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Cerebro, piensa sobre ti mismo

La idea de que decidimos de forma plenamente consciente cada vez es más cuestionada por la ciencia. En esta entrevista, el neurocientífico Steve Fleming explica cómo el cerebro toma decisiones antes de que lo notemos y el papel que juega la autoconciencia en un proceso dominado por lo inconsciente. Este es un artículo original de Knowable Magazine.

La metacognición se refiere a lo que sabemos sobre lo que sabemos, pensamos sobre lo que pensamos y creemos sobre lo que creemos. Crédito: Aad Goudappel/Theispot.

Por Tim Vernimmen*

Knowable Magazine** | Marzo 27, 2026

La investigación de Steve Fleming es sin duda “meta”, un prefijo griego que indica autorreferencia. Es neurocientífico cognitivo en el University College de Londres y estudia la metacognición: lo que sabemos sobre lo que sabemos, lo que pensamos sobre lo que pensamos, lo que creemos sobre lo que creemos. Aunque esto pueda parecer bastante filosófico y casi imposible de estudiar en un laboratorio, él se ha propuesto medirlo, modelarlo y comprender en qué parte del cerebro se manifiesta.

Fleming exploró estas cuestiones en su libro de 2021, Know Thyself: The Science of Self-Awareness (Conócete a ti mismo: la ciencia de la autoconciencia). En el Annual Review of Psychology de 2024, examinó más a fondo la relación entre la metacognición y la confianza: nuestra sensación de si hemos tomado la decisión correcta, si tenemos éxito en las tareas que se nos presentan y si nuestra visión del mundo es probablemente correcta.

El trabajo de Fleming arroja nueva luz sobre por qué algunas personas parecen tener una falta de confianza crónica incluso cuando les va bien, y por qué otras están totalmente convencidas de que tienen razón en todo, incluso cuando hay pruebas abrumadoras de lo contrario. En la siguiente conversación, que ha sido editada por motivos de extensión y claridad, Fleming compartió sus opiniones sobre algunas de las preguntas que surgen inevitablemente cuando nuestro cerebro evalúa su propia actividad.

El Neurocientífico cognitivo Steve Fleming de la University College de Londres. Crédito: James Provost (CC BY-ND).

La metacognición es un tema de investigación bastante poco común. ¿Cómo acabó estudiándolo?

Estudié psicología experimental en Oxford, donde tuve la oportunidad de trabajar con el psicólogo Paul Azzopardi. Él estudia la visión ciega, una condición en la que, debido a ciertos tipos de daño cerebral, las personas son subjetivamente ciegas, pero aún así pueden realizar diversas tareas utilizando información visual. Esto presenta una fascinante disociación entre la experiencia consciente y la funcionalidad real.

En ese momento, no había descubierto cómo conectar las ideas más filosóficas sobre la experiencia consciente con algo que pudiéramos medir y estudiar en el laboratorio. Pero desde entonces, mi carrera ha ido avanzando poco a poco hacia el objetivo original de utilizar modelos matemáticos de la psicología para explicar aspectos de la autoconciencia. Son cosas que siempre han interesado a psicólogos y filósofos, pero que son bastante difíciles de concretar en la práctica.

¿Cómo se mide algo como la metacognición en el laboratorio?

El enfoque estándar consiste en medir el rendimiento objetivo de las personas en una tarea, así como su evaluación subjetiva de su propio rendimiento, normalmente en forma de índices de confianza. Por ejemplo, podríamos preguntar si un estímulo visual conocido como rejilla está inclinado hacia la izquierda o hacia la derecha, o comparar el brillo de dos rejillas mostradas una tras otra. Eso sería un juicio sobre el mundo exterior. También podemos hacerles una pregunta metacognitiva, para evaluar su confianza en su decisión sobre el mundo.

