Opinión

El derecho a lo sublime

Carlos Iván Orellana

Carlos Iván Orellana

Doctor en Ciencias Sociales por la FLACSO-Centroamérica. Investigador y profesor de la Universidad Don Bosco (UDB) de El Salvador. Co-Director del programa de Doctorado y Maestría en Ciencias Sociales, cotitulado UCA-UDB. Cuenta con diversas publicaciones en temas como violencia e inseguridad, migración irregular hacia los Estados Unidos, autoritarismo, anomia, prejuicio y la psicología de los crímenes de odio.

El derecho a lo sublime es el derecho a que el mundo pueda seguir siendo mundo. Uno en el que, a pesar de la incesante tormenta, se pueda arropar a un niño por la noche con la certeza suficiente de que, a la mañana siguiente, el niño, la cama, quien lo arropó y la casa permanecerán en su sitio. 

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Por Carlos Iván Orellana*

En El Salvador existe una relación promiscua entre la posición socioeconómica y el medio ambiente. La escasa abundancia, la frágil suficiencia y la abundante escasez danzan frenéticamente en un salón de baile hacinado, agreste y urbanísticamente desordenado en el que, cuando llueve, llueve mucho. Cosas del azar geográfico y climático. Cosas de una sociedad en la que colapsan mansiones, viviendas clasemedieras y casas que desafían la gravedad en orillas de ríos y quebradas.

Como resultante, a muchos la lluvia provoca noches en vela y, a otros, la oportunidad de usar ropa guardada. Suciedad y goteras para unos, si acaso, y riesgo de perderlo todo, incluyendo vidas, para otros. Unos verán que la lluvia no para de caer y otros como el río no para de subir. A unos no los veremos si llueve demasiado, mientras a otros los veremos en exceso, al convertirse en objeto de asistencialismo, de reportajes con ambientación persecutoria o de fotografía escenificada con algún funcionario ávido de estampas de tragedia con fines proselitistas.

Digamos pues que, según la lotería de la vida, pero, sobre todo, del grado de humanización de una sociedad, la naturaleza puede ser una inconveniencia transitoria o una amenaza vital. En un país vulnerable al capricho climático y político, la aspiración reside en que la amenaza no pase de ser las más de las veces una inconveniencia. Solo entonces podríamos hablar de que existe el derecho a lo sublime. 

Immanuel Kant distinguía entre lo bello y lo sublime. Lo bello suele ser pequeño, lleva a la contemplación, al reposo y a la posibilidad de poner en palabras lo observado. Lo sublime, en cambio, es inquietante, monstruoso, revienta el razonamiento y el lenguaje capaz de nombrarle. Lo sublime surge de experimentar una manifestación excesiva de la naturaleza que sobrecoge, pero que se atestigua desde una posición segura

Sublime es ver el mar enfurecido desde tierra, o el derrumbe o la erupción en la lejanía, o la nerviosa fractura eléctrica del cielo cuando lo surca un relámpago seguido de su estridente trueno, con un techo firme sobre la cabeza. El refugio material y la consciencia de este, así como la educación con sus herramientas simbólicas, hacen la diferencia para que los arrebatos de la naturaleza constituyan un desastre o un espectáculo al cual asistir con asombro y reverencia.  

Hace falta volver a lo esencial. Rescatemos ese reporte del PNUD del 2004 en el que se problematizaba la democracia y la ciudadanía. Aquí se reconoce que la democracia encierra una promesa civilizatoria y la ciudadanía integral pasa por conquistar una ciudadanía social, civil y política para todos y todas. Es decir, en este orden, la satisfacción de necesidades vitales básicas, el respeto de libertades y la participación –más allá de votar– en asuntos públicos. 

Vivir inmerso en el medioevo del terror a los elementos y la azarosa clemencia divina –lo que incluye la manía grandilocuente de decretar días de oración– concede razones para ser indiferente a la democracia. Lo sublime requiere la protección objetiva del débil y su entorno para que este pueda concebir un entorno que valga la pena proteger. Que ciertos pobres sean damnificados recurrentes o esperables, confirma el carácter cíclico de los rigores climáticos en el país, pero sobre todo la persistente ineptitud e indiferencia de distintas administraciones para cambiar la situación.    

Hoy que nos llueve sobre mojado, y los fantasmas de Montebello y Nejapa pasean empapados por el país, la libertad de prensa y el derecho a la información son ridiculizadas y urgen a votar mecánicamente para consolidar un proyecto político con deformaciones autocráticas congénitas, pensar en lo sublime hace volver la mirada a ese ideal de democracia de verdaderos ciudadanos y ciudadanas. 

El derecho a lo sublime es el derecho a que el mundo pueda seguir siendo mundo. Uno en el que, a pesar de la incesante tormenta, se pueda arropar a un niño por la noche con la certeza suficiente de que, a la mañana siguiente, el niño, la cama, quien lo arropó y la casa permanecerán en su sitio. 

Carlos Iván Orellana

Carlos Iván Orellana

*Doctor en Ciencias Sociales por la FLACSO-Centroamérica. Investigador y profesor de la Universidad Don Bosco (UDB) de El Salvador. Co-Director del programa de Doctorado y Maestría en Ciencias Sociales, cotitulado UCA-UDB. Cuenta con diversas publicaciones en temas como violencia e inseguridad, migración irregular hacia los Estados Unidos, autoritarismo, anomia, prejuicio y la psicología de los crímenes de odio.

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