Opinión

Dialéctica del atol y el dedo

Carlos Iván Orellana

Carlos Iván Orellana

Doctor en Ciencias Sociales por la FLACSO-Centroamérica. Investigador y profesor de la Universidad Don Bosco (UDB) de El Salvador. Co-Director del programa de Doctorado y Maestría en Ciencias Sociales, cotitulado UCA-UDB. Cuenta con diversas publicaciones en temas como violencia e inseguridad, migración irregular hacia los Estados Unidos, autoritarismo, anomia, prejuicio y la psicología de los crímenes de odio.

En las últimas tres décadas nos han empachado con atoles varios: la necesidad del olvido y cuenta nueva, las bondades del libre mercado; el ‘manodurismo’ o que lo mejor estaba por venir; el supuesto cambio con gobiernos supuestamente de izquierda; los mismos de siempre, la infalibilidad del presidente y el país de las maravillas. 

Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp

Carlos Iván Orellana*

En el habla coloquial salvadoreña, “dar atol con el dedo” significa engañar, estafar, manipular. La frase connota un engaño descarado y quien lo sufre queda como un tonto infantilizado, al permitir que –figurativamente– otro le alimente a voluntad con su mano, con una bebida semisólida que no amerita masticación, solo tragar. El atol como mensaje y el dedo como medio transmisor se necesitan mutuamente. En conjunto crean una herramienta manipuladora ancestral, cotidiana y en apariencia deliciosa, como la bebida típica de maíz.

El atol y el dedo por excelencia lo implementan los gobiernos de turno. ¿Cuál es el atol gubernamental? El discurso oficial, es decir, una narrativa conveniente a sus intereses que exhibe, esconde o distorsiona acontecimientos e información para ensalzar su imagen y procurar el apoyo popular. ¿Cuál es el dedo gubernamental? Cualquier medio –funcionarios, cadenas nacionales, publicidad, etc.– que propague el atol-discurso oficial de forma efectiva. 

Ni el atol ni el dedo son iguales en todo tiempo y lugar. En las últimas tres décadas nos han empachado con atoles varios: la necesidad del olvido y cuenta nueva, las bondades del libre mercado; el ‘manodurismo’ o que lo mejor estaba por venir; el supuesto cambio con gobiernos supuestamente de izquierda; los mismos de siempre, la infalibilidad del presidente y el país de las maravillas. 

En este tiempo, por su parte, el dedo que el atol requiere cambió el predominio de la radio, la televisión y los periódicos de papel, por el de dispositivos tecnológicos con acceso a internet. Hoy, la proliferación de dedos empeñados en dar y repetir el atol-discurso, de antidedos que lo cuestionan y de los propios dedos ciudadanos expuestos a atoles múltiples y simultáneos, puede resultar abrumadora. Esta polidactilia politizada hace difícil distinguir la realidad de las fabricaciones y favorece la capacidad del poder para distribuir su atol.

Internet es el dedo que ofrece el atol más apetecible. Más allá de sus bondades, internet es una máquina de manufactura y manipulación de emociones, comportamientos y deseos. Atrae como al ludópata una máquina tragamonedas: con la divertidísima promesa de una eventual recompensa. Un gobierno que ha hecho del gasto publicitario, la puesta en escena, el ocultamiento del gasto y de información pilares fundamentales de su gestión, necesariamente cuenta con los usos de la propaganda, el manejo de la impresión y las redes. 

Internet constituye el dedo-alimentador-de-atol por excelencia del poder contemporáneo porque ofrece contenido esencialmente visual, emocionalmente cargado, lúdico, ambientado musicalmente y escueto. ¿Cuánto tiempo y esfuerzo requiere leer un reportaje de investigación debidamente documentado en comparación con “procesar” un Twitter, un video de youtube, videos con imágenes escenificadas o panorámicas de drones con musiquita épica o lacrimógena? 

El consumo inconsciente del atol por estos medios explota el automatismo curioso de la mirada, la tendencia al menor esfuerzo psicológico, la baja formación y la usualmente reducida dedicación de tiempo real al análisis de las cosas. Una ciudadanía desencantada con la vieja política, atenazada por la incertidumbre y la necesidad, y a la que por enésima vez han manufacturado enemigos a los cuales atribuir todas las culpas y frustraciones será más proclive a aceptar con facilidad y convicción el atol disponible. 

Si hoy el mensaje es el medio, es decir, la relevancia del contenido (el atol) se subordina a la seducción del medio de comunicación (el dedo), pues en el país el atol es el dedo: el discurso oficial moldea como nunca la opinión pública gracias a la instrumentalización de las redes y la psico-lógica de las personas. El afán propagandístico del dedo oficial es descarado pero esperable. Es cuestión de conciencia ciudadana identificar y reconocer críticamente el atol cotidiano, así como exigir al gobierno alimento político de calidad bajo la forma de transparencia, intercambios de altura y cese del postureo mediático.

Carlos Iván Orellana

Carlos Iván Orellana

Doctor en Ciencias Sociales por la FLACSO-Centroamérica. Investigador y profesor de la Universidad Don Bosco (UDB) de El Salvador. Co-Director del programa de Doctorado y Maestría en Ciencias Sociales, cotitulado UCA-UDB. Cuenta con diversas publicaciones en temas como violencia e inseguridad, migración irregular hacia los Estados Unidos, autoritarismo, anomia, prejuicio y la psicología de los crímenes de odio.

Más de GatoEncerrado

Comenta

Publicidad