Cuando tenemos muchos juicios de este tipo a lo largo del tiempo, podemos observar en qué medida la confianza sigue el rendimiento, prueba por prueba. Si alguien tiene mucha confianza cuando acierta y menos confianza cuando se equivoca, se le puede atribuir un alto grado de lo que llamamos eficiencia metacognitiva. Podemos utilizar eso como una forma de cuantificar las diferencias en la metacognición entre individuos o grupos.

 
Investigadores del laboratorio de Steve Fleming preparan un gorro para electroencefalograma para realizar experimentos en los que se registra la actividad cerebral mientras los sujetos realizan tareas cognitivas. Crédito: Cortesía de Steve Fleming

¿Se pueden relacionar estas diferencias con lo que ocurre en el cerebro de las personas?

Una forma popular de hacerlo ha sido observar las diferencias en la actividad y la estructura cerebral entre las personas, utilizando técnicas de imagen cerebral como la resonancia magnética funcional y la magnetoencefalografía para tratar de descubrir qué aspectos de la función cerebral hacen que algunas personas tengan una mejor metacognición que otras. Pero nos hemos dado cuenta de que ese enfoque es limitado.

Por lo tanto, el campo ha cambiado. Más recientemente, estamos analizando la relación entre los patrones de actividad cerebral y la variación, prueba tras prueba, en la confianza que sienten las personas individuales sobre las decisiones que les pedimos que tomen en los experimentos.

Básicamente, lo que se ha descubierto es que existen diferentes etapas en el seguimiento de la incertidumbre sobre nuestro propio rendimiento cuando realizamos una tarea concreta.

Por ejemplo, si intentas discriminar la orientación de una línea, las neuronas de la parte del cerebro que son sensibles a las diferentes orientaciones posibles de la línea se activarán en diferentes grados, reflejando cualquier incertidumbre en lo que ves. Los estudios demuestran que, si hay información contradictoria a ese nivel, eso afecta a la estimación de la confianza de las personas en las pruebas.

Steve Fleming explora algunos de los escáneres que utiliza para reconstruir cómo la actividad cerebral se relaciona con diferentes aspectos de la metacognición. Crédito: Cortesía de Steve Fleming.

¿Qué ocurre si la metacognición no funciona como debería?

Una sensación generalizada de falta de confianza se ha relacionado habitualmente con síntomas de ansiedad y depresión. Sabemos que las personas que sufren esta sensación generalizada de falta de confianza no necesariamente realizan las tareas peor que los demás. Por lo tanto, uno de los enigmas que nos interesa resolver es por qué algunas personas no aprenden de su propio rendimiento. ¿Por qué son incapaces de darse cuenta de que en realidad lo están haciendo bastante bien y, a continuación, actualizar adecuadamente sus creencias sobre sus habilidades y capacidades?

Lo que hemos descubierto es que, en cada prueba, las personas con ansiedad y depresión son tan propensas como las demás a mostrar casos de alta confianza. Pero hay una asimetría en cómo aprenden de estas. A veces están muy seguras de que lo están haciendo bien, pero no incorporan esas señales en sus estimaciones más globales de lo bien que lo están haciendo en estos experimentos y, presumiblemente, también en la vida cotidiana. Al mismo tiempo, son perfectamente capaces de incorporar las pruebas de los ensayos en los que no estaban muy seguros de su buen rendimiento.

Curiosamente, esto no ocurre cuando les damos una retroalimentación explícita sobre su rendimiento. Cuando les decimos que están en lo cierto, se dan cuenta de que en realidad lo están haciendo bastante bien.

¿Cómo se podría aplicar esto para ayudar a las personas que luchan contra la falta de confianza?

En un estudio reciente, hemos demostrado que la falta de confianza en las personas con mayores síntomas de ansiedad se agrava con el tiempo. Si sondeamos su confianza inmediatamente después de que tomen una decisión, se mostrarán un poco inseguros. Pero si esperamos unos segundos, se mostrarán aún más inseguros sobre esa decisión anterior, si todo lo demás permanece igual. Y la situación solo empeora.

