatuilla a mejor largometraje documental fue para Mr. Nobody Against Putin de David Borenstein, Pavel Talankin, Helle Faber y Alžběta Karásková. “Esta película trata sobre cómo pierdes tu país”; “Lo pierdes a través de innumerables pequeños actos de complicidad”; “Cuando no decimos nada…”; “Todos nos enfrentamos a una elección moral, pero, por suerte, incluso alguien ‘insignificante’ es más poderoso de lo que crees”.
Qué palabras más bellas nos heredó la ceremonia 2026 del tío Óscar. El mayor gesto político es la humanidad misma.
Desde un lánguido Sirāt del desierto se alzó una tímida voz.
—No a la guerra y Palestina Libre.
Era la voz del español Javier Bardem. Ya en la previa de la Alfombra roja amenazó: “…algo diré, pero presento con una compañera así que no puedo abarcar, debo respetar también su espacio.” Dibujó así una línea de ecuanimidad. Ya antes fue contundente; donde todo el espacio era para él. “La gente debe de dejar de tener miedo. Se puede pertenecer a este circo y ser ciudadano”. Sos grande, Bardem.
Javier Bardem says “no to war and free Palestine” at the #Oscars, earning a huge round of applause from everyone in the room.
— Variety (@Variety) March 16, 2026
(via ABC/AMPAS) pic.twitter.com/7p3whJzhbm
Lo emotivo regresó con elegancia. El segmento In Memoriam duró quince minutos; muchos no dejaron de subrayarlo. ¡Es lo que merecen esas estrellas y cineastas, Stupid!
Quedaron fuera, como siempre, muchos que lo merecían. Bud Cort, Brigit Bardot y Héctor Alterio, me dolieron en el alma, Academia.
David Keighley responsable de la calidad del formato de cine IMAX. Faltaron también Eric Dane, James Van Der Beek, Tom Noonan. Robert Duvall merecía más. Pero el homenaje a Rob Reiner y su esposa, a Catherine O´Hara, Diane Keaton y Robert Redford fueron sublimes. Barbra Streisand dedicó unas palabras a su compañero romántico. Cantó con voz débil y quebrada. Sublime en su imperfección.
Debió estar con ella su otra sweetheart del celuloide, Jane Fonda. Pero Hanoi Jane es demasiado peligrosa; especialmente por estos días.
A quien no invitamos también es política.
Marchas bien tío Óscar, pero los que amamos el cine nos falta ahora que también regrese a la ceremonia la entrega de los Oscars honoríficos.
Imagínate la locura que hubiera sido ver a toda esa audiencia con la entrada de Tom Cruise a recibir su Óscar honorífico; o Debbie Allen, ¡en el año de Sinners! O a Dolly Parton. Nos lo perdimos.
—¡Te lo perdiste, cabrón!
La gente de cine, para quien debe ser la ceremonia, sabemos quiénes son ellos. Si el segmento está bien producido jamás nos aburrirán esos minutos extra.
Conan O’Brien supo esquivar el boomerang cuando sus chistes no acertaron en la audiencia. En compensación tiró un par de derechazos contundentes. De los notables, al presidente de Netflix, Ted Sarandos.
—Esto se siente estar en un teatro— le dijo.
La arrogancia de Timothée Chalamet fue castigada toda la noche. No la guerra.
Hasta el número musical I lied to you de Sinners le tiró un guiño de uppercut cuando la reconocida bailarina Misty Copeland en la recreación de ese perfecto número musical de la cinta de reflexión racial a través del mito de los vampiros, inspirada en la coreografía de El pájaro de fuego y El lago de los cisnes ejecutó un pequeño impromptu por todo el escenario.
—¡Toma, Chalamet!, hasta en un bar de blues hay cabida para el ballet.
El anfitrión defendió al Cine con mayúscula con el colmillo del ingenio y un equipo de buenos escritores tras bambalinas de su lado. El mayor axioma de la escritura de guion, “muestra, no cuentes” fue el puño.
Un clip de supuesta preservación y adaptación de los grandes clásicos a una micro pantalla mostró lo que es la experiencia de ver cine, en un teléfono inteligente. Quedó claro que no es lo mismo.
Tan especial fue la noche que nos regaló la sorpresa de un empate. En la historia de los Oscars hay ahora en sus anales un total de siete en diferentes categorías.
Fredric March (El hombre y el monstruo) y Wallace Beery (El campeón).
So Much for So Little y A Chance to Live.
Barbra Streisand (Funny Girl) y Katharine Hepburn (El león en invierno).
Artie Shaw: Time Is All You've Got Y Down and Out in America.
Franz Kafka's It's a Wonderful Life y Trevor.
Zero Dark Thirty (La noche más oscura) y Skyfall.
Dos personas intercambiando saliva de Alexandre Singh y Natalie Musteata y The Singers de Sam A. Davis y Jack Piatt.
Sigourney Weaver equivocó cuando anunció los ganadores de una de las categoría que presentó junto a Pedro Pascal con la frase soez:
—And the winner is…
Enmendó.
—And the Oscar goes to…
Oliver Laxe lo tuvo más claro: “Ningún candidato es perdedor. No es un partido de fútbol”, dijo. No, Oliver. Por suerte no lo es.
