Imagen/Leonel Pacas

"No me han abusado, pero en algún momento me digo: ¿será que lo borré de mi memoria? ¡Te lo dicen tanto!"

Relato

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Por Mónica Campos

Por Mónica Campos

La primera vez que Gabriel Gasteazoro le contó a alguien que era gay fue en un confesionario. Se lo dijo al sacerdote de la iglesia donde se congregaba, una iglesia católica conocida como renovación carismática. Ese día se encontraba en un retiro espiritual de iniciación al que los jóvenes asisten con el fin ser aceptados en reuniones de crecimiento espiritual para luego poder integrarse a grupos de oración. 

Gabriel tenía 17 años y nunca había tenido un amigo gay o una amiga lesbiana. Tampoco había escuchado los términos orientación sexual o identidad de género, pero sí recuerda haber tenido un compañero transgénero en el colegio, quien era conocido con su nombre legal femenino, pero pedía que le llamaran por un nombre masculino que él mismo había elegido. 

Meses después de su confesión comenzó a sentir atracción por uno de sus compañeros y decidió volver a decírselo a otro sacerdote de la iglesia. El religioso le recomendó ir a un círculo de autoayuda para jóvenes llamado Courage. “Bajo su concepto de que me quería, me envió con esta página ‘Courage Latino’, que tienen grupos para jóvenes que ocupaban el término AHS, Atracción Hacia el mismo Sexo, y que les escribiera por correo”, relató a GatoEncerrado.

“Hola. Quisiera reunirme. Quisiera cambiar”, escribió Gabriel en ese correo electrónico. Para ese entonces ya había cumplido 18 años. Los dirigentes de la organización, con sede en México, respondieron con otro correo electrónico diciéndole que tenían un grupo en San Salvador y que lo pondrían en contacto.  

Un sábado de enero, luego de asistir a su curso preuniversitario, Gabriel se reunió con uno de los hombres que dirigía el grupo Courage en San Salvador. La reunión fue en un lugar de comida rápida en Antiguo Cuscatlán. Durante la plática, el hombre le dijo: “Usualmente la atracción hacia hombres se da por una falta de figura paterna o quizá te violaron”.  

Esta explicación no lo convencía en absoluto: “Yo, en ese entonces, decía que no me han abusado, mi papá tampoco estaba ausente y entonces no tengo ningún trauma psicológico”. Esa no iba a ser la única vez que alguien le dijera que era gay porque había sido abusado sexualmente.

Cuando se lo contó a su familia que era gay, la reacción fue la misma. Era algo que su mamá le repetía: “Te han abusado, te han abusado” y eso era lo mismo que iba a escuchar reiteradamente en ese círculo de jóvenes de Courage. 

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Courage se describe en su página web como un apostolado católico para personas que tienen atracción hacia personas del mismo sexo y para sus seres queridos. En septiembre de 2020 cumplió 40 años de existencia. El objetivo último de este apostolado es que los jóvenes LGBTI permanezcan su vida entera en castidad. 

Un informe de la Asociación de Gays, Lesbianas, Trans e Intersex (ILGA World), publicado en 2020, recoge experiencias de personas que estuvieron en estos círculos en varias partes del mundo. 

Según el informe, en Irlanda, el periodista Cormac O´Brien asistió encubierto a uno de estos grupos con fines periodísticos. Ahí constató que además de promover la castidad, los asistentes recibieron materiales escritos por promotores de “terapias de conversión” que incluían expresiones peyorativas, así como información falsa sobre la diversidad sexual. Las charlas a las que asistió abordaban temas como que “las personas de la diversidad sexual nunca encontrarán la felicidad así lo intenten”.

En Francia, otros dos periodistas se infiltraron durante dos años a un grupo del apostolado Courage, según este informe. Los periodistas encontraron que ahí tratan la homosexualidad como un comportamiento  derivado de un trauma personal o familiar. También encontraron que para evitar problemas con organizaciones de derechos humanos, los grupos hablan de “desviación”, “sufrimiento” y “restauración”, en lugar de “curación”. 

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Gabriel comenzó a asistir a las reuniones y estuvo activo en el círculo durante seis meses. El grupo estaba conformado por cinco hombres. Gabriel era el menor y el mayor tenía 30 años. Era una regla no intercambiar información entre ellos. En la plática, algunos contaban abusos de la infancia y se daban ánimos para mantenerse en abstinencia. Uno de los integrantes, según recuerda Gabriel, estaba en el grupo con el fin de prepararse para casarse con su novia. Al final no se casó.

Gabriel es ahora un joven profesional que trabaja en una organización de derechos humanos y reconoce que en ese momento llegó al grupo por falta de información. “Fue grave, porque yo tenía 18 años, era muy distinto a lo que soy hoy. Entonces no era una persona que me gustara conocer o investigar nuevas cosas, a veces no tenía los recursos para hacerlo, no tenía internet”, explicó a esta revista.

En el grupo había etapas para llegar a la conversión. Una etapa consistía en controlar las emociones. Sentir atracción era un hecho, pero tenían que controlarla. “Después de controlar tus emociones, supuestamente podrías entrar a terapias para cambiar tu orientación. Por suerte, el grupo al que yo fui hizo lo mínimo de lo peor, que fue mucho daño psicológico, que es muy malo, pero hay otras iglesias que te golpean”, dijo Gasteazoro. 

Los meses pasaban y Gabriel se iba sintiendo cada vez más incómodo. Pedía en sus oraciones una explicación de por qué ser gay estaba mal. Una vez, en la capilla de su universidad, le contó lo que le sucedía a un sacerdote jesuita. El religioso le dijo que su orientación sexual no tenía nada de malo y fue así que decidió dejar de reunirse en el círculo de Courage. 

Ocho años después, Gabriel asegura que preferiría no haber asistido a ese grupo, porque le provocó pensamientos recurrentes sobre un abuso sexual que nunca existió. 

“Yo me pongo a pensar: será cierto que hay algo psicológico por lo que yo soy gay, un abuso sexual que no me recuerde. Yo ya soy una persona con otros pensamientos, sé que no es por eso y lo tengo claro, pero todavía existen estos pensamientos. Sabiendo que no, que es algo idiota, pero todavía. Es como algo adentro que me hace sentir mal. Yo sé que no me han abusado, pero en algún momento me digo: ¿será que lo borré de mi memoria? ¡Te lo dicen tanto!”.

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