
La nueva ola de gobernantes de derecha ha traído consigo un aumento de la influencia israelí en la región. Trump, la industria militar y hasta el “sionismo evangélico” juegan un papel importante en este acercamiento.
Agosto 27, 2026
En junio de 2023, el entonces presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, recibió al de Irán, Ebrahim Raisi, para ratificar la alianza entre ambos países. Sin embargo, solo tres años después, en agosto de 2026, la reemplazante del hoy encarcelado Maduro, Delcy Rodríguez, restableció los servicios consulares con Israel, el mayor enemigo de Irán y con el que el chavismo había roto relaciones en 2009.
Así de ciclotímica es la diplomacia en gran parte de América Latina, cuando las relaciones exteriores a largo plazo ya no se establecen entre Estados, sino entre gobiernos, es decir, a corto plazo. Colombia es otro ejemplo: Gustavo Petro suspendió en 2024 el vínculo con Tel Aviv debido al “genocidio del pueblo palestino”; su sucesor, Abelardo de la Espriella, no solo acaba de reactivar la relación, sino que incluso fue más allá al reconocer la soberanía israelí sobre los Altos del Golán, territorio sirio ocupado por Israel. Una medida que rompe el derecho internacional y que solo Estados Unidos había adoptado hasta ahora.
Esta nueva era de acercamiento de Israel con América Latina tiene una primera explicación política: el gobierno de Benjamin Netanyahu necesita nuevos aliados tras su ofensiva sobre Gaza, porque ha perdido el apoyo de gran parte de la comunidad internacional. Y los nuevos presidentes latinoamericanos de derecha no han dudado a la hora de aceptar este estrecho vínculo. Además de De la Espriella, el argentino Javier Milei se ha declarado “el presidente más sionista del mundo”; el chileno José Antonio Kast volvió a nombrar agregados militares en Israel, suspendidos por su antecesor Gabriel Boric; el ecuatoriano Daniel Noboa recibió el 5 de agosto al canciller israelí, algo que no sucedía desde hace más de cuatro décadas; y en Honduras, después de que el gobierno de Xiomara Castro defendió a Palestina y se sumó a la demanda por genocidio contra el Estado israelí, el nuevo presidente, Nasri Asfura, firmó con Israel el 17 de agosto un acuerdo de cooperación en defensa.
Esto tiene que ver con la segunda explicación: el país de Oriente Medio es una potencia en armas e inteligencia militar, por lo que nuestra región es un objetivo apetecible. La industria militar y de defensa israelí registró un récord histórico en 2025 al exportar 19.200 millones de dólares, un 30% más que el año anterior. Sin embargo, América Latina tiene mucho para crecer como destino aún, porque representa solo el 2% de ese volumen exportado. De ahí que los gobiernos de Costa Rica, República Dominicana y Perú también firmaron con Israel acuerdos en materia de seguridad.
Ranaan Rein, ex vicepresidente de la Universidad de Tel Aviv que ha estudiado las relaciones de Israel con nuestra región a lo largo de la historia, agrega contexto: “Hay que tener en cuenta que desde el año 2023, la centro derecha, la derecha y la extrema derecha han ganado 13 de las 16 últimas elecciones (en América Latina). Así que el panorama político ha cambiado y el gobierno de Netanyahu lo está aprovechando”, agrega el actual profesor de la Universidad de Florida, en Estados Unidos.
Ranaan identifica este acercamiento de algunos gobiernos como una consecuencia directa de su alineamiento con Estados Unidos, aliado histórico del Estado judío desde su fundación. Pero advierte que se trata de “intereses de corto plazo”, porque no hay “un intento de reforzar los lazos entre los pueblos, sino entre el gobierno de Netanyahu y, por ejemplo, el nuevo presidente de Colombia. Por eso, lo califica como “una colaboración política”.