Creemos que lo que ocurre es que están activando todos esos mecanismos cerebrales de los que hablaba antes para reflexionar sobre sus propias decisiones y acciones. Ahora bien, a medida que pasa el tiempo, si eres una persona más ansiosa, esos procesos te llevan a tener aún menos confianza en ti mismo de lo que tendrías en otras circunstancias. Pasas demasiado tiempo rumiando sobre tu rendimiento.

Así que un consejo concreto que podemos extraer de estos hallazgos es que, si sabes que eres propenso a ese tipo de sesgo, es mejor no pensar demasiado después de haber tomado una decisión. Si inmediatamente después piensas: “Muy bien, sí, fue lo más razonable”, déjalo así.

¿Qué pasa con las personas que son, quizás, un poco más seguras de lo que deberían? Parece que eso puede ser muy útil en la sociedad actual.

Es muy interesante pensar en qué es adaptativo, a nivel social, para el éxito futuro. Una hipótesis que planteo en el libro es que si tienes una visión del mundo ligeramente excesivamente optimista, así como una buena sensibilidad metacognitiva que te ayuda a darte cuenta de cuándo estás realmente equivocado, eso puede ser una combinación bastante poderosa. Porque, como dices, hay muchas investigaciones que sugieren que las personas que son quizás un poco excesivamente optimistas tienen éxito socialmente. La gente tiende a apreciarlas y a quererlas en puestos de poder porque parecen decididas.

Al mismo tiempo, no es deseable que alguien sin la debida conciencia de sí mismo pueda abrirse camino hasta la cima y alcanzar una posición de poder.

Así que creo que hay un punto óptimo en el que es necesario proyectar un poco de exceso de confianza para ser percibido como competente, pero también hay que asegurarse de no dejarse seducir demasiado por la confianza en uno mismo, ya sea la propia o la de otra persona.

Hemos descubierto que las personas con una visión del mundo más abierta, que están dispuestas a reconocer que su punto de vista puede no ser el único válido y creen que es importante escuchar las opiniones de quienes no están de acuerdo con ellas, también tienden a tener una metacognición más precisa en el tipo de tareas que podemos estudiar en el laboratorio. Una metacognición precisa les impulsa a buscar nueva información y a actualizar sus creencias si estas pueden ser inexactas. Existe un sólido conjunto de pruebas que sugieren que, de esta manera, estas señales pueden ayudarnos, con el tiempo, a desarrollar una visión del mundo más precisa.

¿Sería posible entrenar la metacognición utilizando este tipo de tareas? ¿Cree que eso podría ayudarnos a reducir las tensiones sociales que experimentamos hoy en día?

Creo que la falta de metacognición no es, ni mucho menos, la única razón por la que vemos polarización en la sociedad actual. Pero nuestra investigación ofrece algunas herramientas que podríamos utilizar para intentar cultivar la capacidad de las personas de pensar críticamente sobre su propio pensamiento, sus conocimientos y sus decisiones, sin entrar en política.

El lugar más obvio para hacerlo sería la educación, que creo que tiene mucho potencial. Los padres y los profesores animan implícitamente a los niños a ser más conscientes de sí mismos, pero rara vez lo hacen de forma explícita.

No enseñamos la metacognición de la misma manera que enseñamos matemáticas, historia o física. Creo que podría ser una forma muy eficaz de desarrollar formas de pensar más abiertas.

Artículo traducido por Debbie Ponchner

*Tim Vernimmen es un periodista científico independiente radicado cerca de Amberes, Bélgica. Su metacognición le falló cuando su computadora portátil se cayó de su mochila en el autobús de camino a esta entrevista. Afortunadamente, la recuperó.

**Este artículo apareció originalmente en Knowable en español , una publicación sin ánimo de lucro dedicada a poner el conocimiento científico al alcance de todos. Es republicada en GatoEncerrado bajo una licencia Creative Commons.