Los suplementos de fibra como la celulosa, que contienen moléculas de fibra extraídas de fuentes vegetales, tienden a tener efectos menos significativos sobre la actividad del microbioma, afirma Walter. Cuando se aísla la celulosa de la estructura celular completa de un alimento integral, como un trozo de pulpa de manzana, se la separa de su contexto celular original y de su interacción con las sustancias químicas circundantes, lo que puede reducir el impacto beneficioso que puede tener en el intestino.

Los suplementos son mejores que nada, afirma Walter, pero “lo primero es plantearse: ¿cómo puedo conseguirlo con alimentos integrales?”.

A largo plazo, los investigadores esperan contar con enfoques más sofisticados y específicos. Un amplio estudio que analizó la dieta y los microbiomas de más de 1,000 personas del Reino Unido dejó claro, entre otras cosas, lo diversas que son las poblaciones microbianas de una persona a otra —dependiendo más de su dieta habitual que de los genes—. Y algunas de estas diferencias parecen afectar las respuestas de las personas a las comidas que se les administraron, por ejemplo, cambios en los niveles sanguíneos de sustancias químicas relacionadas con la inflamación y de grasas vinculadas a las enfermedades cardiovasculares.

Quizás, según opinan algunos científicos, estas diferencias personales podrían llevar a asociar el microbioma individual de una persona con el tipo adecuado de fibra. Las investigaciones han revelado que la producción del ácido graso de cadena corta butirato en respuesta a la dieta varía de una persona a otra, por ejemplo.

Además, en un estudio de diez semanas en el que se compararon dietas ricas en fibra o en alimentos fermentados, los investigadores observaron que las personas con microbiomas diversos al inicio del estudio respondían a la dieta rica en fibra con una reducción de la inflamación. Aquellas con microbiomas de baja diversidad no lo hicieron.

Más recientemente, Walter fue coautor de un estudio de 2025, aún sin publicar, que reveló, entre otras cosas, que determinadas fibras tenían efectos diferentes en función del microbioma de cada persona y de su actividad metabólica. Por ejemplo, algunas personas que participaron en el ensayo de seis semanas experimentaron una regulación de la presión arterial al ingerir la fibra de goma de acacia, pero solo si la composición de su microbioma les permitía digerir esa fibra concreta. Es importante destacar que los modelos de aprendizaje automático pudieron predecir varios de los efectos observados en el estudio.

Sin embargo, la implantación a gran escala de estrategias de fibra basadas en los microbiomas de las personas requerirá mucha más investigación. “Diría que esto aún está muy lejos de la realidad”, afirma Walter. “Pero tiene cierta lógica”.

Artículo traducido por Debbie Ponchner