Las relaciones con América Latina se remontan a la fundación del Estado de Israel en 1948. Los países latinoamericanos no solo la respaldaron, sino que ayudaron a contrarrestar el aislamiento internacional de Israel en organismos multilaterales, especialmente Naciones Unidas, hasta principios de los años setenta. Después, el auge de las izquierdas antiimperialistas, y el creciente intervencionismo militar israelí en territorios palestinos y otras zonas de Oriente Medio, generaron una posición fuertemente crítica.
Esto se acrecentó en los primeros años del siglo XXI, cuando el gobierno de Chávez en Venezuela y sus aliados en la región (la Nicaragua de Daniel Ortega, la Bolivia de Evo Morales, el Ecuador de Rafael Correa y la Argentina de los Kirchner) hicieron evidente su rechazo a las políticas de Israel. Incluso, en 2010, el brasileño Lula reconoció el Estado palestino, una política que siguieron sus pares en Argentina, Uruguay, Paraguay y Chile. Para 2012, la mayoría de los países latinoamericanos —con la excepción de Panamá, Colombia, Guatemala, Haití y Paraguay— votaron en la ONU a favor del reconocimiento de Palestina como Estado observador no miembro.
Pero hoy todo parece ir en la dirección contraria. Daniel Wajner, profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Hebrea de Jerusalén, lo describe en un paper titulado “Israel y América Latina”. Según él, hay un movimiento pendular en este vínculo y la derecha latinoamericana ha tendido a ser más favorable a Israel que la izquierda. Y cuando a ello se añade la llegada de una derecha populista, ya no se produce sólo un acercamiento, sino un “abrazo”.
Paulo Botta, director de la oficina de América Latina de Trends Group (un think tank de los Emiratos Árabes Unidos), sostiene que también tiene mucho que ver el factor Estados Unidos: “Cada vez que los países latinoamericanos quieren mejorar sus relaciones con Washington, tratan de hacer lo mismo con Israel; y cada vez que los países latinoamericanos se llevan mal con Washington, empeoran las relaciones con Israel”.
No es casualidad entonces que Benjamín Netanyahu haya sido el primer gobernante israelí que visitó América Latina (concretamente Argentina, Colombia y México en 2017). Ese gesto revela el interés mutuo en esta relación, porque –como dice Botta– el gobierno de Netanyahu tiene que demostrarle a su población “que tiene amigos en el sistema internacional y que realmente no es una especie de Estado paria”.
Hay otro factor importante, que tiene que ver con el auge en la región de iglesias evangélicas fuertemente subsidiadas por el gobierno de Estados Unidos. Eso explicaría el radical viraje que impuso De la Espriella apenas asumió el poder en Colombia, pues el nuevo presidente tiene un gran respaldo en esos grupos, que además están muy identificados con la causa sionista.
“Son mesiánicos. Para ellos, el Estado de Israel representa una etapa en el camino hacia el regreso del Mesías. Está bien claro en Brasil y en otros países del continente. Sin duda alguna, Israel está invirtiendo mucho tiempo, esfuerzo y dinero en cultivar estas relaciones con las iglesias evangélicas”, afirma Rein.
Wajner, en el paper citado, recuerda que cuando Jair Bolsonaro ganó la presidencia de Brasil en 2018, no solo prometió trasladar la embajada a Jerusalén (lo mismo que prometieron Milei y De la Espriella después), sino que “utilizó a Israel como estrategia de legitimación entre su base política evangélica. Al igual que en Estados Unidos, los evangélicos brasileños tienden a apoyar a Israel, e Israel se ha acercado a ellos”. Lo mismo ocurre, sostiene, en países como Guatemala, Honduras y Paraguay, donde el llamado “sionismo evangélico” ha reforzado su apoyo a Israel.
Sin embargo, esta nueva alianza está lejos de ser estratégica en una región que, como dice Botta, tiene muy poca continuidad en sus políticas exteriores, porque “son más políticas de gobiernos o de administraciones que de países”. Entonces no deja de haber un gran riesgo en estrechar el vínculo hoy con un gobierno como el de Netanyahu, que ha transformado a su país en un “paria” internacional.
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