Por primera vez una mujer afrodescendiente obtuvo el premio a mejor fotografía. El honor correspondió a Autumn Durald Arkapaw por su trabajo en Sinners, la cual llegó ostentando el récord de mayor cantidad de candidaturas, dieciséis. Salió también con otro récord. El de la mayor cantidad de categorías sin obtener la estatuilla. Doce. Y eso no la hace perdedora. Entendamos ya eso.
En esta ceremonia se entregó por primera vez el Óscar a mejor selección de elenco o mejor casting. La ganadora fue Cassandra Kulukundis por Una batalla tras otra.
Al final de la noche todo pareció predecible. Como los años anteriores.
Una batalla tras otra salió con seis estatuillas, entre ellas, mejor película; mejor director, por fin, para Paul Thomas Anderson; mejor actor de reparto, Sean Penn y edición. Sinners con cuatro; entre ellas el de mejor actor, fotografía, partitura.
Ya lo dije antes, a partir de 2029 los Oscars dejan la televisión abierta y migran a la plataforma YouTube. Muchos lo han denostado. Yo lo celebro.
Ya les conté antes. Había una vez… Un pueblo perdido en la soleada California donde llegaron peregrinos de celuloide buscando libertad. Crearon una ciudad de sueños, Hollywood. Luego, un premio, el Óscar. Los honchos (del japonés hancho; jefes) de los estudios, ahora ultra poderosos desde los 1930s, querían detener el sindicalismo en la industria del cine.
El sindicalismo llegó al final de cuentas; el premio se convirtió en el más anhelado del planeta cine.
¿Qué hacía grande a las ceremonias del ayer? ¿Qué está mal para corregir? Cierro más breve que todo el galimatías anterior.
Al cine y a los Oscars —si de verdad se ama el cine— le sobra el fandom. El autocomplaciente, para que nos vayamos entendiendo. Si la Academia toma este reinicio para liberarse de los convencionalismos de doble moral de la televisión estadounidense; se olvida del tiempo que debe durar la ceremonia cortando segmentos vitales y produce cada segmento con mimo; deja a los ganadores hablar sin atropellarles con la orquesta, habremos ganado con el cambio.
Hay peligros. Ya lo advirtió Conan O´Brien con otro clip mostrando la experiencia con invasión de comerciales e interrupciones de la plataforma; la casa a la que se mudará el tío Óscar en 2029.
—¡Que Dios te bendiga, Esperanza!
Sí. En ocasiones no puedo evitar ser un optimista irremediable. Me quedo con la esperanza derramada por lo visto la noche de la ceremonia 98 de los premios Oscars. Será un brillo natural o no, no lo sé. Como todo en Hollywood podrá ser artificial. Me quedo que a esta distancia se ve como lo que es. Luz. El regreso del aura del estrellato.
—¡Que Dios te bendiga, Esperanza!
Renate Reinsve, Oliver Laxe, Michael B. Jordan, Emma Stone, Chase Infiniti, Teyana Taylor, Anne Hathaway, Paul Mescal, Elle Fanning, Margaret Qualley, Zendaya, Jacob Elordi. Ellos han llegado para quedarse. Y han comenzado a creerse en serio que son dignos herederos y herederas de la estafeta del estrellato labrada por luminarias como Bette Davis, Cary Grant, Gary Cooper, James Stewart, Grace Kelly, Marilyn Monroe. Capra, Ford, Lubitsh, Bergman, Fellini y cientos de cientos más pueden descansar en paz por estas noches.
—No nos pongamos tiquismiquis, camarada Josh. Es lo que tenemos y son buena materia para el futuro.
Jane Fonda, Denzel Washington, Tom Hanks, Demi Moore, Kidman, Cate Blanchet pueden estar tranquilos, ya tienen compañía joven. Si todos cultivan con cuidado el brillo que sostiene en el tiempo al estrellato, conformarán una nueva generación de verdaderas estrellas; una constelación que esperaremos con ansias todo un año para poder verlas a través de la ventana del Olimpo.
El peso de un verdadero relevo generacional está en sus hombros ahora. Solo basta que no hagan pendejadas como las de Chalamet.
Vamos que Conan O´Brian hizo también lo suyo en esta segunda ocasión como maestro de ceremonias. Que repetirá, verán, el próximo año.
Él también se ganó el derecho de entrar al Olimpo que presiden Bob Hope, Johnny Carson, Billy Crystal, Whoopie Goldberg, Steve Martin y Ellen DeGeneres. Los grandes anfitriones de la gala más grande de la industria del cine en todo el mundo.
—Don´t go dark on me, tío Óscar. Quiero verte soplar las velas del pastel de cien años.
Cine. Ese maravilloso invento que nos trajo la Revolución Industrial en el siglo XIX. El cinematógrafo. Que en el siglo XX fue elevado a forma de arte por grandes mentes. Por renegados, visionarios y pensadores. Una enorme industria de entretenimiento y propaganda.
Hoy me basta y quedo satisfecho al albergar la esperanza de que no será asesinado por los imbéciles del Siglo XXI.
Y si por fin lo logran —tienen todo su empeño en ello— les tocará dejar explicaciones a sus descendientes del siglo XXII del porqué el arte inventado en el siglo XIX y perfeccionado en el Siglo XX, ellos, los del Siglo XXI, decidieron que desapareciera.
Cine
Al
Tío Óscar
lo salva la
Academia.
Al cine lo
salvamos
todos o muere.
Espero yo
no llegar a verlo.
Sería triste verle desaparecer como
desaparecen las lágrimas en la lluvia.